El Amor

La del pelícano rompe el techo de cristal

  • La decana de la jornada abre la puerta a la salida de mujeres nazarenas

La decana de la jornada rompió por fin el techo de cristal y permitió por primera vez desde su fundación allá por el siglo XVI la salida de hermanas nazarenas. María Ángeles aguardaba la recogida de la cera dispuesta en fila en el patio de los naranjos del Salvador. Estrenaba sensaciones, que no túnica de cola, tomada prestada a un varón de la familia: "Contenta sí, pero demasiado tarde, porque yo me he perdido salir de blanco con la Borriquita, un sueño que perseguía desde que era pequeña". La estación de penitencia de la igualdad pasó este año por el Amor y cerca aún más a las tres hermandades que aún perseveran en su resistencia.

La luminosidad que la magna restauración del Salvador devolvió a la antigua iglesia colegiata quedó ayer relegada a un segundo plano. Quietud y oscuridad bajo las bóvedas del templo, sólo alumbradas con la cera de los dos pasos de la cofradía, y solemnidad en el ambiente que las voces de la Coral Sacra de Sevilla impusieron tras el rezo del rosario. Una única referencia al género desde el presbiterio -"Señoras, este año os damos la bienvenida", como suscribió el hermano mayor- puso en marcha la contrarreloj de la apertura del portón hacia la rampa. La algarabía de la plaza se trocó en respeto, y el Cristo de Juan de Mesa enfiló Cuna con diez minutos de retraso para compensar el tiempo acumulado por las cofradías predecesoras en la carrera oficial. Otra vez la tesis eterna del pelícano alimentando a sus crías con sus entrañas, cum laude en el ocaso del Domingo de Ramos.

Amarguras y Virgen del Valle, tocadas a órgano, acompañaron las primeras chicotás del palio del Socorro en el interior del templo. Exquisita toca de encaje a una sola vuelta, con el detalle de una blonda como remate del manto. El frío y el viento sorprendieron a pie de calle. El calor del mediodía se conjugaba ya en pasado, y la candelería de la Virgen, que bajó la rampa a los sones de Soleá dame la mano, quedó reducida a los dos pabilos encendidos en la hilera de las marías.

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