España

Panorama endemoniado

  • Sólo Pedro Sánchez puede dar marcha atrás en la carrera demencial que ha emprendido para mantenerse en La Moncloa y que, hace no tanto, le quitaba el sueño

Pedro Sánchez, candidato socialista a presidente del Gobierno. Pedro Sánchez, candidato socialista a presidente del Gobierno.

Pedro Sánchez, candidato socialista a presidente del Gobierno.

Sólo Pedro Sánchez puede dar marcha atrás en la carrera demencial que ha emprendido para mantenerse en La Moncloa, con un pacto con Podemos e independentistas del que él mismo había dicho que esa fórmula le quitaba el sueño.

Sólo Sánchez puede dar marcha atrás porque por mucha inquietud e indignación que tengan miembros destacados del PSOE que no pertenecen a su círculo más cercano, el partido no tiene ninguna posibilidad de tomar iniciativas que lo empujen a cambiar de criterio, ni tampoco a destituirlo, como hizo el Comité Federal cuando advirtió hace dos años que Sánchez tomaba decisiones que iban contra los principios del partido.

Para evitar que pudiera repetirse esa situación, en el último congreso socialista los sanchistas cambiaron los estatutos para que el secretario general no pudiera ser cesado con los votos de la mitad más uno del más uno de la Ejecutiva, o porque lo aprobara el Comité Federal.

A los barones y dirigentes regionales sólo les cabe clamar en el desierto en contra de un Gobierno como el que busca Sánchez: nada pueden hacer para impedirlo excepto expresar públicamente su desacuerdo, como ha hecho Emiliano García Page.

Sin embargo, multitud de personas expresan en privado, e incluso en público, su inquietud ante el Ejecutivo que intenta formar Sánchez. Entre ellas nada menos que Felipe González, que no tiene cargos en el PSOE pero sigue siendo un referente para la familia socialista.

Sánchez ya decidió la misma noche electoral que no pondría límite a un Gobierno de izquierdas. No le importó haber perdido votos en esa nueva y polémica convocatoria electoral y tampoco pactar con un partido del que públicamente abominaba, Podemos, que también, como el PSOE, había tenido peor resultado del que esperaba. Seguían sin salirle las cuentas incluso contando con el PNV, que todavía no había dado el sí a un

Ejecutivo con Podemos dentro.

Sánchez, contradiciendo sus promesas y también sus principios, inició negociaciones a través de intermediarios con los partidos independentistas. Sabiendo, como saben todos los españoles y como han declarado por activa y por pasiva los dirigentes de ERC y de Bildu –Otegi también ha hecho declaraciones esta semana–, que su apoyo, si lo necesitaba, no era gratis. No hace falta que sean más expresivos: un apoyo no gratis significa siempre dinero y, en el caso de los independentistas, lo que exigen es flexibilidad ante sus iniciativas de autodeterminación. ERC, de momento, ha reiterado que quiere una mesa de diálogo con el Gobierno en igualdad de condiciones de los diferentes interlocutores.

Referéndum e indultos

Mesa de la que no puede salir nada bueno pues el partido de Junqueras insiste en su desafío. Ha dicho que no exigirá referéndum ni indultos, pero guardan en la manga iniciativas que van más allá de esas dos. Con la sentencia del Supremo, las competencias penitenciarias en manos de la Generalitat y la Abogacía General del Tribunal de Justicia de la UE sentenciando que Junqueras y Puigdemont tienen derecho a su escaño de eurodiputado y por tanto a la inmunidad parlamentaria, ¿para qué necesitan el indulto? Antes de que finalice 2020 todos los dirigentes del procés estarán en la calle –algunos con libertad condicional– y en España.

En cuanto al referéndum, ya no les importa tanto: saben muy bien que los carga el diablo, y en las elecciones últimas los votantes han sido mayoritariamente constitucionalistas.

La situación es demoniaca: la gente sensata del PSOE, que es mayoría, está atada de pies y manos para detener a un Sánchez que aparece como una figura fanatizada, irresponsable y al que sólo le importa el poder. Los partidos minoritarios, los que han tenido uno o dos escaños, son los que podrán decidir si hay o no un Ejecutivo de izquierdas; Ciudadanos, en el que millones de españoles pusieron esperanzas para que fuera un partido bisagra, se ha quedado en casi marginal porque su líder no acertó con su estrategia y dio bandazos que espantaron por igual a la gente de derechas y la gente de izquierdas que lo habían votado.

Y en el PP, principal partido de la oposición, su presidente mantiene un silencio desde la noche electoral que desconcierta a sus seguidores y también a los socialistas sensatos –insistimos, que los hay–, que esperaban algún gesto que impidiera la locura que pretende Sánchez.

Porque es una locura, aunque el entorno del presidente en funciones recuerda que en Portugal un Gobierno de coalición de izquierdas lo ha levantado y convertido en uno de los países más estables de Europa. Tiene razón ese entorno, pero habría que recordarles que Sánchez no es Antonio Costa, ni de lejos; ni Podemos es O Bloco, ni de lejos. Y Portugal no tiene que vérselas con un problema constitucional tan grave como el del independentismo catalán, al que hay que enfrentarse con sentido de Estado y la máxima responsabilidad.

El silencio de Pablo Casado

A Pablo Casado se le reprocha el silencio. Sin embargo, es absolutamente premeditado y que aprueba su círculo más cercano, que el jueves pasado mantuvo una importante reunión sin la presencia de Casado ni García Egea, que a su vez mantenían un encuentro para seguir analizando la situación política.

Casado tiene muy claro que Vox está a la espera de que cometa algún fallo, que sería permitir un Gobierno de Sánchez, opción que el líder popular ha negado. El PP ha decidido estarse quieto a la espera de las negociaciones de Sánchez; es decir, quiere que España sepa hasta dónde está dispuesto a ceder para ser presidente.

Ya se sabe que ha cedido ante Podemos y les ha prometido una Vicepresidencia y tres ministerios, con Iglesias y Montero en la mesa del Consejo de Ministros y habrá que ver si acepta un relator internacional que levante acta de las negociaciones con los independentistas, o incrementar las infraestructuras y comunicaciones en Teruel, Canarias o Cantabria aunque no salgan las cuentas, o que por contentar a Podemos suba la fiscalidad a las empresas de tal manera que aleje a los inversionistas... o subir más el salario mínimo interprofesional.

Las declaraciones de la ministra Celaá anunciando que las familias no tienen derecho de elección sobre la educación de sus hijos ha provocado un tsunami no sólo en el mundo educativo sino también político: puede ser inconstitucional.

Estos disparates creen en el PP que abren los ojos a los que consideran que es bueno un Gobierno como el que busca Sánchez. Y si no sale y éste mira a Casado, sólo entonces se plantearía abstenerse en la investidura. Pero con unas condiciones que podrían pasar por exigir, como contrapartida, que no sea Sánchez el presidente. Y creen Casado y su equipo que esa exigencia ya no se vería como una locura.

El PP reúne el lunes a su Ejecutiva y luego se sabrá cuál es su posición. Es posible que ese día se conozcan ya más datos sobre lo que Sánchez está dispuesto a aceptar de Podemos, de los independentistas y de los partidos minoritarios... Será entonces más fácil para el PP, y también para Cs con sus 10 escaños, explicar qué pretenden hacer en esta España que en los últimos 40 años no había vivido situación tan crítica.

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