cafarnaúm | crítica La miseria es bella

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Beirut, Líbano, hoy. Ante el juez, un niño denuncia a sus padres por “haberlo traído al mundo”. Instalados rápidamente en un marco de marginalidad e impugnación social, el tercer largo de Nadine Labaki (Caramel, ¿Y ahora dónde vamos?), Premio del Jurado en Cannes y obvio candidato al Oscar al mejor filme de habla no inglesa, discurrirá pronto por el previsible sendero del miserabilismo a propósito de las terribles condiciones de vida de un niño sin papeles, sin afecto, lanzado a la supervivencia en las peores calles de la ciudad.

Previsible en tanto que trayecto acumulativo de penurias y temas de manual de denuncia sin respiraderos: la inmigración ilegal, la explotación laboral infantil, el abuso sexual y patriarcal contra las niñas, la corrupción social generalizada, el abandono de los más pobres, la ausencia de ayudas sociales, el pésimo sistema penitenciario, etc.

Una denuncia que Labaki es incapaz de trascender más allá del anecdotario de situaciones límite, a cada cual más sensible y problemática, y de una narrativa que, si bien es eminentemente visual, en ocasiones peligrosamente embellecida (colores, cámaras lentas, músicas elegíacas, ¡drones!), no puede esconder empero la férrea y estrecha estructura dramática que sostiene siempre sobre la realidad una mirada más bienintencionada que realista, más adulta que a la verdadera altura de ese raggazo di vita (Zain Al Rafeea) en cuyos actos, gestos, miradas y parlamentos podemos ver con claridad a esa marionetista manipuladora (con pequeño aunque revelador papel como abogado) que, por lo visto, tiene mucho que contar (y poco que explicar) a Occidente sobre lo mal que están algunas cosas en su país.