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Isabel Bono | Escritora "Si un escritor es incapaz de dar total libertad a sus personajes, que no escriba"

  • La autora malagueña, dueña de una larga trayectoria poética y ganadora del Premio Café Gijón por su primera novela, 'Una casa en Bleturge', publica ahora la segunda, 'Diario del asco'

La escritora Isabel Bono (Málaga, 1964). La escritora Isabel Bono (Málaga, 1964).

La escritora Isabel Bono (Málaga, 1964). / Editorial Tusquets

La concesión del Premio Café Gijón de Novela por Una casa en Bleturge en 2017 podía hacer sospechar que la trayectoria de Isabel Bono (Málaga, 1964) registraba su particular punto y aparte. Pero nada más lejos de la realidad: la esencia cruda, descarnada y directa de poemarios implacables como Los días felices y Lo seco seguía intacta en una prosa que no dejaba ser, estrictamente, poesía. Ahora, Bono publica su segunda novela, Diario del asco (Tusquets), una historia de amistad, amor y suicidio entre un hombre fracasado y una adolescente enigmática cuya escritura ha prolongado su autora durante más de dos décadas.

–De alguna forma, el protagonista del Diario del asco es el lenguaje. Al menos, la posibilidad de nombrar ciertas experiencias propias de la tragedia para las que no parece haber palabras. Sin embargo, si a menudo los escritores que optan por el monólogo interior emplean un lenguaje barroco, cuando no experimental, el suyo es directo, coloquial. ¿Puede decirse lo más hondo de forma sencilla?

–Yo escribo, en un principio, para mí. No pienso en posibles lectores, al menos al comienzo. Y entonces procuro escribir tal y como soy, tal y como hablo. Luego, cuando llegan las revisiones y la presencia del lector se va acercando, procuro dejarlo todo escrito de la forma más clara posible para decir lo que quiero decir con la mayor claridad. Así que evito dar vueltas, y sobre todo los eufemismos, que detesto especialmente. Me gusta escribir palabras como muerte, viejo, manicomio, lejos de la corrección política que ha infantilizado el lenguaje y a la misma sociedad. Prefiero hablar y escribir claro. Cuando comencé a escribir prosa después de muchos años dedicada a la poesía pensé, erróneamente, que aquello iba a consistir en escribir literatura. Pero no tardé en comprender que se trata más bien de escribir como hablo. Eso sí, en ese proceso hay una parte más disciplinada, aunque intuitiva, y otra absolutamente inconsciente.

–¿Es la literatura el último refugio contra esa corrección?

–Sí, ya lo creo. Vivimos tiempos demenciales en los que alguien puede acabar en la cárcel por contar un chiste de mal gusto. Por lo mismo, alguien podría pedir que me metieran a mí en la cárcel por matar en mi novela a una niña de 18 años. Yo parto de la premisa, siempre, de que los personajes son libres para hacer y decir lo que les dé la gana. Siempre. ¿Cómo vamos a someter a los personajes a la corrección política? Eso es terrible. Si eso se impusiera, terminaríamos no sólo con la literatura, sino con el ser humano.

–Eso me recuerda a la polémica que estalló el año pasado respecto a Lolita, la novela de Nabokov. ¿Hay tal vez demasiada confusión en torno a la ficción y lo que no lo es?

–Mira, te lo diré claro: la ficción es ficción. Y si no eres capaz de distinguirla de lo que no es ficción, eres tonto. ¿Quién es capaz de introducir criterios de corrección política en la ficción? ¡La literatura nunca es políticamente correcta! No puede serlo, nunca, en ningún género ni en ninguna circunstancia. Cualquier obra literaria es, por definición, políticamente incorrecta. Si no, no es literatura. Eso que comentas sobre Lolita comenzó hace ya bastantes años con los cuentos de hadas, cuando algunos dijeron que los enanitos de Blancanieves no podían ser enanitos porque alguien podía sentirse ofendido. Insisto, los personajes tienen que ser completamente libres. Siempre y sin excepción. Si un escritor no es capaz de dar esa libertad radical a sus personajes, por favor, que deje de escribir.

