Sevilla-Oporto · el otro partido

Nervión, una sinfonía de pasión

  • El Sevilla, con el tremendo empuje de su afición, se mete en sus terceras semifinales europeas. Rakitic, Vitolo, Bacca y Gameiro, temple en el infierno.

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Nervión fue una sinfonía de pasión, de calor, de nervios, de casta, de cánticos... y de temple. Arte de solera auténtica en la forma en que el Sánchez-Pizjuán empujó a los suyos y arte torero, frío en medio del infierno, el de sus goleadores. Había que tener la sangre helada para decidir con nervio y habilidad entre tanta locura y Rakitic, Vitolo, Bacca y Gameiro la tuvieron. Fue una fiesta grande, inolvidable. Una goleada ante un grande para disfrutar de las terceras semifinales europeas.

Apunten la fecha, 10 de abril de 2014. No hubo llenazo. Los tiempos, en todos los sentidos, son distintos a los de aquellas semifinales ante el Schalke 04 u Osasuna, cuando temblaban los cimientos del coliseo nervionense desde un rato antes del inicio. Pero un cuarto de hora antes de que Gianluca Rocchi diera el pitido inicial ya atronaba Nervión con el reiterativo y sugerente "Sevilla, échale huevos". Los 1.500 aficionados del Oporto, ubicados en la grada alta de la curva de Gol Sur, intentaban replicar inicialmente los cánticos que rebotaban desde Gol Norte. Pero los decibelios fueron subiendo de potencia y tono. Referencias a Glasgow, palmas por sevillanas... hasta ese momento de la comunión perfecta que desata el Himno del Centenario. "Es nuestro estadio, es nuestra ciudad", rezaba una pancarta desplegada en la zona de los Biris, que recordaba las palabras del capitán Rakitic en el túnel de vestuarios antes de saltar para disputar el derbi del 4-0. Fue casi una premonición. Y al saltar los equipos al campo crujieron, vaya que si crujieron los cimientos de Nervión. No había lleno, había pasión desbridada, sin mesura.

Luego llegó el fútbol, y sus contingencias. La nerviosera se había trasladado al campo, a los dos equipos. El estadio era una caldera a punto de reventar y sólo faltaba la espoleta para que saltaran esas pulsaciones desbocadas en forma de estridente metralla. Y quien encendió la mecha fue Bacca con un habilidoso giro ante Danilo: le puso el anzuelo al brasileño y picó. Rakitic templó entre el ruido ambiental y estalló Nervión. La fiesta tenía continuidad en el césped, y más que la tendría cuando Bacca, otra vez listo y tras un robo adelantado de Fernando Navarro, peinó hacia donde intuía que estaría Vitolo. Más sangre fría en medio del infierno. El canario, con excelsa clase, amplió el festival.

Bacca reclamó su sitio preeminente en ese vendaval desatado que era el Sevilla y batió por abajo a Fabiano de nuevo. En menos de media hora el equipo de Emery no sólo había igualado la eliminatoria, la había volteado completamente. Y tocaba sufrir con cada amago de Varela o de Quaresma, con cada falta o córner. Más de una hora es mucho tiempo para estar mordiéndose las uñas y la grada optó por romperse las palmas y las gargantas.

Pero los corazones se alborotarían más con la segunda amarilla a Coke en el minuto 54. Casi 40 minutos con uno menos. Y ahí tiró de casta el equipo... y la grada. Nervión agarró su presa y no la soltó y cuando Gameiro hizo el cuarto la fiesta rompió en inolvidable. El gol final de Quaresma no fue sino un guiño a Sevilla.

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