El Rocío

Cuando las aguas se abren

  • Los rocieros de Sevilla fueron los últimos en pasar por el Quema.

  • Lo hicieron como sólo ellos saben: con la elegancia que es marca de la casa.

Sombreros al aire. Cantan los peregrinos. El río se hace marea humana. Sevilla cruza el Quema. Sombreros al aire. Cantan los peregrinos. El río se hace marea humana. Sevilla cruza el Quema.

Sombreros al aire. Cantan los peregrinos. El río se hace marea humana. Sevilla cruza el Quema. / juan carlos vázquez

Con calcetines negros y de rayas. El que os escribe pisó por primera vez, de esta guisa, el lecho del Guadiamar. Ese río al que los rocieros le han robado el nombre. No se lo pensó dos veces y se echó a andar, sin zapatos, sobre el vado más famoso de estos lares. Venía detrás la caballería de Sevilla. La hermandad del Salvador obra cada año el milagro del mar rojo. Abre las aguas. Una marea humana desciende por la ladera. Los caminos están polvorientos. No ha llovido y es difícil que la tierra se asiente. A cualquier paso que se da se levanta una nube blanquecina que tiñe los rostros.

Los espectadores llevan horas en las márgenes del río. Palco popular donde se reúne la más amplia variedad de sillas. Las hay de todo tipo y colores. Desde la famosa sillita de los chinos hasta la hamaca playera. No faltan las viandas. El filete empanao es el rey de los manjares. Las neveras se multiplican. La gente se apelotona buscando la sombra. El sol es pleno en el campo. Apenas queda un resquicio para resguardarse de él. Los peregrinos se extienden crema protectora en brazos y caras. Hacen un alto en el camino para cambiar de calzado. Otros se atreven y van descalzos. Pantalones remangados. Batas por encima de las rodillas.

Un miembro de la hermandad, desde el caballo, manda que los peregrinos avancen. "Hay que ponerse delante del simpecado. Los bueyes, cuando ven el agua, van directos al río". Las bestias vienen sedientas. Buscan el líquido elemento. Oro transparente en campos secos. La tierra arde. Achicharra. Al fin, los pies sienten la humedad. Adentrarse en el río requiere de un punto de apoyo. De una mano amiga. De un hombro que sirva de guía para no caer de bruces. El lecho del Guadiamar es una senda de piedras grandes y chicas. Mantener la verticalidad se convierte en un alarde de acrobacia. Tuve la suerte de contar en estos menesteres con la mano de Lola García, una algabeña que peregrina con Sevilla. Ella fue mi guía en esta incursión acuática en campos de Aznalcázar.

Lola y sus amigos traen la primavera en los cantares. Javi toca la guitarra en cuanto siente el agua correr por sus pinreles. No hay hueco en el río. El Guadiamar se reduce a una simple escorrentía. Fluir atrapado entre las piernas. Todo se vuelve estanco. Hasta las boñigas de caballo se quedan quietas. Flotando. Uno las ve y reza por que no lo rocen. Empieza el cante. Venga las palmas. Esto promete. Las letras se enlazan unas con otras. Sin solución de continuidad. El gentío se vuelve. La carreta de plata ya está en el agua. Si Moisés abrió un mar, Sevilla detiene un río. Lo hace tan suyo que ya no importa el calor, las piedras del lecho ni las heces equinas.

En el Quema todo se ha vuelto silencio. No se escucha ni el hilo musical de la caseta de José, un gitano de Hinojos que cobra dos euros por botellín. A su mujer Maribel le gusta Paco Candela. Una y otra vez escucha sus temas mientras se quita el sudor de la frente. Sobre el mostrador metálico, tres platos de tomates gordos y una docena de moscas. Maribel ha reformado este año el peculiar negocio hostelero. De dos módulos ha pasado a uno. "Era mucho trabajo para lo que se gana", sentencia esta mujer de piel morena y rabillo de ojos que se prolonga hasta el infinito.

Una madre amamanta a su hijo cuando va cruzando el Guadiamar. Una madre amamanta a su hijo cuando va cruzando el Guadiamar.

Una madre amamanta a su hijo cuando va cruzando el Guadiamar. / Juan Carlos Vázquez

En el río se suceden los bautizos. Lirio del camino. Lucerito del Quema. Amapola del campo. Letanía de nombres para iniciarse en el universo rociero. Llega el momento de desprenderse del sombrero. Se va a cantar la salve. Voces al unísono. Todo está en su sitio. La luz. El agua. Y el tiempo. Nada corre. No hay prisa. Se gritan los vivas. Y luego, el cante por excelencia. El que encierra la coreografía perfecta. Sombreros al aire. Besos de pareja. Besos de padre. Besos de amiga. Meterse en el río ha merecido la pena. Mucho.

El filete 'empanao' es el rey de los manjares que degustan los espectadores

Ahora queda salir del vado. El calcetín se pringa de fango. Las carretas han dejado un surco de barro que cuesta esquivar. En este ascenso alcanzar la cima no resulta nada fácil. Por el camino uno se percata de la suciedad que acumula la zona. Vidrios, restos de comida y hasta excrementos humanos. La triste huella que dejó la fiesta. Postrimerías vergonzante para unos tiempos en los que al Rocío se le mira con lupa.

En lo alto, de nuevo, el camino polvoriento. La tierra seca. Un trozo de empanada sirve para reponer fuerzas. Se colocan otra vez los zapatos. El agua en los pantalones se vuelve carga pesada. Los peregrinos avanzan hacia el Caoso. Allí les aguarda la noche entre bóvedas de pinos. Atrás dejan el Quema, donde el río fluye de nuevo, buscando el mar. Se lleva con su corriente el eco de los cantes. El júbilo de los bautizos. El rasgueo de la guitarra. Un calcetín negro de rayas. Y siete letras que la hicieron suya para siempre. Sevilla.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios