Chicos buenos | Crítica Súper millennials

Una imagen de la comedia juvenil 'Chicos buenos'. Una imagen de la comedia juvenil 'Chicos buenos'.

Una imagen de la comedia juvenil 'Chicos buenos'.

Doce años después, Supersalidos sigue siendo la cumbre y el modelo de referencia para la enésima reformulación de la comedia juvenil y adolescente norteamericana sin pelos en la lengua y con voluntad de incorrección iconoclasta no precisamente apta para públicos familiares.

Avalada por algunos de sus protagonistas y productores como Seth Rogen y Evan Goldberg, Chicos buenos explota de nuevo la fórmula rebajando aún más la edad de sus protagonistas masculinos (hace unas semanas veíamos la divertida versión femenina del modelo, Súper empollonas) para poner en su boca y en sus pequeños cuerpos en plena revolución hormonal una serie de chistes y gags que inciden en la colisión entre la normalidad generacional y ese humor 2.0 de índole sexual y escatológico que ha ido ganando terreno como nuevo reclamo para el género.

Así las cosas, la película de Eisenberg y Stupnitsky sigue fielmente el trazado de rituales de iniciación, camaradería juvenil y elogio de la diferencia en un esquema temporal limitado trufado de escenas independientes que combinan el humor verbal con el físico y que se cimientan sobre el carisma repartido de sus tres protagonistas, cándidas criaturas complementarias que descubrirán los secretos, placeres y fraudes del mundo adulto a base de golpes, equívocos y situaciones más o menos embarazosas.

Lástima que el potencial cómico de la cinta no venga acompañado por unas formas más dinámicas o que se alejen de una puesta en escena rutinaria y plana. Aún tenemos fresca en la memoria una cinta estupenda como En los 90, del colega y aquí también productor Jonah Hill, como para saludar a estos Chicos buenos con algo más de entusiasmo.