Terminator: Destino oscuro | Crítica de cine Recuperando las esencias

Arnold Schwarzenegger, en una escena de la película. Arnold Schwarzenegger, en una escena de la película.

Arnold Schwarzenegger, en una escena de la película. / D. S.

Tron en 1982, Terminator en 1984, Terminator 2 en 1991 y Parque Jurásico en 1993 son títulos clave en la historia de los efectos especiales digitales iniciada experimentalmente una década antes. Como el paso paralelo de los cines a los multicines y de estos a las multisalas en centros comerciales -también consumado entre los años 70 y 90- se trataba de algo con una envergadura de la que sólo años después se tuvo verdadera conciencia. No solo cambiaban las formas de la exhibición o los efectos especiales, lo hacia el cine tal y como hasta entonces se conocía.

James Cameron es un caso singular en este proceso: ocupará o ya ocupa un lugar destacado en la historia del cine gracias a películas de enorme éxito y sobre todo gran influencia técnica, a la vez que sus aportaciones creativas son más bien modestas. Tras la codirección de una secuela de Pirañas en 1981, Terminator le dio fama duradera y fortuna tres años más tarde. Además de ser, junto a su segunda entrega, lo más relevante de su obra: obras maestras del cine fantástico. El resto, hasta los bombazos comerciales de Titanic y Avatar (que lo convierten en el único director que tiene dos películas entre las diez más taquilleras de la historia del cine), es conocido.

35 años después, Terminator es un clásico de la ciencia-ficción y del cine popular que ha tenido cuatro continuaciones, además de ser explotada por una serie televisiva y varios videojuegos. La sexta entrega llega con aires de renovación de lo que parecía sufrir un imparable declive. Para ello se ha pretendido borrar o ignorar las películas que lo provocaron y volver a los dos primeros y excelentes largometrajes dirigidos por Cameron. No los alcanza, pero es la mejor de las rodadas desde 1991.

Lo mejor de ella son las presencias tutelares de Arnold Schwarzenegger y Linda Hamilton, viejos dioses nunca del todo olvidados de las cintas de culto del 84 y el 91 que regresan como si Cameron, aquí productor tras recuperar los derechos después del castañazo de Terminator Génesis en 2015, hubiera restablecido el culto verdadero a su creación. Se somete a los imperativos del actual cine de superhéroes -en lo que tal vez acierte desde el punto de vista comercial, pero se equivoca desde el creativo: el cyborg estaba allí antes- y exagera en la extensión de las secuencias de acción chimpún al gusto del día. Forman parte del universo Terminator desde el principio, desde luego, pero aquí se abusa. También se hacen aggiornamentos políticamente correctos latinos y feministas. Pero lo importante es que algo de la originalidad y la fuerza de las dos primeras entregas se ha recuperado. No ha sido mala elección la del director Tim Miller (Deadpool) ni las de los nuevos intérpretes, sobre todo Mackenzie Davis. Tal vez sea un renacer de la saga. En cualquier caso la ha rescatado.

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