Operación Masacre | Crítica

Una formulación de la verdad

  • En esta obra de Walsh, vertiginosamente escrita, nos encontramos con un episodio de terror de Estado en la Argentina de 1956, durante el régimen del general Aramburu, tras la caída del general Perón en el año 55

Rodolfo Walsh. 1927-1977 Rodolfo Walsh. 1927-1977

Rodolfo Walsh. 1927-1977

Hay una línea de la literatura argentina, una línea que iría, por ejemplo, de Lugones a Borges, y de Roberto Arlt a Juan José Saer, en la que el idioma muestra una fuerte vocación de exactitud, estrechamente vinculada al misterio, y en el que la arboladura científica va en función, o comparte objetivos, con un tenue panteísmo modernista, que no excluye -que más bien convoca- el hemisferio de lo fantástico.

En este sentido, sería fácil vincular la escritura de Borges con la abundosa erudición de Marcel Schowb, y el modo especulativo, vale decir artístico, con que se manifiesta en su obra. También con un tenue platonismo que nutre de irrealidad lo cotidiano, y que no hace sino perimetrar el territorio, la existencia misma, del enigma. Todo esto, como es obvio, tributa al género policial, modernamente habilitado por Poe, y que cabría definir como una forma de extrañar, de misterizar, la realidad mostrenca. No ocurre así, o no sólo, con esta obra de Walsh, donde la tarea del periodista viene robustecida por su valía literaria.

Se ha vinculado, y con razón, esta obra de Walsh con la posterior A sangre fría de Capote. Ambas son piezas literarias excepcionales; y ambas son, de igual modo, ejercicios periodísticos donde se barajan los hechos hasta otorgarles una secuencia lógica

. Ambos libros son, por otra parte, una dramatización que conduce, que quiere conducir a una mejor inteligencia de lo ocurrido. En el caso de Capote, dicha dramatización va dirigida a una rehumanización del criminal, que se muestra ante lector en su atribulada y violenta humanidad.

En el caso de Walsh, el drama va dirigido a patentizar el interior de un organismo extraño y humanísimo: el Estado en sus funciones de tiranía arbitraria. En razón de esto, el paralelo más obvio de esta Operación Masacre de Walsh es, no tanto el nuevo periodismo norteamericano (que no deja de ser una versión del gran reporterismo de entreguerras), cuanto el escrupuloso informe parlamentario de Sciascia que conformará, tiempo después, El caso Moro. No se trata, por tanto, de desentrañar los procesos psicológicos, las fallas sociales, el infortunio familiar o las mermas de carácter que conducen a un hombre al crimen.

Se trata, de un modo más preciso, de concebir los mecanismos por los que el poder se extiende y madreporiza, a través del terror, para conformar una situación estable. En esta ocasión, los sucesos se ciñen a la dictadura del general Aramburu -dictadura que apeó del poder al general Perón en septiembre del 55-, y que se conoció con el nombre de la Revolución Libertadora. Y en concreto, a los fusilamientos ocurridos en la noche del 10 de junio de 1956, mientras se abortaba un breve alzamiento peronista.

Una vez que Walsh tiene noticia de la existencia de supervivientes, comienza una paciente labor de información, fruto de la cual son las presentes páginas. Páginas donde al atropello, la arbitrariedad y el crimen, se suman el perplejo heroísmo de las víctimas y la pesada maquinaria del régimen. En puridad, la intención última de Walsh es contraria al objetivo de Capote.

Si en Capote nos encontramos con una exploración anímica del criminal, si nos hallamos ante un viaje a la intimidad del crimen, en Walsh esta forma de simpatía no existe. Muy al contrario, la naturaleza política de esta Operación Masacre muestra un proceso de objetivación donde el asesinato es sólo un medio, objetivo y directo, de obtener un fin: el ejercicio del poder sin el freno de la judicatura. Ésa es también, como decíamos, la voluntad de Sciascia, cuando en Todo modo, o en el mencionado El caso Moro, se pone de manifiesto una estructura social, una trama de intereses, donde el hombre se revela, incluso el más conspicuo y eminente, como un obstáculo irrisiorio.

El propio fin de Walsh no deja de ser un ejemplo de lo que decimos: en marzo de 1977 Rodolfo Walsh desapareció por obra de la Junta Militar argentina. Tras un breve tiroteo, fue introducido en un coche, todavía vivo, y luego su rastro se pierde para siempre. Con ese mismo material está construida esta Operación Masacre. De la fragilidad de los testimonios, de la incongruencia de los testigos, emerge, sin embargo, un mecano irreprochable donde el terror esplende.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios