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Educación

‘In English, please’

  • Si se puede llegar a ser presidente de gobierno sin hablar ni una palabra de inglés, el ciudadano debe pensar que no es tan importante

Sebastián Chávez de Diego

Catedrático de Genética de la Universidad de Sevilla

Que la Bética dio emperadores a Roma es un lugar común de quienes ensalzan nuestro pasado. Que ello no respondió a esencialidad alguna sino, por el contrario, al alto grado de asimilación de la cultura romana, suele ser menos destacado. En esta asimilación la rápida adopción de la lengua permitió a los béticos entrelazar su economía con Roma antes que nadie y recibir de allí el arte, la técnica y las ideas modernas de su tiempo. Al-Andalus también se aprovechó de la pujanza del árabe medieval para recibir por esa vía lingüística el conocimiento clásico y parte de la tecnología oriental. La Andalucía del XVI fue protagonista de la primera globalización, la de los grandes descubrimientos geográficos, surcando mares a lomos del castellano, la lengua cultural y económicamente dominante de ese tiempo. Porque hablar la lengua que habla el mundo permite intercambiar dos cosas que suelen ir de la mano: bienes e ideas. Desde hace muchas décadas el mundo crea y comercia en inglés, en el globish que utilizamos los que no nacimos anglohablantes.

En la Andalucía del siglo XXI, sin embargo, no parecemos haber comprendido lo anterior y, tras varios siglos alejados del liderazgo mundial, continuamos monolingües, considerando la capacidad de hablar otros idiomas como un mero complemento curricular. No parecemos entender que en estos últimos veinte años todo ha cambiado. Cualquiera puede tener acceso en tiempo real a través de la red a cualquier fuente documental; comunicarse por videoconferencia con otro ciudadano de cualquier país del mundo sin más coste que una conexión a la red; trasmitir urbi et orbi su producción científica o artística o literaria, o sus opiniones personales; vender on-line sus productos al mundo entero; ofrecer sus servicios de consultoría al resto del planeta; optar a posiciones de teletrabajo en otro lugar; cualquiera... que sepa inglés. No saber inglés hace veinte años cerraba una proporción limitada de puertas a quien quería entrar en el mundo laboral; no saber inglés hoy cierra la mayoría de las puertas a las que alguien con formación media podría acceder.

La brecha que nos separa socialmente del resto del mundo no es ya la digital, sino la lingüística; y ambas combinadas se magnifican sinérgicamente. La banda ancha sin inglés se queda en vía estrecha. Para saber por qué no terminamos de hacerlo bien en este campo volvamos a la Roma antigua, en cuyo Senado no me imagino al cordobés Séneca sentado en solitario sin departir con el resto de senadores. Esa es, sin embargo, la triste imagen que ofrece la mayoría de gobernantes españoles cuando asisten a foros internacionales. Rehenes del intérprete, pierden la oportunidad única que permite el contacto personal directo en las relaciones internacionales, y transmiten con ello una imagen pobre y cateta de España. Tras treinta y pico años de democracia, lingüísticamente hablando, aún hoy “España es diferente”.

Si se puede llegar a presidente de gobierno sin hablar una palabra de inglés, el ciudadano debe pensar que esta habilidad no debe ser tan importante. Y si no aparece como importante para los ciudadanos, el político que ha demostrado tan poco interés en ella durante su vida formativa tampoco va a considerarla prioritaria al decidir sus políticas educativas. Y ésta es la clave: no somos intrínsecamente incapaces de aprender idiomas, necesitamos un sistema educativo que lo impulse. Afortunadamente, en Andalucía se han multiplicado los centros bilingües y ha dejado de ser anecdótico el uso del inglés como lengua vehicular de otras enseñanzas, pero el modelo sigue basándose en la buena voluntad de los docentes de cada centro para impulsar los programas bilingües y en su compromiso de autoformación.

Aún hoy la mayoría de los padres andaluces no pueden estar seguros de que el sistema educativo público les ofrezca formación intensiva en inglés a sus hijos de manera estable a lo largo de todo el recorrido educativo. Y en la etapa de enseñanza infantil, un periodo esencial para la adquisición de buenas habilidades gramaticales y fonéticas, la oferta es insuficiente y mínimo el contacto regular con profesorado nativo. ¿Puede reconvertirse un sistema educativo modelado durante tantos años al margen de la enseñanza bilingüe? Parcialmente sí, mediante formación continuada y programas de estímulo, pero es importante reformar los mecanismos de selección del nuevo profesorado. Las últimas decisiones de la Junta de Andalucía, abriéndose a incorporar algunos profesores foráneos, es un prometedor, aunque insuficiente, primer paso. ¿Y podemos permitirnos el lujo de seguir contratando profesores universitarios que no se manejen mínimamente en otra lengua? Porque si queremos estudiantes capaces de hablar fluidamente inglés necesitamos profesores a su altura y que una parte significativa de éstos tengan el inglés como lengua materna. No valen los argumentos en contra basados en el impacto sobre el mercado de trabajo local. Lo dice claramente la OCDE: invertir en un profesorado excelente es la manera más eficiente de mejorar el sistema educativo de un país. Y del chino, que viene, hablaremos otro día.

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