Violeta Serrano | Escritora “La desesperación no se para con un muro. Las migraciones van a ir a más”

Violeta Serrano. Escritora Violeta Serrano. Escritora

Violeta Serrano. Escritora / Alejandra López

Violeta Serrano codirige el posgrado Escrituras: Creatividad y Comunicación de la FLACSO Argentina y es profesora de la Universidad Internacional de Valencia. Fundadora de la revista continuidaddeloslibros.com, colabora en diversos medios internacionales. Licenciada en Filología Hispánica, Francesa y Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona, cursó el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Desde 2013 vive entre Buenos Aires y Madrid. Su último libro es Poder migrante (Ariel, 2020).

–A pesar de los adelantos tecnológicos, el hombre sigue siendo el peor enemigo del hombre.

–Y también podemos ser la especie más capaz de cooperar entre sí para avanzar. La cuestión es que en momentos de extrema vulnerabilidad como el actual, tenemos que tomar decisiones muy difíciles como sociedad. Lo que yo apunto es que nos conviene dejar de lado el enfrentamiento en el que nos encontramos, no sólo a nivel nacional sino a nivel global. Tenemos que huir del relato del enfrentamiento para cooperar y salir adelante.

–Es un mundo más incierto. Hemos dejado de creer en que la siguiente generación vivirá mejor que sus padres.

–Las certezas de la clase media están en entredicho. Eso genera miedo y vulnerabilidad. Ciertos discursos políticos ponen el acento en la búsqueda de un culpable para calmar la situación y restaurar lo que teníamos antes. Es fácil que nos traguemos esos discursos porque lo estamos pasando mal y necesitamos creer en algo. Pero ¿es verdad que haya un culpable y si quitamos los inmigrantes volveremos a ese paraíso que recordamos?

–¿En España se ha colocado al inmigrante como culpable?

–Sí, aunque hay otros grupos. Tenemos que volver a una política con un diálogo real para que podamos avanzar hacia la restauración del estado del bienestar y reducir las enormes desigualdades económicas que están haciendo que mucha gente lo pase mal en nuestro país y que gente de otros países que están mucho peores que el nuestro venga a España con una desesperación lógica. No hay muro que pare a esa desesperación y las migraciones van a ir a más. ¿Tratamos de poner más muros o de asimilarlas para que sean más útiles a nuestras sociedades? Porque tener población migrante es útil para Europa, incluso a nivel económico, porque es un continente envejecido. Si queremos mantener el sistema de pensiones, necesitaremos incorporar jóvenes al mercado de trabajo. Y en la mayoría de los casos, se ocupan de trabajos que el español medio prefiere no hacer, ya sea cuidados de personas mayores de forma interna o la recogida de fruta.

–En su libro (Poder migrante, Ariel 2020) apunta la idea de exponer a la población a sus miedos para superarlos.

–Hay algunos discursos políticos que usan el miedo al extranjero que no es como yo ni física ni culturalmente para exponerlos como chivos expiatorios. El problema es que cada vez nos comunicamos más a través de redes sociales que continuamente reafirman nuestro propio discurso. Pero cuando sales a la calle, este enfrentamiento no es real. España no es un pueblo insolidario, según muestra el Eurobarómetro. Al contrario, tengo testimonios de varias personas que se han ido a otros países de Europa y que han preferido volver a España porque aquí, si estás dispuesto a trabajar, se te ayuda. En nuestro ADN está que somos un pueblo emigrante..Tenemos que mirarnos a los ojos y ver que esta situación de migración constante es ya parte de nuestro mundo global. Ya no tenemos indentidades que tengan que ver con un pasado nacional.

–Usted señala que somos migrantes en nuestra era.

–Exacto. Estamos sintiendo lo que siente una persona cuando se marcha de su lugar de origen. Al irte, tienes que dejar atrás todo tu sistema de referencias y tu zona de confort para insertarte en otro lugar con una cultura y unas normas distintas. Todo lo que conocías se desvanece y estás obligado a abrirte camino en un lugar donde no quieren que estés. Tenemos la misma sensación que tiene un migrante tradicional. Hay un desarraigo y tienes que recomponerte.

–¿Qué le parece el enfoque de Francia respecto a la asimilación?

–Es un caso paradigmático con consecuencias horrorosas. Francia es un país que fomenta la integración a costa de la renuncia de tu identidad. Eso genera que la segunda generación no se sienta parte del país en el que vive. O te adaptas a ser francés o eres marginado. Incluso si no te gusta que haya un extranjero en tu país, te conviene que se sienta parte de él, porque si no, o él o la generación que venga detrás sentirá rencor, y hay opciones horribles que lo canalizan, como lo estamos viendo. No es inteligente trabajar así.

–¿Hay algún país que ha logrado esa integración?

–Un caso muy positivo es Argentina. Es un país hecho de inmigrantes en el que se valoran todas esas culturas y que se amalgaman bajo la misma bandera. No ha habido una renuncia. Y otro ejemplo es Jacinda Ardern en Nueva Zelanda. Tras los atentados de Christchurch, tuvo una actitud ejemplar que muchos líderes europeos deben copiar para bajar la conflictividad. Ella se puso un velo y se fue a la comunidad musulmana para decirles que a quien habían golpeado era al conjunto de la sociedad. Eso demuestra que se puede ser un líder inspirador y ganar elecciones.

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