Panem et circenses | Crítica

El animal suntuario

  • En 'Panem et circenses' se recoge la naturaleza sagrada, el carácter político, el origen militar de las carreras de caballos, así como los obvios paralelismos que la vinculan a la actual sociedad del espectáculo

Imagen de Ben-Hur. 1959 Imagen de Ben-Hur. 1959

Imagen de Ben-Hur. 1959

Tal vez sea adecuado comenzar estas líneas citando al gran Huizinga y su Homo ludens, donde el juego se muestra como una forma cultural de primer orden, en la que se anudan poderosas fuerzas sociales. De manera similar, pero ceñido al mundo de la Antigüedad y al ámbito de las carreras circenses (nadie que haya visto Ben-Hur puede ignorar a qué espectáculo, a qué devoción masiva nos referimos), el joven historiador David Álvarez indaga en este complejo fenómeno, que se desplaza desde su originaria naturaleza militar al orbe suntuario en el que se desarrollará, hasta su esplendor último en la Nova Roma, en la Constantinopla, cabeza última del imperio, que aguarda la llegada de los bárbaros como luego recibirá, en la otra punta del Medievo, a Mehmet II.

Una parte de la fascinación de estas páginas procede, pues, de la posibilidad de seguir, no sólo a través de fuentes escritas, sino gracias al testimonio arqueológico, el auge de una forma de festejo en cuyo concurso afluyen o se solapan razones de índole religiosa, militar, política y honoraria, y cuya celebridad -¡como hoy mismo!-, la convierte en una formidable herramienta social, no exenta de sombras.

Conviene aclarar, como el autor mismo hace, que el Circo no es el anfiteatro donde se celebraban los combates de gladiadores, así como las naumaquias y las venationes, sino la explanada elíptica donde halló expresión el escalofrío competitivo, el agón, que sacudió al Mundo Antiguo. Todo lo cual empieza, para esta fiebre circense, con la domesticación de los caballos en la Edad de Bronce, y con los temibles carros escitas, que atronarían las vastas planicies del oriente, y cuyo influjo llegará, Egipto mediante, a Grecia y Roma.

Cuando los carros de combate se vean superados por la agilidad de la caballería, habrá llegado la hora festiva, suntuaria, de las competiciones circenses. Y es así cómo su obsolescencia, su radical inutilidad bélica, convertirá al viejo carro de combate en una de las pasiones más absorbentes y dispendiosas, hija de una sagrada exuberancia, en aquella hora del mundo.

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