Encallejados

Donde habita el olvidado aroma

  • A la espalda de la carrera oficial discurren unas calles estrechas y en penumbra en las que el rastro de dios Baco golpea fuerte al olfato.

DETRÁS de ese urbanismo que se levanta para los días de pasión y muerte, tan efímero como el abrir y cerrar de ojos que Valdés Leal perfiló entre penumbras barrocas, se esconde una ciudad paralela que pocas veces se incluye en los miles de programas que los muy jartibles cofrades sevillanos guardan con el paso de los años en su mente. Y ello, pese a constituir el imprescindible itinerario de las necesidades humanas. Al igual que existe una carrera oficial en Semana Santa, hay quienes siempre están en carrera para evacuar en los días santos. Son esos recovecos donde la fiesta saca a relucir su rostro dionisiaco, ése que glosó con maestría inigualable Antonio Núñez de Herrera en los años 20 del pasado siglo. Teoría y realidad de una ciudad en la que el olor a azahar y el de las heces equinas se hilvanan sin solución de continuidad a los pies de la Giralda, la torre fortíssima que corona el principal símbolo sevillano: la veleta.

A la espalda de Sierpes se encuentran Vargas Campos y Francisco de Pelsmaeker, calles que la mayoría de los sevillanos sólo transitan en días de cofradías. Son esas vías estrechas y ensombrecidas -a lo sumo con una tenue luz eléctrica- que los técnicos en seguridad municipal (entiéndase como Cecop) denominan como "de evacuación en Semana Santa", sin ser conscientes de que la ciudad aplica dicho término en todas sus acepciones. Si no sólo del pan vive el hombre, tampoco del misticismo sobrevive únicamente el cofrade.

Los balcones engalanados y las chaquetas endomingadas -muchas de ellas con grado de antigüedad en proceso de investigación- de la carrera oficial suponen el más bello trampantojo de esas otras calles que quedaron huérfanas de colgaduras y en las que todo traje supone un estorbo a la hora de evacuar el líquido elemento que se ha ingerido cual dulce flagelo mientras los nazarenos iban pasando.

El olor de estas calles también quedó en el olvido de esos rapsodas para los que rimar pena y Macarena constituye la mayor cumbre literaria que leyeron en horas de ocio. Sus edulcorados versos los dedicaron al elogiado azahar, esa flor que, como su escritura, sólo figuronea al calor de marzo. Se olvidaron de que el olor de la micción forma parte de los aromas imprescindibles para entender esa otra Semana Santa que discurre en paralelo a la oficial. En términos hosteleros, dicho aroma resulta un indicador de incuestionable valor sociológico para calcular los ingresos por el goce del gaznate y, sobre todo, de averiguar mediante tácticas olfativas lo que bebe el público en días de recato.

Calles que prestan un servicio asistencial de indudable importancia, pues más de una vejiga hubiera sido traspasada por siete dolores ante las largas colas en los servicios o la restricción de su uso a los clientes del bar, pues en esto de dar satisfacción a las necesidades fisiológicas también se ha hecho necesario estar abonado para su disfrute, como silla de Quidiello en Sierpes.

No se entiende, pues, la luz sin la sombra. La recompensa sin el sacrificio. La Campana sin su urinario al aire libre. Y es que en estas calles el diablo anda suelto y en penumbras. Aunque nada oscuras son las verdes paredes de cierta tienda existente en el pasaje comercial que conecta Francisco de Pelsmaeker con Sierpes, donde se anuncian descuentos para artículos que ayudan a "consolar" la penitencia de la soledad. Hay atajos que son tentadores.

Mañana de Viernes Santo en una Magdalena distinta

Preste y devotos tras el paso de la Virgen de la presentación./Foto: 'La sevilla que no vemos'

Calle Madgalena. En esta imagen que nos trae la página web La Sevilla que no vemos es fácil adivinar el lugar donde está realizada la foto. Se trata del entorno de la parroquia de la Magdalena. Es la mañana del Viernes Santo, cuando la cofradía del Calvario está regresando a su sede canónica tras realizar la estación de penitencia a la Catedral. En la instantánea se observa la trasera del palio de la Virgen de la Presentación entrando en una calle bastante estrecha que ya no existe. Al fondo se adivina la fachada del referido templo. Se trata de la desaparecida calle Magdalena, que fue derribada en 1930 para acometer el ensache del que acabó resultando la actual calle San Pablo. Para ello hubo que demoler toda la manzana de viviendas que se observa a la izquierda de la fotografía. 

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