De libros

La bofetada del diablo

  • Periférica publica el primer título de Velibor Colic, aparecido originalmente en 1994 en Francia y en el que da cuenta sin tapujos de su aterradora experiencia en la Guerra de los Balcanes.

Los bosnios. Velibor Colic. Trad. Laura Salas Rodríguez. Periférica. Cáceres, 2013. 128 páginas. 16 euros.

Velibor Colic nació en 1964 en la ciudad bosnia de Modrica. Cuando estalló la Guerra de los Balcanes fue alistado en el ejército bosnio, donde luchó contra los serbios que habitaban la misma urbe. En mayo de 1992 desertó y fue hecho prisionero, pero, milagrosamente, logró escapar. En su huida llegó hasta Francia, donde reside actualmente. Durante la guerra su casa fue reducida a cenizas con sus manuscritos dentro, pero Colic tiró de memoria hasta completar Los bosnios, el libro que publicó en 1994 el sello francés Le Serpent à Plumes y que ahora, casi veinte años después, presenta por primera vez en español Periférica. Aunque Colic escribió el volumen en su lengua natal, el mismo autor decidió que la versión que ahora llega a nuestro país se tradujera de la edición francesa, titulada Les bosniaques. Y conviene advertir ya que no se trata de una lectura fácil; quien espere encontrar aquí los reportajes descriptivos al uso sobre la contienda, mejor cambie de idea cuanto antes o acuda a otros de los muchísimos títulos que se han dedicado a la guerra más cruel del último medio siglo. Los bosnios es un testimonio descrito sin tapujos por parte de quien empuña un arma. Todo en estas páginas es horrible, incluso el humor que destilan a veces. Pero lo que inunda el corazón de un desasosiego que sólo acierta a resolverse en lágrimas es el tono, aséptico y fiel, de quien esgrime sus razones para preferir la muerte a una guerra en la que ardió todo atisbo de inocencia.

Los bosnios es un ejercicio memorialístico articulado a través de fragmentos breves que Colic alterna con oraciones fúnebres y en los que da cuenta de los muertos que es capaz de recordar, con sus nombres y a veces apellidos o apodos. La sensación es similar a la del caminante que pasea por un cementerio y se detiene a leer la información de las lápidas. El libro se divide en tres partes, y la primera, Hombres, es la más extensa y también la más cruel. Ésta se divide a su vez en otras tres secuencias, Musulmanes, Serbios y Croatas, todos en realidad vecinos de Modrica, enfrentados hasta la tortura y la muerte más agónica, los mismos que hasta poco antes habían compartido calles, bares, fiestas, rutinas y confidencias. Cada breve historia, cada pildorazo, ejerce el poder de una bofetada escupida por algún diablo empeñado en hacer ver al incauto lector que sí, que el ser humano es capaz de semejante aberración. Todo lo que uno creía saber sobre la Guerra de los Balcanes queda ahora bañado por una luz nueva, dolorosa pero necesaria. Uno de los pocos personajes anónimos que comparecen en la obra protagoniza estas líneas: "Ante una de las escasas casas musulmanas del barrio serbio de Modrica descubrieron, en una mezcladora de cemento, el cadáver machacado de una niñita de nueve años, desnuda. Desde el principio de la guerra no había electricidad en Modrica, por tanto debían de haber hecho girar la mezcladora a mano". Adem, el primer hombre, abre el desfile: "En su tierna infancia, Adem había sufrido el ataque de unas ocas que le habían dañado la columna vertebral. Desde entonces, no era más que un hombre a medias. Caminaba como el filo de una hoz (...) Unos días más tarde, resultó que pasamos por los barrios de la pequeña ciudad, destruida por entero. Alguien tuvo la idea de ir a echar un vistazo a la casucha de adobe que, como de milagro, había permanecido intacta. Nos asaltó un terrible hedor dulzón. Por primera vez en su vida, Adem estaba erguido. Estaba de pie contra la pared de su casa natal, empalado en una estaca. Le habían roto la columna vertebral para enderezarla".

Pocos libros responden a lo que Nietzsche llamó el placer de lo trágico con la contundencia de Los bosnios. La sucesión de crímenes excita aquí un sentimiento casi de dependencia respecto a lo que se está contando, por más que la repulsa invite a menudo a cerrar el libro para tomar oxígeno. El conjunto es de una belleza extraña e indescriptible. Hay episodios altamente conmovedores, como el del padre de familia serbio por quien Colic tomó la decisión de desertar. El humor se cuela por rendijas inesperadas y no menos escalofriantes, como en la historia del borracho bosnio que llegó hasta las posiciones serbias montado en bici, dio la vuelta sano y salvo y al día siguiente, cuando fue consciente de lo que había hecho, perdió el conocimiento presa del pánico. En Ciudades, el autor aporta su personal mapa de la antigua Yugoslavia repleta de humaredas, chatarra, tanques empotrados en las aceras y cadáveres regados por todas partes, mientras que la sección llamada Alambradas se hace carismáticamente femenina, y tal vez por ello menos soportable. Colic, que después de Los bosnios publicó en Francia otros libros como Mother funker (2001) y Sarajevo Omnibus (Gallimard, 2012), concluye su obra con una carta a un amigo perdido: "No hay nada glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea de un bando o de otro". El infierno hecho siglo.

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