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Una historia visual

  • El francés Michel Pastoureau repasa el pasado y el presente de los colores en un libro soberbio que se mueve entre el ensayo y los recuerdos personales.

El historiador Michel Pastoureau, nacido en París en 1947. El historiador Michel Pastoureau, nacido en París en 1947.

El historiador Michel Pastoureau, nacido en París en 1947. / d. s.

Un título más apropiado para estas líneas quizá fuera el de Una historia de lo visual; pero tal título tampoco acabaría de ceñir, en su total arboladura, el vasto problema que plantea Pastoreau, y que no es otro que la inadvertencia del color: del color como hecho cultural, como atributo de significados o como simple moda, en la historiografía moderna. A tal efecto, Pastoureau incluye aquí una anécdota que expresa bien esta secular ceguera, que afecta a todos los órdenes de nuestra existencia. Cuenta Pastoureau que cuando asesoró a Jean-Jacques Annaud en el rodaje de El nombre de la rosa (una asesoría capitaneada por el gran historiador Jacques Le Goff), se les olvidó mencionar que los cerdos, los cerdos del siglo XIV, no eran los grandes puercos rosáceos que hoy imaginamos, sino unos cerdos negruzcos y moteados, que tardarían muchos siglos en blanquearse hasta adquirir ese tono que aquí denominamos de York.

Con lo cual, este dato, un dato que acaso pudiera parecer pueril o irrelevante, es sin embargo necesario para establecer un riguroso saber histórico y una correcta prelación de hechos. Y es a través de este preguntarse sobre el color de las cosas, y por el motivo de tal coloración, como Pastoureau ha abierto un extraordinario campo de investigación, que viene a añadirse a esa gran heredad que habían abierto Le Goff, Delumeau o Ginzburg, y que eluden la mera cronología para adentrarse en otros temas hasta entonces ignorados: Le Goff, en el imaginario del medievo; Delumeau, en el miedo y su evolución histórica; Ginzburg, en el componente irracional que prefigura la racionalidad del hombre moderno. En este sentido, debemos decir que Pastoureau, si bien no es deudor directo de ellos, sí acude a una forma de ver la Historia (lo historificable), que se vincula estrechamente a los autores mencionados. Pero no sólo a ellos. El Pastoureau que firma una Historia simbólica de la Edad Media occidental debe ponerse en relación con historiadores como Aby Warburg, Erwin Panofsky, Frizt Saxl y cuantos indagaron en el contenido simbólico del arte, ya en el siglo XX. También cabría señalar, a este respecto, que André Chastel le prestará una particular atención a los materiales y a la propia ejecución de la obra de arte (también Wittkower), que en absoluto es común en dicha disciplina.

Quiere decirse, pues, que Pastoureau no opera sobre vacío. Lo cual no obsta para que el relieve y la originalidad de sus indagaciones nos resulten obvios. Pastoureau se incluye así en algo parecido a una Historia material del mundo en la que el historiador no quiere saber sólo de los procesos económicos, sociales, culturales, etcétera, que afectan a una determinada situación (recordemos aquí las investigaciones culturales de Bajtin y de Burke; o la Historia social de la literatura y el arte de Hauser), sino del modo inmediato, del proceso corporal y anímico, mediante el cual el hombre del pasado se relacionó con el mundo. Esta evidencia, que ya había señalado Pascal con su alusión a la nariz de Cleopatra, es la que, hasta época reciente, había permanecido ciega al saber reglamentado y a la curiosidad erudita. En ese sentido, su Breve historia de los colores, escrita en colaboración con Dominique Simonnet, o su Azul, historia de un color, no hacen sino desbloquear esta ignorancia involuntaria que nos impedía considerar el color en sus propios términos; vale decir, en los términos y con los significados que cada época le quiso atribuir a los colores del mundo. Recordemos aquí que el azul, color de la discreción y la eficacia, fue hace veinte siglos el color de los bárbaros. Y señalemos también que el verde ecológico ("Piensa en verde") que hoy nos pacifica y adoctrina, fue antaño el color de la inquietud, cuando no de la jauría extraterrestre y la toxicidad atómica. En esta obra que hoy glosamos, un punto menos doctoral que las anteriores, Pastoureau ha querido mezclar sus recuerdos personales con la deriva histórica de los colores. El resultado, en cualquier caso, es excelente. Y no cabe definir a este rotundo parisino sino como a un moderno descubridor, que que ha llevado su inteligencia, y a nosotros con él, a terra incognita.

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