–¿La poesía y la narrativa son en usted dos oficios distintos, o forman parte de lo mismo?

–Es lo mismo. Pero te confieso que, como escritora, soy una inconsciente. Hace ya mucho tiempo que decidí dejar de preguntarme sobre lo que estoy escribiendo. Lo de la narrativa vino porque, en un momento dado, advertí que mis poemas contaban pequeñas historias y decidí tirar de ese hilo, así que terminé decidida a escribir prosa. Al principio puse todo mi empeño en que no se me colara la poesía, hasta que me harté y me dije: pues si se tiene que colar, que se cuele. No pasa nada. Cuando escribo, vuelco todo lo que se me ocurre en el papel y luego quito lo que sobra. Eso es todo. Me da igual que sea poesía o narrativa.

–Lo cierto es que la novela se articula en párrafos breves que pueden leerse como poemas.

–Si lo piensas así me parece perfecto. No lo evito de ninguna manera. Esta novela ha pasado por muchas fases desde que tomé las primeras notas allá por 1997 y desde entonces ha seguido una deriva absoluta. Ha sido muchas cosas hasta el resultado final, así que si puede leerse como un libro de poemas, pues genial. En algún momento lo habrá sido. Eso sí, la escritura en fragmentos breves tiene más que ver con que soy una inválida para la prosa y no sé escribir párrafos más largos. No sé cómo se hace, no se me da bien. Supongo que cuando haya escrito diez novelas ya habré aprendido.

–¿Comparte la idea de que sus personajes quedan más y mejor definidos por lo que callan que por lo que dicen?

–Sí, y por lo que no hacen. Y por lo que dicen y no dicen unos de otros. En eso me parecía fundamental que los personajes parecieran reales. Así, evito las descripciones esmeradas, en parte porque no me gustan pero también porque quiero que el lector se haga una idea de los personajes a partir de lo que ellos cuentan de sí mismos. Y también, como dices, de lo que se callan, de lo que ocultan. Si tú tuvieras que hablar de mí, seguramente harías una descripción más completa de la que haría yo misma. Incluirías rasgos que yo pasaría por alto. Pues bien, quiero que con mis personajes suceda exactamente lo mismo.

–Su Diario del asco aborda el suicidio de manera trágica pero a la vez con cierta luz. ¿Comparte la idea de Beckett de que una vida sin sentido puede ser hermosa?

–Sí, o como aquella que escribió Camus: si bastara con vivir. Pero vivir no basta, continuamente lo llenamos todo con cacharritos y redes sociales. La información que recibimos nos hace sentir libres, pero es mentira, todo nos llega sesgado. Es curioso porque algunos consideran que he escrito una novela nihilista, que es un sambenito que también le colgaron a Beckett. Pero hablamos de un escritor que dijo: Lo único que lamento de la muerte es no poder disfrutarla. ¿Se puede ser menos nihilista que Beckett? ¿Es posible que haya un sí más grande que el suyo? Sus personajes no quieren vivir con pasión, pero eso no significa que no quieran vivir. En cuanto a mí, bueno, yo no soy nihilista. Pero si me muero, pues no pasa nada. Habré disfrutado hasta el último momento. Eso sí, reivindico el derecho a hacer lo que queramos con nuestra muerte, igual que con nuestra vida. Justo de esto trata el Diario del asco. Y a lo mejor por eso la consideran nihilista.

–Los personajes de Beckett tienen motivos para suicidarse pero no lo hacen. En los suyos, esta opción atraviesa la historia.

–Porque considero importante que hablemos del suicidio. Si mi novela aporta un grano de arena a un debate sosegado y racional sobre este asunto, entonces podré darme por satisfecha. Y te diría lo mismo de la eutanasia. Es tremenda la cantidad de gente que se quita la vida cada año. Y hay soluciones para evitarlo. Lo que no hay son medios. Pero lo peor es el absoluto silencio que sigue reinando sobre este asunto. Creo que la solución pasaría por poder hablar de todo esto con naturalidad. ¿Sabes?, no te ocultaré que hay algo bonito en escribir sobre el suicidio.

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