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Luto en Heliópolis

  • El beticismo, sin la vehemencia que merecían consejo y jugadores, asiste al sepelio de su equipo. El culpable, Bosch, se va de rositas y la sensación es que lo peor está por llegar (0-1).

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No se dejen engañar. En estos días leerán muchas crónicas, a las que seguirán una profusa retahíla de análisis, y oirán y verán, por radios y televisiones, los más variopintos debates con los que tratar de explicar la afrenta que durante esta temporada ha sufrido el beticismo y que ayer, antes de que los más fieles hollasen siquiera los alrededores de Heliópolis, se consumó. Muchos serán los nombres que salgan a la palestra e incluso habrá quien se atreva a incluir a Pepe Mel entre ellos, pero sólo será fruto de querer desviar la atención o de no poder o querer aparcar cuentas pendientes. Lógicamente, un disparate como el culminado por el primer equipo de la entidad no es cosa de una sola persona. Hay diversos culpables, pero uno, vitando, por encima de todos, y éste atiende por José Antonio Bosch Valero.

Si el penúltimo batacazo no halla explicación posible sin la siniestra figura de Manuel Ruiz de Lopera y su manera autocrática de dirigir el club, este descenso es imposible de comprender, y seguramente no se hubiese producido, si la juez Alaya no hubiese confiado las riendas del club a alguien que no le fue atrás en autoritarismo al vilipendiado personaje de El Fontanal y que, encima, demostró una arrogancia propia de otra época y, principalmente, un desconocimiento del mundo del fútbol que acabó hiriendo de muerte al Betis.

Ésta es la principal, que no única razón, del undécimo descenso del equipo verdiblanco, quizá el más ignominioso, oprobioso, ominoso... Escojan el calificativo que gusten -¿boschornoso?-, siempre con semas comunes a los ya apuntados, que cualquiera les valdrá para definir con exactitud el fracaso en el que devino una temporada que algunos, los ilusos, veían con buenos ojos en verano. Poco importaba que se fueran Beñat, Adrián, Campbell o Pabón, por citar sólo a algunos; ni que asomarán por aquí Andersen, Steinhöfer, Jordi o Braian Rodríguez, por hablar de los que no conocía nadie o incluso fueron vetados en verano por su entrenador. Todo daba igual. Guillén vendía humo, Bosch se dedicaba a hacer negocios y cuatro palmeros convencían al imperio de que los más críticos estaban poseídos, que sólo buscaban sembrar discordia y saldar cuitas personales.

Ésta es la verdad, señores. Y el Betis se ha ido a Segunda con casi 34.000 socios y con un presupuesto entre los diez primeros de la categoría. Y el que quiera dejarse engañar o prefiera seguir engañado es muy libre de hacerlo, pero que sepa que el club, no sólo el primer equipo, corre un peligro latente como el beticismo no vuelva a poner pies en pared, como hiciera hace poco menos de un lustro.

Porque la estafa no ha acabado. El nuevo de la juez, el administrador Francisco Estepa, y Manuel Domínguez Platas, quizá el mayor palmero y colaborador de Bosch en la directiva, siguen enrocados en el palco, apoltronados y empeñados en ser quienes diseñen el futuro. Y éste, consumado el escarnio, es el principal problema al que se enfrenta hoy ese Betis, el club, el inmaterial, que ayer echó de menos más vehemencia en la protesta de los suyos. Claro que ni la mitad de sus abonados, hartos de estar hartos, se asomó ayer por Heliópolis, entre otras cosas porque el bético está hecho para animar a su equipo y no para regañarle. Aunque malo sería que Estepa, Platas y alguno más vieran por ahí el resquicio para seguir ensuciando más de cien de años de historia.

Si faltan caracteres y espacios para está crónica de un descenso anunciado, casi sobran para la del partido, un simulacro del que el Betis trató de escapar de la mejor manera posible y la Real Sociedad, con tres puntos que lo clasifican de nuevo para jugar en Europa. Estos encuentros sin tensión son todos iguales, amistosos disfrazados. Y Betis y Real se ajustaron al guión: tibios en defensa, sin la presión que requiere la categoría, y alegritos con el balón. Los de Calderón no tenían ya nada que perder, los de Arrasate, la verdad, bastante poco. Y se empeñaron en demostrarlo, aunque lógicamente el lío se formara casi siempre por las inmediaciones de Adán.

Con poco que reseñar al descanso, y cuando se echaba de menos la enésima torpeza del curso, apareció Juan Carlos, como Paulao en Vallecas y el otro y el otro y el otro, que raro es el futbolista que se escapa este curso. Un penalti evitable enterró al Betis en el partido, a un equipo que sólo fue capaz de generar una ocasión de gol en todo el partido, un disparo de Rubén Castro cruzado a poco del final. Y así murió un partido con la Real Sociedad de negro y el Betis y todo Heliópolis de luto. Y con la sensación inevitable de que lo peor está por llegar. Ojalá me equivoque esta vez.

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