La Paz

Paseo por un parque con obras al fondo

  • La cofradía del Porvenir transitó por delante de la Plaza de España vallada

Ver la cofradía de la Paz por el Parque de María Luisa es una forma tan tradicional como incómoda de comenzar la Semana Santa. Tacones altos que se hunden en el amarillo albero y estornudos incesantes de alérgicos para los que la edulcorada primavera no es más que una estación maldita en el calendario.

Los blancos nazarenos de la Paz pudieron discurrir, pese a la omnipresente penitencia de las obras, por el Parque de María Luisa para que el Domingo de Ramos tuviera todos sus avíos. Y allí estaban esas familias con los hijos, los nietos, los sobrinos, los amigos de todos ellos y los carritos, los imprescindibles carritos sin los cuales esta estampa no estaría completa.

Al fondo, una Plaza de España convertida en edén de vallas, hormigoneras, ladrillos y grúas. Idílico paisaje para el transcurrir de una cofradía que avanza como río de plata entre el verde espesor de los árboles. Viene mandando Antonio Santiago el paso de misterio donde el brillo de su canastilla compite con el de los envoltorios de aluminio que a esa hora se desembalan para acallar el hambre que se levanta a pulso en el estómago. Sobran la chaqueta y los atavíos. No hay niño que se resista a dejar de columpiarse o a deslizarse por un tobogán. Los pantalones y faldas impolutos ya quedaron marcados por esta mañana de domingo. A lo lejos, el palio de la Virgen de la Paz llega con su esplendor argénteo, un blanco perfecto como el inocente brillo de esos niños que buscan las famosas setas que los Hermanos Delgado dejaron en la peana de la Dolorosa. Ahora queda darle otro sorbo a la lata de Coca-Cola para acabársela. A seguir andando. Y soñando. Que esto sólo ha empezado.

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