Las claves El bipartidismo, como el Ave Fénix

  • Partido abierto. Las encuestas, sin excepción, sitúan al PSOE como caballo ganador, seguido a poca distancia por el PP, un viejo guión que puede alterarse en una campaña decisiva como nunca

Pedro Sánchez y Pablo Casado. Pedro Sánchez y Pablo Casado.

Pedro Sánchez y Pablo Casado.

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EN las anteriores elecciones Ciudadanos (Cs) fue considerado el partido que podía hacerse con el espacio de centroderecha ante un PP alicaído, y también Podemos acarició la idea de imponerse ante un PSOE en decadencia.

Tanto Cs como Podemos se crecían cuando se barajaba la idea de que podían protagonizar sorpassos al PP y PSOE, e incluso se manejaba la posibilidad de que Rivera o Iglesias pudieran llegar a ser presidentes del Gobierno a través de alianzas al convertirse en los políticos más votados del centroderecha y de la izquierda.

Hoy, con un Pablo Iglesias abrasado por las divisiones internas de Podemos y decisiones personales que lo han bajado rápido del pedestal, y con Ciudadanos herido por sus bandazos a derecha e izquierda y por una política de captación de tránsfugas que ha provocado indignación en muchos de sus dirigentes, el bipartidismo renace de sus cenizas.

Todos los sondeos sin excepción indican que el PSOE ganará las elecciones generales, seguido pocos puntos detrás por el PP y, a continuación pero a bastante distancia, Ciudadanos. Falta mes y medio para esas elecciones y hay coincidencia entre los expertos en demoscopia en que en esta ocasión la campaña sí va a ser relevante y puede cambiar el sentido del voto, aparte de que recuerdan que entre 20 y 30 votos se deciden en las provincias en las que hay que elegir menos de seis escaños, porque los restos son impredecibles. Pero lo que se dilucida en la campaña, siempre según los profesionales en sondeos más acreditados, es que el 28 de abril se decide si gana el PSOE o el PP: no ven en lo alto de la lista de ganadores a ninguno de los otros partidos nacionales: Ciudadanos, Podemos y Vox. Es decir, dan por hecho que vuelve el bipartidismo, aunque para gobernar tanto PSOE como PP estarán obligados a pactar con otros partidos. Quedaron atrás los tiempos de las mayorías absolutas o de las mayorías suficientemente amplias que permitían gobernar con acuerdos puntuales para sacar adelante los proyectos de ley más ambiciosos.

Los ministros... y Pepu

En esa situación son básicos los equipos y el diseño de la campaña electoral.En el PSOE, equipo y campaña están dirigidos por la misma persona, Iván Redondo, que conoce a fondo el mundo de la estrategia de partido, lleva años en esa actividad y ha trabajado para diferentes formaciones. A él se debe incluso la idea de la moción de censura a Rajoy y, después, el adelanto electoral. Las malas lenguas le adjudican también la idea del libro de memorias de Sánchez, que ha tenido el efecto buscado: se habla del contenido del libro y no de la gestión de un Pedro Sánchez que, como gobernante, ha estado muy por debajo de lo que se esperaba.

Sánchez va a por todas, con una baza en su haber: le resbalan las críticas, no le importa saltarse los estatutos de su partido a conveniencia y actúa al límite de la legalidad todos los días a ver si cuela.Prolonga el abuso del decreto ley y, cuando intenta pararlo el PP porque pone en jaque la legalidad de su uso con un Parlamento disuelto, el PSOE arremete contra el partido que intenta poner freno a iniciativas sociales que mejorarían la calidad de vida de los españoles. Es evidente que la cabeza pensante de Redondo funciona muy bien. Sánchez por otra parte se salta la obligatoriedad de las primarias cuando le da la gana y, contra el criterio de los dirigentes regionales de su partido que quieren que se atenga a la norma, anuncia que sus ministros serán cabeza de lista en varias provincias.

