Pregón de la Semana Santa 2010

Barbeito: Meditaciones en el atril

  • El periodista huyó de los cánones convencionales y ofreció un modelo de Pregón distinto, más cercano al intimismo y a la reflexión que a la búsqueda de los aplausos fáciles

Las de ayer fueron unas palabras para ser oídas con los ojos cerrados en una habitación casi a oscuras y, por qué no, hasta postrados en un reclinatorio. Lo de ayer sonó a aldabonazo a las conciencias, a meditación ante un Cristo muerto en un templo a media luz con un foco iluminando la cara del Señor. Dicen que el pregón que no hace vibrar al público, no es un buen pregón. Que no es pregón ni es . Pero quizás hasta este Domingo de Pasión nadie había probado eso de vibrar interiormente sin necesidad de aplaudir, jalear o llorar. Es verdad que muchos salieron del teatro con las ganas de haber asistido a un Pregón interrumpido por los aplausos. No hubo ni uno. El pregonero no forzó en ningún momento que el público rematara sus versos con ovaciones. Se agradece la ausencia de histrionismos. Pero también es verdad que no pocos se fueron muy saciados con unas meditaciones profundas, casi sesudas, en un tiempo marcado por la crisis de valores.

Antonio García Barbeito se apartó completamente del género. No es que huyera de los cánones del pregón ortodoxo, sino es que directamente no trabajó el texto como un pregón, sino como una meditación indudablemente literaria, calculada, elaborada a más no poder, con profundas cargas de emotividad. Su intervención se siguió mejor, mucho mejor, en la radio que en el teatro. Las continuas modulaciones de voz del pregonero provocaban que al público del Maestranza no le llegaran bien las palabras de Barbeito. Cuando hablaba en voz baja no se le oía, sobre todo con la cantinela de toses del público, que aquello parecía por momentos un hospital en lugar de un teatro. Así lo atestiguaron tanto asistentes del patio de butacas como del paraíso. Una pena, pues el texto obligaba a estar permanentemente atentos para no perder el hilo conductor, ya que Barbeito desarrolló un discurso basado en un monólogo con un personaje del que sólo al final desveló su nombre: Sevilla.

Si nos atenemos a la definición académica de pregón ("Discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella"), lo de ayer ni mucho menos lo fue en el estricto sentido. No hubo voces altas, ni llamadas a la gloria. Estamos seguros de que al autor le importa muy poco que su pieza no encaje en los canónes que marca el diccionario, ni en los que dicta la oficialidad cofradiera, ni mucho menos en los impuestos por los cofrades de a pie. Barbeito hizo de Barbeito. Como hace por las mañanas en la radio, pero esta vez hablando más de una hora sin una sola interrupción. Resultó muy espiritual para quienes esperaban un Pregón liviano, cortito de misa y confesión. Muy en plan meditador, para quienes tal vez creyeran que iba a ejercer de ladronzuelo de vivencias ajenas hilvanadas con estilo de comunicador. Profundo más que ocurrente. Con sustancia más que superficial. Hondo más que frívolo.

No fue de cofrade, porque no lo es, ni ha tenido interés en serlo, ni era su objetivo el hacer un curso acelerado con motivo del Pregón, ni sale del acto de ayer siendo un cofrade. Fue sincero al reconocer que los recuerdos de su infancia no están ligados a la Semana Santa. Su discurso fue consecuente con su currículum. No se le pueden pedir peras al olmo, ni ripios a Barbeito. Un Pregón más. Un Domingo de Pasión menos. Un Pregón interesante por inhabitual. Probablemente suscite mucho más interés en el público extracofradiero (masivo) que en el que milite en el corazón de las hermandades (minoritario). Esta circunstancia lo hace atractivo para quienes sientan curiosidad por los pregones. Por cierto, que en la prensa local de hace dos décadas se crucificó a un catedrático de Universidad precisamente por eso, por no seguir con fidelidad el género. Se escribió de aquel eminente profesor que en lugar de un pregón había realizado una "conferencia de Urbanismo". Claro que aquello era otra ciudad, probablemente otra prensa y tengan por seguro que otro tipo de pregonero.

Los ejes de la intervención de Barbeito fueron Dios, el campo y la ciudad. En todo momento se mostró orgullo de sus orígenes -"Yo vengo de lo pequeño, de un lugar que sólo tiene un Nazareno y dos crucificados que recorran las calles. Vengo de allí de donde empecé a aprender la devoción de los míos"- para desde ahí ir desarrollando su acercamiento a la ciudad. Barbeito se excusó de alguna manera al no pronunciar el Pregón que muchos esperan oír como un rito anual de cada Domingo de Pasión. Se negó a ejercer como tal. "Yo vengo de muy lejos, porque vengo de donde no te conocía. No vengo a cantarte lo que tú cantas mejor que nadie". Se declaró inhábil para el desarrollo de los principales tópicos que caracterizan un pregón de la Semana Santa. Pero lo hizo con estilo literario, como en todos los instantes de su intervención: "¿Voy a hablarte de palios, de calvarios, de mecidas que mueven el cielo entre varales? ¿Voy a decirte yo cuál es el canon de la estrechez, a cantar el vértigo de lo imposible cuando sales por algunas puertas?" Demostró así conocer las claves de ese otro modelo de pregón, más frecuente, que muchos hubieran querido, pero que no quiso pronunciar por no ser sencillamente el suyo.

