La Amargura

El más dulce de los sueños

  • El clasicismo del domingo lo trajo de nuevo la cofradía de San Juan de la Palma

Uno no constata que ha llegado el Domingo de Ramos hasta que en San Juan de la Palma no se abre una puerta. Igual que se espera a la flor del naranjo para confirmar que es cuaresma, en esta primera jornada se sabe que ya es Semana Santa porque una hilera de nazarenos blancos avanza por Conde de Torrejón. Lo afirman viejos y nuevos, propios y extraños.

Llega la primera avalancha de cangrejeros, una bulla de jóvenes y menos jóvenes vestidos por el canon que impera en este domingo (sin incluir, claro está, las minifaldas de globos y las chaquetas de indiscretos brillos que tanto se dejaron ver ayer). Avanzan con el paso largo de los hombres de Villanueva, que llevan a este Dios de brillos blancos, el último del día.

Empieza ya la noche a hacerse la dueña de este domingo donde el mercurio comienza a descender, a quedarse arriao. El día se va bordando, pero le falta uno de sus últimos flecos, la imagen que lo remata. Viene la Virgen de la Amargura con la única luz que le proporcionan dos cirios de su candelería. Su perfil se recorta entre las sombras de unas bambalinas en la que se reflejan los flashes de cámaras y móviles. En Conde de Torrejón, Paula, una niña de seis meses, cierra los ojos. El hombro de su madre le sirve de improvisada almohada. Lo último que escuchará en el día será la marcha que compuso Font de Anta. La mejor nana para el más dulce de los sueños. Dichosa suerte.

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