De libros

A vuelta de correo

  • Aparece por primera vez en español en una versión íntegra la excepcional correspondencia que mantuvieron el referencial crítico literario Lytton Strachey y la gran escritora Virginia Woolf

Lytton Strachey (Londres, 1880-Ham, 1931) y Virginia Woolf (Londres, 1882-Lewes, 1941), en una imagen sin fechar. Lytton Strachey (Londres, 1880-Ham, 1931) y Virginia Woolf (Londres, 1882-Lewes, 1941), en una imagen sin fechar.

Lytton Strachey (Londres, 1880-Ham, 1931) y Virginia Woolf (Londres, 1882-Lewes, 1941), en una imagen sin fechar. / d. s.

La amistad es siempre un pequeño milagro. Una amistad madura y enriquecedora, casi un imposible en estos tiempos en los que los amigos se cuentan por miles y se posicionan en el ranking de nuestras vidas según el número de likes. Por eso es tremendamente conmovedor seguir el rastro de una relación profunda y verdadera a través de la correspondencia de dos personas que se necesitan la una a la otra para sentirse acompañadas y reconocidas en sus muchas peculiaridades. En este mundo de insoslayable inmediatez comunicativa se ha perdido la hermosa capacidad de esperar la respuesta del otro con paciencia, una pizca de ansiedad y añoranza. Por el mismo motivo, se nos ha hurtado también la capacidad de disfrutar de la palabra escrita del otro, de imaginar su voz hablando dentro de la propia cabeza, de releer, degustar y paladear otros pensamientos.

Virginia Woolf (1882-1941) era todavía Virginia Stephen -"una muchacha alta, más bien mal vestida, que se peinaba con la raya en medio", como se describiría a sí misma años más tarde- cuando empezó a cruzar cartas con el escritor y ensayista Lytton Strachey (1880-1931). La correspondencia entre ambos se recoge ahora en 600 libros desde que te conocí, el evocador título de la traducción al castellano de Letters. La primera carta que ella le manda es una brevísima nota en la que le invita a su casa para charlar un rato con ella y con su hermana Vanessa y está fechada el 22 de noviembre de 1906. La última, que su querido Lytton probablemente no llegó a leer ya que estaba enfermo de muerte cuando Woolf se la escribió, es del 10 diciembre de 1931. Entre estas dos fechas se desarrolla una discontinua e interesantísima correspondencia que nos da noticias de una amistad sin parangón entre dos seres excepcionales destinados a encontrarse.

Woolf y Strachey parecen comprenderse desde el primer momento, parecen sentirse acompañados en un mundo que les produce extrañeza y perplejidad. Las primeras cartas que se cruzan son más descriptivas, hay entre ellos cierto pudor distante, pero pronto nos encontramos con las palabras inteligentes, chispeantes y despiadadamente sarcásticas de dos personas que se entienden a la perfección. Muchas de estas misivas adquieren un tono alusivo que denota la cercana relación de ambos: no necesitan contar demasiado, sólo lo fundamental, lo que no pueden hablar con otros, lo que no se pueden decir el uno al otro estando en público. El lector necesita consultar constantemente las acertadas notas a pie de página para comprender del todo algunos importantes acontecimientos de la vida de ambos a los que se hace mención en estos textos.

Por estas cartas pasa la vida cotidiana, las mudanzas y viajes, las fiestas y visitas al teatro, las enfermedades de ambos, el mal tiempo, las soleadas mañanas en el campo, las lúgubres tardes de invierno en Londres; incluso la Primera Guerra Mundial brevemente entrevista en contadas menciones a algún amigo o familiar herido o a las cartillas de racionamiento. También refleja vivamente este puñado de escritos el trabajo de reseñistas que ambos compartían, los libros que los Woolf editaban en la Hogarth Press... Pero, por encima de todo, está la literatura: ambos son lectores compulsivos, necesitan leer para vivir y cuando por algún motivo, casi siempre de salud, no pueden hacerlo se sienten desgraciados. También son dos escritores que al principio de esta correspondencia están empezando sus carreras. En sus misivas comentan las últimas novedades, se mofan de algunos libros de moda -famosa es la aversión que sentía Woolf por Ulises de Joyce-, se recomiendan lecturas y se piden libros prestados. También se ayudan mutuamente, se critican con cariño y sinceridad sus propios libros, se corrigen los textos y se hacen buenas recomendaciones.

Sin embargo, apenas encontraremos fragmentos pedantes o sesudos. Estas cartas desbordan realidad, son un intenso caudal de inteligencia y libertad. También de buen humor e ironía. Por ellas desfila lo más destacado de la sociedad de la época: "condesas, primos del campo, criados marchitos y respetuosos y jóvenes herederos de bienes raíces", explica Strachey en una de sus mordaces cartas. También los intelectuales más brillantes del momento, Bertrand Russell, Dora Carrintong, T.S. Eliot o E.M. Foster. Casi todos salen mal parados -especialmente la esperpéntica Ottoline Morrell-, por eso en la primera edición de esta correspondencia, publicada en 1956, algunas de estas cartas fueron censuradas por Leonard Woolf y James Strachey. Ahora se publican íntegras y se añaden algunas encontradas posteriormente.

Más allá del interés documental y literario que definitivamente tienen las cartas cruzadas entre Virginia Woolf y Lytton Strachey durante veinticinco años, 600 libros desde que te conocí es un verdadero monumento a una forma de relacionarse ya perdida y un homenaje al encuentro entre dos autores que supieron, cada uno en su ámbito, dejar su indeleble huella a través del tiempo.

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