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Una gran mujer (Beanpole) | Crítica Heridas de guerra

El segundo largo de Kantemir Balagov (Demasiado cerca), nuevo wunderkind del cine ruso y apadrinado por el maestro Sokurov, se adentra en el Leningrado de 1945 inmediatamente posterior al fin de la II Guerra Mundial de la mano de dos mujeres que acarrean en sus cuerpos las huellas, heridas, frustraciones y secuelas psíquicas del conflicto bélico y los peajes de la sociedad estalinista.

El título español Una gran mujer hace referencia a una de ellas, Iya, largilucha de ojos grandes, pelo rubio casi blanco y pestañas claras que ocupa el centro junto a su amiga Masha de esta nueva historia de desolación moral en un paisaje que Balagov delimita entre encuadres y planos secuencia sin aire, las salas de un hospital y las habitaciones de los pisos compartidos, colores intensos (rojos, verdes y amarillos) de raigambre pictórica y una intensa y por momentos sofocante atmósfera de dolor, sufrimiento y corrupción que domina los afectos e instintos primarios (con la maternidad en su epicentro) sin apenas respiraderos.

Su película traza así unas relaciones marcadas por las taras, la desesperación y la necesidad, por la puesta en marcha de un instinto de supervivencia y compensación que se abre paso entre diálogos escuetos, miradas y gestos reveladores y una ausencia de música apenas interrumpida para apuntalar el dolor agudo y paralizante.

Tal vez puede dar la sensación de sobrecarga dramática, de requiebro y suma de desgracias en un panorama moral ya de por sí devastador. Con todo, emerge con fuerza la voluntad de trascender la sordidez a través de la estilización de la puesta en escena, de la construcción de un espacio propio, íntimo y compartido para estas dos mujeres que son a un tiempo víctimas de un engranaje político-social y sus consecuencias bélicas. La escritura de Balagov se las hace pasar canutas, pero ellas (extraordinarias Viktoria Miroshnichenko y Vasilisa Perelygina) resisten con fortaleza y dignidad en el plano, convencidas de que un nuevo amanecer es posible incluso después del arrasamiento y el vacío.