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Viaje por el embrollo sirio

  • Joseph Kessel retrató la Siria bajo dominio francés y plagada de conflictos y guerrillas intestinas; era 1926, pero sirve aún para explicar el desastre actual.

Cementerio del siglo XI en Bad Zgher, al sureste de Damasco, en 1940. Cementerio del siglo XI en Bad Zgher, al sureste de Damasco, en 1940.

Cementerio del siglo XI en Bad Zgher, al sureste de Damasco, en 1940. / Margaret Bourke-White

No, no se trata del actual embrollo sirio, de la sangrante y polimorfa guerra civil que sigue sufriendo aquel devastadísimo país. Se trata del embrollo del que ya se escribía en 1926 por medio del agudo reportero francés Joseph Kessel (1898-1979). En aquella hora, tras el fin de la Primera Guerra Mundial, Francia ejercía su Mandato neocolonial en Oriente, en concreto por tierras de Siria, Líbano y la Cilicia turca.

Desde la Conferencia de San Remo (abril de 1920), Inglaterra, Italia y Francia perfilaron un borrador para la voraz repartición del cadavérico Imperio otomano. El Tratado de Sèvres del 10 de agosto de este mismo año, firmado por el gobierno de Estambul en plena Guerra de Independencia contra griegos y nacionalistas turcos (no fue firmado, todo hay que decirlo, por el sultán Mehmet VI), fue el broche, la consagración de la bulimia territorial por parte de las altivas potencias europeas. Durante muchos años la sola mención de Sèvres para los turcos equivalía a citar a la mismísima bicha de Satán.

Kessel viajó a Siria bajo el Mandato galo. Por entonces, en 1926, el país se ilustraba en los mapas como una calcomanía dividida en cinco cantones (el Gran Líbano y los estados de los drusos, los alauitas, de Alepo y de Damasco). La antigua provincia otomana quedaba ahora cuarteada por estados cuasi federales. Kessel llegó a una visionaria conclusión. No existía país "más complejo, más difícil de gobernar, más turbulento por naturaleza que Siria". De hecho Francia no sabía bien qué hacer en 1926 bajo su vacilante Mandato. Hoy por hoy, visto lo visto en aquel sacrificado lar del mundo, ni que decir tiene que lo dicho por Kessel nos resulta algo más que aleccionador.

Conviene no olvidar que la derrota otomana en la Gran Guerra supuso un simple y grosero cambio de dueño en los vastos territorios donde otrora, durante siglos, había ondeado la estrella y la media luna turcas. Las citadas potencias europeas se abalanzaron sobre todos ellos. Pero ahora en 1926, coincidiendo en el tiempo con lo escrito por Kessel desde Siria, en la nueva Turquía de Mustafá Kemal Atatürk se imponían las severas reformas modernizadoras. Curiosamente, entre otros muchos avatares de aquel año, el propio Atatürk sufrió un atentado en Esmirna, mientras el desterrado sultán Mehmet VI moría arruinado en San Remo, acuciado por los acreedores (su ataúd fue confiscado por falta de pago de las pompas fúnebres).

En Siria viene a ser un estupendo reportaje viajero por la Siria del Mandato francés. Los franceses combaten a los insurgentes sirios, quienes luchan por la independencia o por una suerte de parecido. La fineza de Kessel en el aguafuerte del paisaje y el paisanaje nos recuerda a veces al estilo vivaz de nuestro Chaves Nogales o al del también preclaro Agustí Calvet Gaziel. Kessel viaja y conoce los adentros de Damasco, Alepo, la desértica Deir ez Zor, Palmira, Beirut.

De Damasco le sorprende el profuso vergel que abrocha a la ciudad. La fronda es aprovechada como refugio de insurgentes, contra quienes combaten unidades de cherqueses, originarios del Cáucaso y a quienes Francia, al igual que a la Legión Extranjera, paga sus estipendios como mercenaria soldadesca. A bordo del aeroplano que bombardeará Suedia, capital de los irredentos drusos, Kessel describe con belleza lo que de Damasco se observa a vista de pájaro (de nuevo nos acordamos en este punto del relato de Chaves Nogales La vuelta a Europa en avión).

Otras veces Kessel nos describe los fantasmales, malolientes y perdularios recodos de la ciudad subterránea que se asienta en el umbrío corazón de Beirut. Pero también, como queda dicho, se nos hacen estupendos retratos humanos, como los dedicados a los integrantes de la Legión Extranjera o al inefable capitán Colet, cabeza militar de los cherqueses.

El volumen se completa con un cuadernillo de fotografías que, a modo de postalario, muestra cómo era Siria en 1940, recién iniciada ya la otra ópera funesta de la Segunda Guerra Mundial. Las fotografías, enviadas a la revista Life, fueron realizadas por la fotógrafa Margaret Bourke-White. Catorce años después de la visita de Joseph Kessel, en Siria aún quedaba una variopinta remesa de 150.000 hombres integrantes de la Legión Extranjera Francesa. Al contrario de lo que sucedía en la metrópoli, aplastada por la bota nazi, en las vastas soledades de Siria permanecía esta poderosa Babel a modo de increíble guarnición (marroquíes, argelinos, tunecinos, zaínos senegaleses, anamitas, malgaches de Magadascar, libaneses, sirios, beduinos a camello, etcétera). A algunos de ellos, como un solo daguerrotipo, los había dibujado ya Joseph Kessel en 1926.

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