Los lugares y el polvo | Crítica Vigilia y polvo del tiempo

  • Roberto Peregalli entona en este ensayo sobre la melancolía un bellísimo canto a la estética íntima y a lealtad a la lentitud de antaño

Fotografía de Roberto Peregalli de un templo en la ciudad japonesa de Kioto. Fotografía de Roberto Peregalli de un templo en la ciudad japonesa de Kioto.

Fotografía de Roberto Peregalli de un templo en la ciudad japonesa de Kioto. / D. S.

Bien mirado, desde el árbol del conocimiento del Génesis hasta el fuego de azufre que habrá de consumirnos algún día, el hombre, todo hombre mortal, siempre ha sido y será carne y vigilia del tiempo. "El tiempo es nuestra carne –dice Roberto Peregalli–. Estamos hechos de tiempo. Somos el tiempo. Es una curva inexorable que condiciona cada gesto de nuestra vida, incluida la muerte".

Hay lugares, cosas, objetos sobre los que se deposita el polvo a imagen y semejanza del hombre. Es el mismo polvo del que estaba hecho Adán; el mismo que recubre y protege los lugares y las cosas, como una regalía y no como una triste consunción. "Todo se degrada, se consume y se arruina. Pero la ruina tiene un encanto deslumbrante". Nos topamos con una fachada ruinosa, con una estancia decrépita pero diáfana, con un descampado o con un charco en el asfalto en el que se aprecian las iridiscencias del gasoil. Son lugares melancólicos, estampas para un futuro fuera de plazo.

Roberto Peregalli ha escrito un libro sobre la melancolía y su viaje curvo sobre el tiempo y el espacio. La sangre del tiempo se deposita sobre un lugar y adquiere una extraña cualidad, entre la poesía del agua y el tacto de las eméritas piedras. La nostalgia es un estado acuoso del alma; pero una casona de campo, un parque al atardecer, unas ruinas o el tetris de unos rascacielos lejanos van creando no sólo un cuadro exterior, sino un nido interior, que nos da abrigo y alimento. La nostalgia se vuelve sólida o corpórea, hermoseada por la herida, como las ruinas de una vieja fábrica abandonada.

El polvo del tiempo, como la pátina en su más hondo significado, no indica la vejez mortuoria de las cosas ni de ciertos lugares. Es más bien como una secreción de nobleza y eternidad. El hombre contemplativo sabe apreciar la fatiga alrededor, en parte porque es su reflejo y su arcada le provoca una alegría infeliz. Decía Antonio Tabucchi en Viajes y otros viajes que hay lugares que son topónimos de la memoria y la imaginación. Somos el lugar que contemplamos. La responsabilidad no es del lugar, sino de nosotros mismos, no importa si estamos animosos o mohínos, eufóricos o disfóricos.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

La duplicidad del ánimo entre el hombre y el entorno se halla en este ejercicio de estética, de arquitectura comparada y filosofía de la lentitud que nos ofrece Roberto Peregalli. Decía Aldo Rossi que cuando un edificio se derrumba alcanza su significado. Peregalli interpreta ese significado antes de que la eclosión nos alcance. Sugiere que la propia intemperie llega a ser el cobijo de muchos lugares expuestos al drama: la lluvia, el viento o el sol son la propia vida de un lugar. En las ventanas hay que saber descifrar su arcano. La ventana es la mirada de una casa. Y el hechizo de una ventana iluminada al anochecer es el misterio de nuestra propia conciencia. El lector avisado hallará similitudes con Elogio de la sombra de Tanizaki (el autor lo cita de hecho). La belleza de la luz es la ética de su gradación. No tiene comparación el prodigioso juego de la sombra en la luz con el derroche lumínico de tantas estancias que no hace sino provocar la igualación en todo lugar, sea éste pequeño o espacioso (igual ocurre con el blanco, del que hoy se sacrifica su vejez, su rugosidad, por un blanco intenso y cegador que ha dejado de ser "el perfume de todos los colores").

Los lugares y el polvo, por tanto, viene a ser un discurso de estética íntima y de lealtad a la lentitud de antaño. Peregalli podría parecernos un retrógrado, que critica la velocidad, la ansiedad que trastoca el diorama de las urbes que recrecen sin ton ni son o que se profanan a sí mismas alterando sus formas. El gigantismo, igual que la arquitectura del espectáculo, es el reflejo de la envanecida querencia que invade al hombre en su afán por domeñar el entorno. Muchos museos han olvidado ser depósitos del tiempo (depósitos de polvo) y han caído en la juguetería para volverse más atractivos para el turismo (véase la pirámide acristalada de acceso al Louvre). Pero no todo es elogio de la regresión en Peregalli. El Guggenheim de Bilbao "parece, en su brillante brutalidad, una celebración de sí mismo en armonía disonante con el lugar".

Como se ha dicho ya, la pátina auténtica nos lleva a redescubrir el fulgor de la memoria sobre una pared desleída o sobre una escalera cuya baranda muestra las estrías y calvas de su vieja pintura. Menos es más, cierto es. La simplicidad puede llegar a ser incluso el único y más valioso ornato, como ocurre en la casa del campo real de Katsura, en Japón, tan admirada por Le Corbusier y Wright. O bien puede invitar del exterior al interior, como sucede con el arte selyúcida en la mezquita y el hospital de Divrigi en Anatolia.

Si Marc Augé dio cuenta de los no lugares como espacios para el anonimato, el tránsito y la indiferencia (supermercados, aeropuertos, centros comerciales), Roberto Peregalli muestra el poso, el polvo de los lugares bajo la poesía mineral del agua.

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