Cofradias

Donde resiste la belleza

LA calle está cada vez más fea en Semana Santa. Probablemente porque la calle está simplemente más fea durante todo el año y la Semana Santa, sus cofradías, no es más que el espejo de la sociedad actual. Si se reduce el balance de una jornada al tiempo, a la meteorología, el de ayer fue un Domingo de Ramos perfecto. Sin calor. Idóneo para soportar un antifaz de terciopelo. Pero parece que hace tiempo la amenaza de lluvia ha dejado ser el principal enemigo de la Semana Santa. Hay que rebuscar mucho, seleccionar con tino, para vivir una Semana Santa a la que no le afecte la crisis de identidad o, si se prefiere, el mero desconocimiento de cuanto acontece en la calle. Hay mucho público, muchísimo, que no sabe moverse de un sitio a otro. Gente que utiliza la Semana Santa como pretexto para estar. Porque hay que estar. Se trata de estar. Como el que se pone en una cola de espera, pues se coloca en la calle porque sí, porque es Domingo de Ramos. La suprema confirmación de la teoría de Vicente, aquel que iba donde iba la gente. Están ajenos a a cuanto ocurre, pero, paradójicamente, están. Cualquier observador afinado puede también comprobar cuantísimos jóvenes usan ya la consabida sillita plegable. Con 20 o 25 años aparecían sentados por Jauregui al paso de San Roque o en la plaza de la Magdalena con la Estrella. Nadie les ha enseñado que a esas edades no existe el dolor de pies, se patean las calles, se rompen los zapatos, se aprende el callejero, se ensayan los atajos y se empapa uno del centro de la ciudad. Esperan sentados la llegada del paso como viejos prematuros, dándole al chasquido de las horripilantes pipas, sembrando de cáscaras la calle, sin que nadie les explique cómo se buscan los pasos, cómo se anda a contracorriente de una cofradía sin molestar a los nazarenos ni al público de la primera fila. Sentados, esperan sentados cuando están en la mejor edad para comerse la Semana Santa. ¿Será una suerte de generación nini en versión morada?

belleza perenne

A esta Semana Santa le sobra mucho músico de muñeco de tartita del escaparate de La Campana, con tocados de domadores de leones jugando al desfile del Día de las Fuerazas Armadas; mucho costalero fornido saliendo por delante de los pasos en lugar de por detrás; y mucho capataz repartiendo abrazos en plena Plaza de San Francisco y amagando con dar pregones en la Campana aprovechando el eco mediático. Tan fea -decíamos- está la calle en Semana Santa que la plaza del Salvador era una alfombra de suciedad a las seis de la tarde. Téngase en cuenta que no se trataba de una calle trasera, de ésas sufridas calles que conocen bien la otra Semana Santa al hacer las veces de urinarios, sino de la mismísima plaza del Salvador por la que habían de salir ayer tres de los pasos más bellos que se hayan concebido jamás en toda la Semana Santa. Mucha gente no cuida la Semana Santa, no existe conciencia de mimar aquello que pertenece a todos, de velar por la estética del escenario principal de la fiesta: el espacio público.

Pero es tan auténtica y fuerte, goza de tan hondas raíces esta fiesta, que sobrevive en muchos pasajes a la invasión de fealdad que padece desde tantos puntos de vista. La procesión matinal de palmas por los alrededores de la Catedral, con la colección de capas pluviales del Cabildo, o la primera hora de la mañana en muchos templos siguen siendo momentos escogidos. Qué delicia ver los primeros niños entrando en el Salvador descubriendo el oro y rosa del misterio de la Borriquita como si fuera una mañana de Epifanía para desenvolver juguetes. Y ya en la calle, el sol que alumbra al Nazareno de San Roque por Jáuregui, con el cirineo de la camisa abierta que parece dispuesta para combatir la pizca de calor que se notó en algún momento. Muy metitorio el tul del tocado de la finísima Virgen del Subterráneo. No se la veía así ataviada desde los años treinta. Todo un guiño a la memoria histórica capillil que no levanta ninguna ampolla ni provoca heridas. Por cierto, que los músicos de la agrupación de Jesús Despojado rescataron ayer el sonido de las gaitas con motivo del 30 aniversario de la formación. Causaron división de opiniones. El paso de misterio lucía unas originales rosas de tonalidad lila. Una exquisitez el palio de la Paz por Castelar a los sones de Estrella Sublime. O la entrada triunfal de la Virgen de Gracia y Esperanza en la Puerta Osario a los sones de Corpus Christi. Para vivir también el paso de la Estrella en el Santo Ángel, con lluvia de pétalos y oración mariana del público.

¿merenderos alegales?

La imposibilidad de alquilar un balcón o la simple dificultad de encontrar asientos en una carrera oficial provoca que familias y grupos de amigos alquilen para Semana Santa bajos comerciales con el objetivo de establecer un cuartel general vespertino donde abundan las sillas y, cómo no, todo tipo de viandas y bebidas. Se puede apreciar esta modalidad o forma de vivir la Semana Santa en la misma calle Sierpes y en otras más recónditas como Arapiles o Leoncillos. En este último emplazamiento había familias devorando raciones de pijotas a las seis y media de la tarde. Ni caso de la cofradía que pasaba a poco más de cien metros. La Semana Santa como pretexto para montar un bodegón más propio de trasera de Calle del Infierno que de una calle del casco histórico donde se representa una ópera sagrada. ¿No la llamaban así? ¿Es bueno contar estas cosas, que también y cada vez más son la Semana Santa real, o habría que pasarlas por alto y quedarnos exclusivamente con las carreras de los niños por la rampla, el pregón de los nazarenos de la Amargura que dan ellos solos con su caminar a San Juan de la Palma o los mil y un detalles íntimos del día, como el costal depositado a los pies del Señor Despojado en recuerdo de un costalero fallecido?

estética descuidada

Cuántas generaciones no han aprendido eso de que el sevillano se sabe mover en la bulla y se engalana el Domingo de Ramos para contribuir al embellecimiento de la ciudad. Lo primero quedó roto para siempre en la Madrugada de 2000. De lo segundo podría escribirse ya una tesis doctoral. Nunca un tópico tuvo tan de barro los pies. La cuaresma metida en grises ha dejado los colores de la primavera en las perchas de las tiendas y la crisis, lógicamente, ha menguado considerablemente los estrenos de atuendos. Los tan criticados trajes blancos han disminuido considerablemente. Y no está claro que lo que abunda ahora sea precisamente mejor. No es que haya vestidos de cotillón de fin de año, sino directamente de playa. Debe ser que las sillitas plegables son a la Semana Santa sevillana lo que las mochilas al turismo.

Por fortuna la Semana Santa nocturna -con la salvedad de la Madrugada- es aliada de la belleza. La bajada de temperatura reduce la cantidad de público. El ambiente se sosiega. Desaparece el ruido. Los merenderos echan el cierre. El verde de las joyas del pecherín del Socorro relumbra en la noche. La Amargura cruza Cuna demostrando que en la Semana Santa, pese a todo, resiste la belleza. Que muchísimas personas se siguen identificando con los valores de la Semana Santa, sabiendo acompañar a las cofradías en silencio, sin estridencias. Y, lo que es más importante, enseñando a las nuevas generaciones que la Semana Santa no es patriomonio de frikis. En ella resiste la belleza.

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