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El ritmo de la venganza | Crítica Empoderamiento de la venganza

Blake Lively y Jude Law, en una imagen de la película. Blake Lively y Jude Law, en una imagen de la película.

Blake Lively y Jude Law, en una imagen de la película. / D. S.

Las películas malas, malas de verdad, cutres y petardas, se solían estrenar en unas salas fronterizas entre el centro y los barrios, de más que correcta arquitectura, olor a ambientador, discreta decoración con un punto almodovariano por las lámparas de pared con forma de estrellas doradas y los paramentos plastificados, porteros y acomodadores que parecían haber perdido todas las batallas de la vida y un simpático público que entraba allí a echarse una siestecita o a meterse mano. Todo lo cual creaba una interesante correspondencia entre la película y la sala, hermanadas por la modestia y la carencia de pretensiones. Ahora, perdidos aquellos cines de frontera, las películas cutres y petardas, que las más de las veces además son caras producciones, se estrenan en todas las salas. Es el caso de esta cosa ruidosa, violenta y vacía. La palabra petardo tiene aquí todo su sentido.

El guión está escrito por Mark Burnell basándose en la primera novela de su tetralogía dedicada a Stephanie Patrick, una mujer destruida (lo que incluye prostitución y droga) por una tragedia que se reconstruye (o es enérgicamente reconstruida) para vengarse. En esta primera entrega su familia muere en un accidente de avión que resulta no ser tal, y entabla la persecución de los responsables que la convierte en una especie de superagente internacional contraterrorista. Como en todos los relatos exagerados de venganza –desde los clásicos masculinos de Charles Bronson a los de Liam Neeson– un ser humano común es convertido por el odio en un experto en todos los ardides dotado de una fuerza casi sobrehumana.

En este caso –siguiendo los pasos tarantinianos de la Mamba Negra el empoderamiento llega a la cultura cutre, cabe sospechar que como estrategia de mercado (otra cosa sería remontarse a La novia vestía de negro)– se trata de una mujer, interpretada con gestualidad desbordante y gusto por el transformismo por Blake Lively, actriz de filmografía irregular que, además de con Woody Allen en Cafe Society, trabajó con el director especialista en venganzas Jaume Collet-Serra. Junto a ella, un Jude Law convertido en coach de la vengadora. Dirige la cosa la especialista en churros de cine (¿Estamos solos?) y televisión (El cuento de la criada) Reed Morano. La produce –¡ay!– Barbara Broccoli, la hija y heredera del Cubby Broccoli a quien debemos el canon de los Bond de Connery.

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