Crónica del lunes santo

El triunfo de la silla plegable

DECÍAMOS ayer que estos días redondos de Semana Santa, donde no cabe la incertidumbre del tiempo, permiten disfrutar todas las versiones posibles de Semana Santa: de la ortodoxas a la meramente urbana, de la oficial a la de bulla, de la de palco a la de sillita plegable. Algunos encontraron su definición de Semana Santa al borde de la una de la madrugada del Lunes Santo en la calle Cuna: el palio de la Amargura yéndose a los sones de Margot. "Esto y no otra cosa es la Semana Santa". Un aserto rematado al sevillano modo para impedirle la salida al interlocutor: "No te equivoques". Tal es la fuerza de la aseveración que obliga a seguir buscando a la Amargura. Por Santa Ángela, donde sobraba la valla de la calle Alcázares, pasa a los sones de Soleá dame la mano. "Y ésta también es la Semana Santa". Claro que al regreso nocturno por Sierpes se pasa por otra Semana Santa bien distinta. Es como pasar del salón de una casa al cuarto trastero. Los operarios de Lipasam utilizan aspiradores para despejar una alfombra de basura que provoca vergüenza ajena. Mucho largar de los comportamientos de los usuarios de trajes blancos, pero buena parte del público de la carrera oficial -que precisamente es el que paga por ver, como el del fútbol- podría mimar más este trozo del escenario urbano de la Semana Santa. Se echa en falta una mínima educación, valor universal que queda cuestionado en Sierpes, la Campana o la Avenida. De los palcos ya habrá ocasión de hablar.

La carrera oficial amanece el lunes como una patena. Un penitente del Tiro de Línea cruza la Alfalfa al filo de las diez y media de la mañana. La película de la Semana Santa se rueda en sesión continua. La impotencia de no poder parar el reloj genera frustración. Como la provoca la consolidación de esa segunda carrera oficial que integran los miles de usuarios de las sillitas plegables made in China. Habíamos quedado en que el Metro revoluciona las distancias de la Semana Santa, dejando una veintena de cofradías a menos de quince minutos de alguna de las paradas. Pero las sillitas suponen una involución en materia de la denominada movilidad. Cuando una cruz de guía se acerca, el público va creando la primera fila a base de sillas. Tenga usted cuidado con levantar a un espectador sedente para pasar a la otra acera. La silla, como con los antiguos Papas, imprime autoridad. La cosa es seria. ¿Para qué ampliar la carrera oficial? El pueblo ya la alarga por su cuenta sin esperar a sesudos informes. Sólo falta que, igual que en las bullas se suelen crear esas dos corrientes que fluyen ordenadamente, el personal de las sillitas también arbitre esos pasos expeditos tan necesarios para favorecer el tráfico. La calle Velázquez, por ejemplo, presentaba tal cantidad de asientos plegables a primera hora de la tarde que era una continuación literal de las parcelas oficiales de la Campana con las correspondientes consecuencias. Este hábito marca ya seriamente el comportamiento del público en la calle. Ni los cables de la Avenida, ni las banderolas de los comercios, ni los andamios de obra. Las sillitas plegables son las nuevas barreras arquitectónicas de la Semana Santa.

En una celebración tan decadente, el lunes deja un catálogo de estampas para alimentar la Semana Santa idealizada. La Virgen de las Aguas lució un exorno a base ranúnculos procedentes de Israel. Parecidas a las camelias, pero aún más bellas. Al estar bien abiertas, lucieron mucho más. La calle Santiago tiene balconadas muy animadas, donde la cofradía es el pretexto para la vida social pura y dura. Pasa el misterio de la Redención, el de las rosas rojas, y asoman una y otra vez las copas anchas donde se mece el caldo de Rioja. Es curioso que algunos anfitriones son hasta reconocidos miembros de colectivos que denuncian periódicamente el peso preponderante de las tradicionesn en la ciudad. ¿Pero no lastraban las cofradías la evolución de la urbe? Ah, pero la que no va a quedar lastrada es la oportunidad de presumir de casa con vistas privilegiadas a salida de cofradía. ¡Que asomen las copas y que corra el tinto! Estos balcones son como casetas de feria por adelantado. O peores.

¿cautivo y en silencio?

El palio de la del Polígono de San Pablo es aliado del sol de primera hora de la tarde por Cerrajería. Su contemplación demuestra que la elegancia no tiene por qué proceder de la agua y el hilo de oro. No se echan en falta los bordados. Ni siquiera el manto camaronero del año del estreno de la cofradía. Ni los agentes de la Policía Local de la planta alta de Ochoa se pierden su paso. El Cautivo lleva tal cantidad de devotos y vecinos del barrio que hay momentos en que cuesta intuir el acompañamiento musical. Háganse una idea: cuando el Señor está a la altura del Arquillo, los músicos se encuentran aún en la calle Barcelona. La realidad confirma el tópico. El Señor parece ir en silencio. Hubiera sido un detalle arriar el paso a la altura de la capilla de San Onofre, donde está la exposición perpetua del Santísimo Sacramento. El templo tenía además abierta completamente una de las hojas del portón. Pica tanto el sol y es tan larga la espera del paso de palio de las Mercedes que el gentío se refugia en la sombra. En el hotel Inglaterra se cobra un café a dos euros. Por 40 céntimos más se puede usted tomar dos en plena Campana.

La calle Reyes Católicos es un chiqui-park. No es recomendable para quienes buscan la Semana Santa de la estética. Está minada de sillas plegables y huele a hamburguesas y pollo frito en muchos tramos. Varios costaleros del misterio de San Gonzalo se proveían en el Kentucky a la misma hora en que el paso aún recorría el primer tramo del puente de Triana. ¿Dónde quedaron aquellas garrafas de agua ligada con anís de las que se surtían los costaleros asalariados?

por el puente

El puente es un sitio mucho más apacible para ver cofradías que Reyes Católicos. El incienso se esfuma veloz como una vela de tarta de cumpleaños recién apagada, pero la arquitectura vibra con cada levantá. Merece la pena. Por el Puente de los Remedios pasan los coches de Tussam. Por el de Triana, el paso de misterio de la coreografía costaleril más alabada. Y por el del Cachorro, mucho tráfico privado en sentido hacia Huelva. San Gonzalo se estira como un río, con sus particulares meandros y con el público que hace afluentes.

En la calle Santas Patronas hay un bar que vende bocadillos de primera calidad empetados. La Virgen del Rocío lleva un pequeño costalero bajo el manto, incluso por el itinerario de la carrera oficial. La gente sube y baja de los palcos a por el café. La liturgia de la carrera oficial está muy ligada al café. La gente se pelea por conseguir unas sillas. Pero están yendo siempre a por café. No verá usted un solo palco de la plaza con pleno de ocupantes. De seis sillas, suelen estar ocupadas tres en el mejor de los casos. Los demás están... tomando café.

Un niño de 9 años que acompañaba a la del Polígono estuvo seis horas perdido. Apareció en la Catedral tras una intensa búsqueda en la que se movilizaron todos los cuerpos de seguridad y emergencias. La única incidencia de otro día perfecto. Por lo demás, el lunes redondo deja de nuevo un muestrario de imágenes y escenas que reflejan todas esas posibles Semanas Santas. El Metro nos acerca a las cofradías. Las sillas plegables nos alejan de ellas. Son ya las nuevas vallas del siglo XXI. El callejear se va acabar. Por fortuna, la Amargura, la calle Cuna y Margot son como el cine de alta calidad: de madrugada y para el público que aguanta a deshoras a la búsqueda de la mejor definición de la Semana Santa.

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