Susana Díaz, que da mil vueltas a Pedro Sánchez políticamente hablando aunque su exceso de confianza le hizo perder las primarias, ha actuado ahora como una buena estratega: pidió a los militantes que se manifiesten antes de que se elaboren las listas... y el resultado ha sido demoledor para los ministros que Sánchez quiere imponer en Andalucía. Ni uno solo de ellos los quiere la militancia en los puestos de salida.

Susana ha declarado que aceptará las decisiones del Comité Federal, por lo que nadie podrá acusarla de ir a la contra de Sánchez... pero en Ferraz habrán tomado buena nota de que si la operación Ministros no sale bien en las urnas andaluzas, nadie podrá achacarlo a la ex presidenta sino al empecinamiento de Sánchez en colocar a los suyos contra viento y marea, contra el criterio de los militantes.

Algo parecido a lo que ocurre en el Ayuntamiento de Madrid, con Sánchez promoviendo al ex seleccionador nacional de baloncesto Pepu Hernández y apoyándolo abiertamente aunque los estatutos del PSOE indican que los dirigentes deben ser neutrales ante unas primarias.

Pepu ha participado en un debate con los otros dos candidatos de las primarias, y el resultado ha sido deplorable: se dedicó a leer lo que le habían escrito, no respondió una sola pregunta, su desconocimiento de la política madrileña fue clamoroso.

En el PP, Pablo Casado ha creado un equipo de gabinete aznarista -acaba de hacer una nueva incorporación con Gabriel Elorriaga- y con dos pesos pesados al frente del partido, Teodoro García y Javier Maroto, este último responsable de la campaña electoral aparte de la Secretaría de Organización.

Importantes errores

La campaña tiene luces y sombras. Casado es el principal capital, recorre España de arriba abajo, lleva cien mil kilómetros a sus espaldas y no le duelen prendas en participar en actos muy pequeños además de los grandes mítines que le han preparado para cuando comience la campaña oficialmente.

Es consciente de su gran hándicap, que en su brillante currículum no hay cargos de gestión, pero en algún momento determinado, previsiblemente en la recta final, anunciará que si forma Gobierno incorporará independientes de biografía profesional incuestionable. Nada que ver con el Gobierno bonito de Sánchez, sino pesos pesados en lo suyo. Por otra parte, vende renovación y que su partido está hoy limpio de polvo y paja en lo que a corrupción se refiere.

La parte más floja es la insistencia en echar abajo las iniciativas de Sánchez acudiendo a los tribunales o al reglamento de las Cortes en lugar de poner en cuestión su viabilidad o presentar alternativas mejores; yerra también al no poner en valor lo que ha hecho el Gobierno del PP cuando Sánchez repite que sus medidas sociales en ocho meses superan a las desarrolladas por Rajoy en siete años, aunque en los últimos días ha empezado a poner el acento en la economía y el empleo, los grandes puntos negros de los gobiernos socialistas y donde presentan mejores resultados los del PP.

Y comete un error aún mayor: insistir en que lo que importa es lo que sumen PP, Ciudadanos y Vox. Con esa insistencia el PP renuncia al espacio de centro, que deja en manos de Ciudadanos, mientras el PP se sitúa en la derecha frente a la extrema derecha de Vox. Y perder el centro es grave, aunque Ciudadanos no se encuentre en su mejor momento.

Pero también es ése el error en el que abunda Sánchez, que se recrea con los datos que le presentan sus asesores con la suma de los votos de izquierda que le permitirían continuar en La Moncloa: da pie a que sus adversarios lo acusen sistemáticamente de que no le importa gobernar con los independentistas y con un partido, Bildu, que apoyó el terrorismo de ETA.

Aun así, a pesar de los desaciertos de PSOE y PP, los expertos auguran que serán, de lejos, los partidos más votados y a bastante distancia de los siguientes en la lista el próximo 28 de abril.

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