Nación cautiva | Crítica de cine El ejército extraterrestre de las sombras

Una imagen de 'Nación cautiva'. Una imagen de 'Nación cautiva'.

Una imagen de 'Nación cautiva'.

El Chicago del futuro como el París ocupado de entre 1940 y 1945. Los alemanes son ahora extraterrestres que han impuesto una férrea dictadura de matiz neofascista y, como entonces sucedió, hay colaboracionistas con las fuerzas de ocupación y resistentes que se enfrentan a ellos. El director de esta película, Ruper Wyatt, ha citado la obra maestra de Melville El ejército de las sombras y la excelente La batalla de Argel de Pontecorvo como fuentes de inspiración. Pero no les llega. Wyatt, autor de películas estimables (The escapist) y tan brillantes como inteligentes (El origen del planeta de los simios) tiene talento, pero no el raro genio ascético de Melville ni la mezcla de ideología e inteligencia oportunista de Pontecorvo. Juega en otra liga. Y en ella no cabe la ciencia ficción de intención política que tan larga y noble tradición tiene desde Wells a Dick pasando por Orwell o Bradbury. Wyatt se escora más al espectáculo de entretenimiento.

Como espectáculo su película funciona. Como propuesta de reflexión política queda corta. Es valioso el intento de recuperar la ciencia ficción distópica como reflexión alegórica sobre el presente –que esté realizada en la América de Trump supongo que tiene mucho que ver– pero le falta coherencia interna en el guión y definición en los personajes para lograrlo del todo. Igualmente es valioso el intento de ensanchar los límites de la ciencia ficción, desde hace décadas retrotraída al espectáculo que agiganta con medios técnicos los entrañables juguetes de la serie de B de los años 50. Estos dos valores le dan su mayor interés. No alcanzar las metas que se propone, quedándose en el entretenimiento dignamente realizado (lo que tampoco es poco, dado el tono del actual cine de entretenimiento), es su mayor carencia.

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