Circo del Sol | Crítica de 'Kooza' 'Kooza' y el más difícil todavía

  • El Circo del Sol estrena en Sevilla su espectáculo más intimista, titulado 'Caja' en sánscrito, una propuesta con la que traza una vuelta a los orígenes

Los funambulistas, a más de siete metros de altura. Los funambulistas, a más de siete metros de altura.

Los funambulistas, a más de siete metros de altura. / Antonio Pizarro

Justo dos años después de su última visita regresa el Circo del Sol a Sevilla, con su carpa de rayas, para regocijo de un público fiel, variopinto y sin edad, que acude una y otra vez a la cita, desde aquel primer Saltimbanco de 2004. Espectadores deseosos de encontrar un poco de alegría y de admirar las cosas hermosas que puede lograr el ser humano cuando se lo propone, por encima de las guerras y las locuras a que nos tiene tan acostumbrados últimamente.

Kooza es un espectáculo, muy sencillo en cuanto a su estructura, que fue dirigido en 2007 por David Shiner, un payaso americano que había entrado a formar parte del Circo en 1990. Un trabajo que ha alcanzado ya las 4.000 representaciones y que cierra en Sevilla su gira española.

En su presentación, Shiner dejaba claro que este era un espectáculo menos tecnológico, sin las espectaculares proyecciones o efectos de otros como Totem, y más cercano al circo tradicional, compuesto únicamente por una decena de números y un grupo de payasos que los van uniendo en medio de la complicidad y la diversión del público. En una estructura central, que puede avanzar o retroceder, se encuentran los estupendos músicos -con dos cantantes magníficas- que los acompañarán durante todo el viaje.

La columna vertebral son números de primerísimo nivel que dejan sin aliento al público

Ni que decir tiene el trabajo que conlleva hacer que todo funcione como un mecanismo de relojería, con una factura realmente impecable: el imaginativo vestuario, las luces... y los números. Porque la columna vertebral de Kooza son unos números de primerísimo nivel, algunos de los cuales dejaron sin aliento al público, especialmente aquellos que, además de poner el cuerpo en una situación de obediencia total -como los contorsionistas, los acróbatas, o el dúo del monociclo- implicaban una situación de riesgo no apta para corazones débiles. Fue el caso, entre otros, de los funambulistas, que hicieron a más de siete metros de altura lo que muchos de nosotros no haríamos con los pies en el suelo; o del equilibrista sobre ocho sillas y, sobre todo, el de los dos colombianos que se atrevieron con la rueda de la muerte. Éste, sin duda, fue el número más espectacular de la noche, y el más apreciado a juzgar por los gritos de los espectadores cada vez que los dos artistas, dos spiderman sin trucos cinematográficos, saltaban dentro o fuera de las dos ruedas gigantes que no paraban de girar.

Los números de contorsionismo son algunos de los más impactantes. Los números de contorsionismo son algunos de los más impactantes.

Los números de contorsionismo son algunos de los más impactantes. / Antonio Pizarro

Una maravilla, sin duda, ver a todos los artistas concentrarse, a pesar de los gritos y las palmas, y darlo todo cada noche, sin trampa de ningún tipo. Ver su solidaridad en las torres humanas y los saltos, siempre con una mano tendida para recibir al compañero. Y disfrutar también, con menos gasto de adrenalina, de esos números menos arriesgados pero igualmente virtuosos como el de la rueda Cyr, con la elegancia inmensa de un solo hombre -Ghislain Ramage- que con toda naturalidad nos muestra cómo ha hecho del aro simple una parte de sí mismo.

El número de la rueda Cyr deleitó al público. El número de la rueda Cyr deleitó al público.

El número de la rueda Cyr deleitó al público. / Antonio Pizarro

Con toda nuestra admiración hacia ellos, no podemos dejar de echar de menos ese plus del que el Circo del Sol no debería prescindir. Y no hablamos de proyecciones ni de grandes medios tecnológicos, ni de tener que recurrir a directores famosos -Totem contó con la dirección de Robert Lepage-, sino de dramaturgia, de un hilo conductor que atrape al espectador en esas pequeñas historias de fantasía que quedan grabadas en nuestra memoria, como quedó el personaje de Valentina en el Quidam que vimos en el Pabellón de San Pablo en 2013. Claro que éste era un espectáculo creado en 1996, cuando el Circo no se había convertido aún en la productora teatral más grande del planeta.

Porque es enorme la evolución que está protagonizando el lenguaje del circo actualmente, especialmente en las escuelas francesas, para desplazar las proezas físicas hacia nuevos imaginarios. Y admirable el trabajo realizado últimamente por directores como Yoann Bourgeois o incluso Rachid Ouramdane con acróbatas y otros artistas circenses. Por ahora, nos quedamos con la incógnita de saber cómo serán los espectáculos que el Circo del Sol va a realizar en la década que acaba de comenzar y, sobre todo, cuándo llegarán a Sevilla.

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