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El embrujo del tigre | Crítica

La forma equivocada

  • Este ensayo, obra de la naturalista Sy Montgomery, se ocupa de los tigres 'comehombres' de Bangladesh, y del carácter religioso que dicha amenaza ha adquirido entre la población autóctona

Resulta inevitable, ante esta obra de la naturalista Sy Montgomery, recordar la fascinación que Borges y Blake, que Chesterton y Kipling, que un desdichado Salgari, sintieron por el tigre. Pero no sólo por una vaga concurrencia temática -el tigre y su voracidad legendaria-, sino porque, en buena medida, es una misma atracción por lo oriental, tan presente en la literatura del XIX y aún del XX, la que quizá impulsa las presentes páginas.

En puridad, lo que se relata en El embrujo del tigre es de una extraña sencillez: en una zona pantanosa de Bangladesh, lindera con la India, hay una población de tigres que devora, con llamativa frecuencia, a los lugareños. Los lugareños, por su parte, guardan un respeto religioso al tigre, al cual se consideran una forma de divinidad. Es este pliegue ecológico y espiritual, su tenue aroma sacro, el que Montgomery quiere destacar, y no tanto la anomalía que impulsa a estos felinos metidos a gourmets. De ahí que, al leer estas páginas, uno recuerde más la naturaleza bárbara y sigilosa de El corazón de las tienieblas, o la India abismática, la India especulativa y espectral de Eliade en Medianoche en Serampor, que el sólido positivismo, trufado de aventura, de Salgari y Verne. Como es lógico, con este asomo de antropologismo Monrgomery quiere señalar el viejo vínculo del animal y el hombre, hoy roto por la civilidad urbana. Pero también cierto halo misterioso, cierto residuo milenario, que nos aproxima al Chesterton que deplora las forma curva de las dagas -La forma equivocada-, por cuanto en ella se revela la tortuosa maldad del Oriente.

En puridad, lo que se relata en El embrujo del tigre es de una extraña sencillez: en una zona pantanosa de Bangladesh, lindera con la India, hay una población de tigres que devora, con llamativa frecuencia, a los lugareños

En última instancia, cabría decir que este homenaje a los felinos es también una vindicación borgiana. En Los tigres azules es un breve montón piedras, imposibles de enumerar, las que producen el vértigo y la locura en los hombres. Los tigres azules serían, así, como estos tigres de Montgómery: una parte profunda e inaveriguable de la realidad, en la que el mundo descansa de lo cotidiano y se asoma a lo inefable.

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