Duelo de alfiles | Crítica

Poesía de la inteligencia

  • Entre el ensayo, el libro de viajes y la colección de semblanzas, la nueva entrega de Vicente Valero propone un acercamiento a las figuras de Nietzsche, Rilke, Kafka, Benjamin y Brecht

El poeta y narrador Vicente Valero (Ibiza, 1963). El poeta y narrador Vicente Valero (Ibiza, 1963).

El poeta y narrador Vicente Valero (Ibiza, 1963). / D. S.

La obra en prosa de Vicente Valero, que empezó siendo ensayística, dio un vuelco hacia una dirección más narrativa a partir de Los extraños, pero dejando al margen su novela Las transiciones no ha dejado de rondar los mismos temas -y en algunos casos los escenarios y los autores predilectos- sobre los que el poeta viene reflexionando desde antiguo. Su nueva entrega, Duelo de alfiles, vuelve sobre la figura de Benjamin a quien Valero, editor de su correspondencia ibicenca, ya se acercó en Viajeros contemporáneos o en el reeditado Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza, pero lo hace relacionándola con la de otros escritores fundamentales de entre siglos -Nietzsche, Rilke, Kafka, Brecht- y de un modo que combina los apuntes de viaje y la aproximación biográfica ya ensayada en las conmovedoras semblanzas -Juan de la Cruz, Hölderlin, Pessoa- incluidas en El arte de la fuga. Los títulos citados tienen registros muy distintos, pero comparten el carácter híbrido, una discreta presencia del narrador -que comparece sin mostrarse del todo- y un tono que corresponde al de un autor en plena madurez, capaz de imprimir a cualquier página un sello propio que en el caso de Valero tiene mucho que ver con la excepcional calidad de su escritura.

Las cuatro historias que forman parte de Duelo de alfiles se plantean como sendos viajes sin un rumbo prefijado y tienen el ajedrez como nexo o vínculo de unión, en tanto que motivo recurrente pero también en un sentido más amplio que sugiere el complejo trazado de los destinos individuales -especialmente azarosos cuando se habla de ciertos "artistas nómadas"- y asimismo la disposición, por parte del creador enfrentado a su obra, de las piezas sobre el tablero. La creación es de hecho, y el propio libro ejemplifica la búsqueda, otro de los elementos que cohesionan el conjunto, enlazado además por una serie de confluencias -"pasos, libros, sueños, cartas, deseos, cuadros, augurios, temores"- y por guiños formales como la reiteración de la frase que aparece en todos los relatos a manera de ritornello: "Como afirman los grandes maestros del ajedrez, hasta dónde te puede llevar una partida siempre es un misterio". Hacia el final, el narrador, refiriéndose a la diferencia entre quienes juegan las partidas y los que las analizan en la otra sala, afirmará que "lo único que cuenta es el instante en que cada jugador mueve su ficha por primera y única vez entre infinitas variantes desconocidas" y definirá ese misterioso designio como la "poesía de la inteligencia".

Bertolt Brecht y Walter Benjamin jugando al ajedrez en el verano de 1934. Bertolt Brecht y Walter Benjamin jugando al ajedrez en el verano de 1934.

Bertolt Brecht y Walter Benjamin jugando al ajedrez en el verano de 1934.

La primera de las historias lleva al "lector viajero" al remoto septentrión, cerca del estrecho entre Suecia y Dinamarca, acogido por su amigo el pintor Jorge Castillo. De allí se desplaza a Svendorg, al sur de la isla danesa de Fionia, donde el exiliado Brecht fue fotografiado -en el verano de 1934- mientras jugaba una partida de ajedrez con Benjamin, poco tiempo después de que este último dejara Ibiza. La segunda recrea un viaje, también improvisado, a Turín, en el que el narrador encuentra una placa -erigida en el último año de la era fascista- que recuerda la presencia de Nietzsche en la ciudad, donde el filósofo que decía dirigirse a la humanidad futura escribió, antes de enloquecer definitivamente, su impresionante obra postrera, Ecce Homo. El tercero de los viajes, emprendido en calidad de poeta gracias a una invitación de la Universidad de Augsburgo, ciudad natal de Brecht, lo lleva a Munich donde el visitante evoca la lectura que hizo Kafka -en 1916, hacia el ecuador de la Gran Guerra- de su mórbida novela corta En la colonia penitenciaria, programada por una galería de arte moderno que dejó a los asistentes horrorizados. El último sitúa al viajero en Suiza, con una acreditación que le permite asistir al Zurich Chess Challenge, famoso certamen en el que se baten ajedrecistas de prestigio internacional. Aprovechando un día de descanso, el narrador acude al cercano pueblo de Berg am Irchel, donde el solitario Rilke, retirado del mundo, intentó en vano concluir sus célebres Elegías de Duino. Así enunciados, los cuatro desplazamientos no parece que guarden demasiada relación, pero en el relato de Valero se presentan unidos por un denso entramado culturalista que no excluye los retratos del natural ni la descripción precisa de las rutas.

Hay un viajero real, pero el mapa que recorre es el de la literatura y el pensamiento de un tiempo convulso

Desde el comienzo identificamos al narrador, cuando habla del tablero portátil de su tío ajedrecista -una "herencia sentimental"- que aparecía en Los extraños y también en Las transiciones o confiesa su obsesión adolescente por el juego, compartida por algunos de los singulares personajes con los que se cruza en sus peregrinaciones -eso acaban siendo- por el imaginario centroeuropeo de las primeras décadas del siglo. Hay un viajero real que desayuna, se baña, pasea, conduce o entabla conversaciones, pero el verdadero mapa que recorre es el de la literatura y el pensamiento de un tiempo convulso en el que la labor de demolición pregonada por Nietzsche y su radical e imprecisa idea del hombre nuevo -pervertida por los ideólogos- asumieron formas fecundas y renovadoras o abiertamente calamitosas. La crueldad y el absurdo de un Kafka visionario, el arte expresionista, el dadaísmo y las vanguardias, la distopía de los Estados totalitarios, los desastres de la guerra y los sinsabores del exilio, el desamparo derivado de una visión desacralizada del mundo, confluyen en un discurso que aspira a reflejar el espíritu de toda una época a partir de una serie de coincidencias temáticas, espaciales o temporales. Sobre ellas sobrevuela la afirmación del profeta que filosofaba a martillazos, perfecto emblema de la marginalidad del artista: "crear es destruir para construir a ciegas, entre las ruinas, un yo diferente, único, que sólo puede ser también un yo solitario".

Duelo de alfiles es un libro de viajes estructurado sobre la memoria de otros viajes, que persigue el rastro de presencias fantasmales y busca no tanto la descripción del presente como la evocación de un pasado que está también o sobre todo en los libros. Es de esa memoria cultural, que incluye los tanteos y las dudas, los fracasos y las errancias, de lo que trata Valero, cuya profunda familiaridad con las figuras convocadas le permite retratarlas a través de episodios parciales o si se quiere menores, pero significativos y definitorios. A través de ellos el autor, desde la periferia insular, afirma su pertenencia -que es la nuestra, en tanto que lectores de esos mismos autores fundacionales- a la gran tradición europea contemporánea.

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