Barbeito insiste machaconamente en que su encuentro con la ciudad, con la Semana Santa, se produce tarde, con el paso de los años. "Tú estabas muy lejos de todo, muchacha. O, mejor: nosotros estábamos muy lejos de ti. Era tanta la distancia entonces entre tú y nosotros que ir a ti era una aventura cuasi de emigrante". Su niñez no son recuerdos de la ciudad: "No encontrarás mi infancia si buscas por tus calles, no estaré entre tus niños del Domingo de Ramos […] porque vine muy tarde y vine sólo a verte, a aprender a quererte […] Tarde te conocí y siempre será tarde para tenerte toda: me faltas en mi origen, y por más que quisiera amontonarme dentro de los viejos almanaques que no viví contigo, sería emborronar un tiempo que no es mío".

Dedica especial atención a la experiencia de la primera Madrugada en la capital, por cierto frustrada por la lluvia. Pero todo lo hace sin nombrar a hermandades ni advocaciones. Había que intuir de sus referencias y descripciones que aquel joven se fue aquella noche a buscar la Macarena, "allí donde muerden el tiempo las almenas y tiembla cinco veces la esmeralda".

En su huida de la ortodoxia, de los cánones inventados en el imaginario colectivo, Barbeito responde a la letanía de preguntas de los cofrades en vísperas del Pregón: "¿Qué dirás de la mía?" Y se justifica una y otra vez: "Yo no vengo a decirte cómo es la zancada de ningún Nazareno […] Yo no vengo a decirte lo que de sobra sabes; yo vengo a agradecerte lo que me has enseñado". Y hasta presume de que podía haber redactado otro tipo de pregón: "Yo podría cantarte con palabras y versos que dijeran la copla que sabes de memoria […] Yo podría decirte, repetirte al oído lo que el aire te dice, lo que tú le pronuncias a la Semana Santa".

En la literatura de Barbeito, en el sentido poético de sus palabras, en la emotividad impresa a cada renglón de su oratoria, hubo también sitio para la respuesta a la polémica de las vísperas del Domingo de Pasión, plasmada en el titular de prensa de una sus entrevistas ("Ni voy a misa, ni me confieso. Mi única religión es el Sevilla F.C"). Tal vez cargó demasiado la puya en contestar, dotó de más acritud de la cuenta su discurso, convirtiendo él mismo en fundamental algo que ayer podía haber pasado inadvertido para muchas personas, vista sobre todo la hondura de sus meditaciones. Incluso de su atuendo podía deducirse una reafirmación parcial en sus palabras, pues la corbata que alegraba el protocolario chaqué era de franjas rojiblancas. "No he venido a recorrer un territorio de cuchillos que cortan hasta con el mango; no he venido a ponerme de blanco de las plumas que esperan sin desmayo el resbalón, el yerro del que vino a mirar tus mágicos perfiles. Esas plumas sin vuelo a las que desplumaste, plumas que manquean de las dos alas, plumas a las que tú negaste los tinteros de gloria, porque solo manchaban tu celeste impoluto, nunca supieron decir tu nombre sin renunciar a una intención de tercería, y siguen ahí, destrozando el alfabeto como quien ara en el mar".

Fue a más al responder a quienes consideraron que no debía pronunciar el Pregón por no ser un hombre de cumplimiento riguroso del precepto dominical: "¿Tú vas a venir a chanelarme el alma en las excluyentes fronteras de tu intolerancia, porque sospechas que trato de pasar demonios en los bolsillos? ¿Tú, que si te pasas la mano por el corazón, a lo mejor te cortas? Has de saber que en esta cerería no se funden velas para que después, a conveniencia, le pongan una a Dios y otra al Diablo […] No busques lo que no hay, mis velas nunca se van a confudir con las tuyas. De modo que a ver si cuando me enciendas, sabes lo que enciendes. Y jugamos a Dios y Dios no somos".

El campo y Dios centraron la parte final del discurso. Para Barbeito es distinta la experiencia divina en el pueblo que en la capital: "Dos mundos que se unen en muchas cosas, pero separados a veces en lo esencial. Yo a Dios lo tuteo en el trigo y el río que pasa y aquí es otra cosa, un respeto distinto. Allí lo siento más cerca de su origen (un portal, un pesebre, una mula, un buey, el campo abierto)". No ocultó en ningún momento sus dudas de fe al desarrollar el tema de Dios en la calle: "Sigo aquí, Señor, rezando oraciones que aprendí, pero al preguntar por Ti, sigo dudando, dudando. Señor por las dudas ando entre preguntas desnudas, esperando a que Tú acudas a despejarme neblinas: yo te arranco las espinas, ¡arráncame tú las dudas!".

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