Grecia para todos | Crítica Una sombra viva

  • El profesor Garcia Gual vuelve a abordar una verdad, tan evidente como olvidada, la deuda, el vínculo, la enorme actualidad de la Grecia clásica en nuestras vidas

El profesor Carlos García Gual, en su despacho El profesor Carlos García Gual, en su despacho

El profesor Carlos García Gual, en su despacho

 

El declive de las humanidades quizá nos impida ver, en su completa magnitud, la importancia y la necesidad su cultivo. De ahí que obras como ésta del maestro Carlos García Gual, una obra rigurosa, amena, de vocación pedagógica y aproximativa, posean el valor añadido de acercar a un vasto público, no ya una honesta curiosidad por cuestiones lejanas y acaso pintorescas, sino a materias cruciales y actualísimas, en las que todavía hoy -y de qué modo- nos debatimos. La pregunta pertinente, por tanto, no es "qué nos queda de Grecia", sino "qué somos, qué hemos sido, qué podríamos ser al margen del legado clásico".

A Grecia le debemos, como recuerda Gual, una forma política hoy en peligro: la democracia. Pero también el modo en que que concebimos el amor, la diversión, el mundo todo, que se organiza bajo un orden secreto (el cosmos), pero cuya arquitectura hemos ido desentrañando gracias a una forma de pensar, la forma filosófica y científica, nacida en la Hélade, y de la que seguimos dependiendo estrechamente.

También en lo que concierne a la poesía, a las artes plásticas, al teatro y a la historia, pues nadie ignora que el padre de esta última disciplina fue aquel extraordinario viajero, de inagotable curiosidad, que llevó por nombre Heródoto de Halicarnaso. Es decir, que a los griegos les debemos, no sólo un número considerable de disciplinas, de las que, al cabo, podemos usar a nuestro antojo; mucho más allá de eso, mucho más acá de este craso utilitarismo, a Grecia le debemos cuanto somos. O para decirlo con mayor precisión, el modo en que somos quienes somos.

Aby Warburg concibió el concepto de pathosformel para definir la perduración de unas formas expresivas, arcaicas e inmutables, que todavía prefiguran nuestros actos. Llevado a términos intelectuales, cabría decir que Grecia y Roma son las pathosformel que, todavía hoy, como sombras vivísimas, nos refrescan y nos nutren. De un modo radical, y en absoluto metafórico, el hombre contemporáneo, el afligido individuo posmoderno, ve el mar con los mismos ojos con que los vio Homero.

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