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El ritmo humano de Rafael Espejo

  • Pre-Textos publica 'Madriguera', antología que recoge una selección de la obra de este cordobés que concibe la poesía como un género biográfico

El poeta Rafael Espejo (Palma del Río, Córdoba, 1975). El poeta Rafael Espejo (Palma del Río, Córdoba, 1975).

El poeta Rafael Espejo (Palma del Río, Córdoba, 1975). / D. S.

"Ni yo mismo me explico / qué he venido a buscar en mis poemas, / ni si he perdido algo / ni si quiero encontrarlo". Porque para Rafael Espejo (Palma del Río, Córdoba, 1975) la poesía es un género biográfico que muestra lo esencial de una vida de la que sólo parece esperar días de amor y de sol, cobijo para la posible amenaza de tormenta que no acaba por llegar, una rutina desde la que convence al lector de que la vida merece la pena.

Espejo parece escribir para retener los instantes que justifican nuestro paso por un mundo que él recorre, esos momentos en los que se autorretrata para ir bordeando la proximidad de esa naturaleza que lo empuja a la escritura, que no al folio en blanco. Uno no se imagina a este poeta peleándose con las palabras en una oficina o en un escritorio, sino alcanzándolas en un porche, en una sobremesa en el campo o cerca del mar, allí donde se produce el milagro rutinario de la existencia, o su "antimilagro puro".

Espejo no le exige acrobacia al poema. Tampoco trabaja en una novela ni pretende enseñar nada ni se pelea con otros poetas en las redes sociales ni fuera de ellas; es un ignoto, no tiene Facebook, Twitter, Instagram ni casi mail. Acude a la realidad de otra manera, con un ritmo distinto, cualitativo. Sus versos sólo pretenden un diálogo con lo que palpita, y desde ahí espera, que, como ya indicó Manuel Fraijó, es el tiempo humano, el tiempo de la esperanza del que sabe que el jaleo que supone vivir se reduce a no tomarse la vida como si nos fuera la vida en ello, y abandonarse al milagro de la primavera o al cuerpo de una muchacha que a su lado sueña mientras todo muda o cruje: "Me suspendo admirando / cómo la vida es...".

Ya indica Carlos Pardo en el prólogo a esta antología que "Espejo no pretende ser universal, sino humano", y desde esa inercia hacia la bondad que tiene lo humano, desgrana la vida, la vida buena en sus momentos más necesarios. Esa fugacidad y ese esfuerzo por que nuestro perfil efímero se mantenga sobre una interioridad que escarba en la inocencia y en sus desnudos, son extremos sobre los que el poeta ha pulido su obra, que ahora recoge en esta selección que ha titulado Madriguera, esa cuevecilla donde habita este poeta de una vez.

Casi un cuarto de siglo de poesía, y una vida entregada a la conciencia de vivir poéticamente, que es como vive este hombre que reside en Andalucía, que es donde muchas veces viven los que aceptan la sumisión y la pequeñez del ser ante la contundencia de la existencia: "vivir consciente, / vivir como si sólo / fuese real la vida". Ahí reside la urgencia y la grandeza de este libro, la de celebrar la existencia sin acudir a la pirotecnia ni al artificio, agradecer sin levantar los brazos ni darse golpes en el pecho. Vivir sin más, desde la máxima sencillez a la que acude lo sublime que estos poemas justifican.

"Y todo se resume en la palabra / fugaz", advierte el autor en el primer poema del libro, que cierra con dos textos inéditos, donde pone ese punto y seguido preguntándose si habrá llegado a la edad de los cuidados, si ese camino amplio sin desvíos innecesarios que es su poesía, ha encontrado ahora techo y paredes donde permanecer e intentar ser igual de libres que, por ejemplo, sus perros, para así seguir descifrando la novedad del mundo a la que atiende este oficio. Al cerrar este volumen de casi un cuarto de siglo de poesía recogido en apenas cien páginas ("tres libros y medio en veintidós años"), el lector tiene la sensación de haber compartido con Espejo el asombro constante que supone estar vivo, de haber sido invitado a su madriguera donde incluso el dolor parece en calma, mientras fuera todo está a punto de perecer.

Esa es su apuesta, permanecer, sobrevivir, aprovechar del amanecer, de la tierra o del amor ese puñado de cosas que ofrecen, cosas que brotan sin estruendo o fogonazo, como el hecho de pasar "tres días entre mantas, porque cuando se es joven no hay tiempo que perder". Y es que el tiempo no supone aquí un conflicto que anula el presente, un tiempo que no necesita de la solemnidad de las abstracciones para valorarse, ni de la caprichosa actualidad, sino de una intimidad compartida. Escribe Darío Jaramillo en el epílogo que el asunto central de esta poesía es justo eso, la propia intimidad del poeta. Que la intimidad sea el motor de quien escribe es algo común, lo que no lo es tanto es que esa intimidad nos interpele desde lo más esencial, y que nos ofrezca el goce de lo ajeno, la revelación sencilla de los misterios más cercanos. A medida que avanzamos en la lectura, esa intimidad va limitándose a lo más concreto a medida que pasan los años y los libros, a medida que pasan los amores va despojándose hasta sentirse con "la libertad de un árbol solitario / contra el atardecer". Y así se muestra.

La libertad, como la felicidad, existe mejor desde el sacrificio que impone su camino, y ese esfuerzo aquí se manifiesta en un hombre sencillo que se construye, como diría Emilio Lledó, con areté, con excelencia. Alguien que tiene la capacidad para transformar la incertidumbre de la vida en una presencia sencilla de lo infinito: "buscando realidad a lo que significo".

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