Perdiendo el Este | crítica El amor mató a la comedia

Esparbé, López y Bachir, en una imagen de 'Perdiendo el Este'. Esparbé, López y Bachir, en una imagen de 'Perdiendo el Este'.

Esparbé, López y Bachir, en una imagen de 'Perdiendo el Este'.

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Es doloroso ver a tantos buenos y singulares cómicos españoles domados y desnaturalizados en comedias de estrecha fórmula televisiva autorizada para todos los públicos. Es el caso de Julián López, uno de los pilares más iconoclastas del grupo responsable de La Hora Chanante, Muchachada Nui o Museo Coconut, que nos prometía muchas tardes de gloria en una de sus primeras apariciones cinematográficas con aquel ‘Juancarlitros’ de No controles, de Borja Cobeaga, que aún perdura en la memoria como uno de los mejores personajes episódicos de la comedia española reciente.

Poco queda de aquel destello ochentero e indomable en su particular versión del lewisiano profesor chiflado de esta Perdiendo el Este, que apenas disimula su condición de secuela apresurada de Perdiendo el Norte entre las calles de figuración barata de Hong Kong y los espaciosos decorados de sitcom por los que circulan torpemente y sin sentido del ritmo sus personajes en busca de amor intercultural y prosperidad en la era del import-export.

Reducido a una triste parodia del tonto patético y enamorado, López protagoniza un enredo (¡escrito a diez manos!) con absurdo y trasnochado peaje romántico e inútilmente desdoblado entre China y el barrio español al que intentan poner algo de sal y pimienta marginal los acompañantes de turno (Esparbé, Harlem, Bachir, Machi, Cámara), variaciones castizas más o menos burdas (apenas Edu Soto logra despuntar levemente en su parodia del timador flamenco) para el despliegue de chistes malos y gags poco afortunados y peor rodados a costa de los estereotipos culturales, la confusión lingüística, el cuñadismo ibérico y los suegros de toda la vida.