Los desafíos del jefe del Ejecutivo

El momento parlamentario

  • La moción de censura y el éxito de Sánchez ponen de manifiesto las cualidades de un sistema anestesiado en parte por el bipartidismo anterior

El secretario general del PSOE Pedro Sánchez, es aplaudido por su grupo parlamentario. El  secretario general del PSOE Pedro Sánchez, es aplaudido por su grupo parlamentario.

El secretario general del PSOE Pedro Sánchez, es aplaudido por su grupo parlamentario. / EFE

Un conocido jurista italiano, Leopolo Elia, acuñó una de esas expresiones profesorales que sólo pueden provenir de una gran tradición empirista como la de la democracia cristiana: la forma de gobierno, escribía Elia, no es más que un devenir, queriendo significar con ello que la lógica de un régimen político no la fija la Constitución, sino que depende de factores materiales condicionantes, destacando de entre todos ellos el de cómo se expresa el pluralismo político a través del sistema de partidos. Que el sistema de partidos español había cambiado de forma irremediable era algo claro; hasta qué punto ese cambio ha afectado a la propia expresión de nuestra forma de gobierno es algo que sólo se ha hecho evidente desde el triunfo de la moción de censura para investir a Pedro Sánchez. No ha cambiado la Constitución del país pero sí su materialidad, su momento, nos encontramos en lo que cabría llamar como "el momento parlamentario".

No cabe duda de que la fortaleza de nuestro antiguo sistema de partidos, es decir, del bipartidismo español, minimizaba la potencialidad, incluso desvirtuaba, buena parte de las funciones atribuidas al Parlamento. Nuestro régimen político había sido hasta ahora, en muchos aspectos, un régimen nominalmente parlamentario pero con un importante sesgo presidencialista. Así, aunque estuviera en nuestra Constitución la lógica del parlamentarismo, ésta en buena medida nos es ajena y va a requerir aprendizaje el normalizar una nueva cultura política donde la estabilidad se vende cara. Como predijo Felipe González, España es ya algo así como una Italia sin italianos.

Lo que ha ocurrido es algo inédito, pero normal en un sistema parlamentarioLos dos debemos trabajar mano a mano por el bien de nuestros ciudadanos y de una Europa fuerte"Angela MerkelCanciller alemana

Pero el nuevo "momento parlamentario" no sólo desubica a los ciudadanos, sino que también obliga a repensarse a las propias fuerzas políticas, y especialmente, aunque sea paradójico, a aquellas fuerzas que con su irrupción han dado pie a esta nueva etapa de la democracia española. Hay que fijarse en discurso y en sus gestos, son ahora especialmente importantes. A este respecto, en la rueda de prensa posterior a la moción, Albert Rivera nos dio las que son las declaraciones más reveladoras de la batalla que se abre en la derecha española. Para Albert lo ocurrido en la Cámara era un exponente irresponsable de los "últimos coletazos del bipartidismo" y él prometía trabajar para "recuperar nuestro sistema político", es decir la calma, la estabilidad. El problema, no creo que se le escape a Rivera, es que la estabilidad a la que apela era precisamente la de ese bipartidismo que él cifra como origen del mal. Lo que el viernes irritaba a Rivera no era lo viejo, el bipartidismo, sino lo nuevo, el parlamentarismo, y por eso no mentía cuando afirmaba que él quiere recuperar el sistema político perdido, y es que su propósito es unificar en torno a sus siglas el centro derecha español que la irrupción de Ciudadanos quebró. Rivera quiere aunar a su favor la seducción de lo nuevo y la nostalgia por el orden perdido. El viernes se dio inicio a la gran guerra entre las derechas españolas. La vieja derecha va a vender muy cara su derrota.

Al mismo tiempo que Rivera anunciaba la disputa por la hegemonía conservadora, Pablo Iglesias hacia oficial su claudicación en el asalto a cualquier cielo. En una misma semana, y no sin cierta poesía histórica, Pablo Iglesias ha redescubierto el derecho a la propiedad y el parlamentarismo. De la urticaria a las instituciones, a la comprensión de sus potencialidades. Errejonismo sin Errejón, es decir, con colmillo, y reconocimiento tácito de errores pasados. Ahora bien, que nadie subestime la nueva fuerza del Iglesias pos-Alcampo, es decir, del Iglesias impuro. Si un peaje exige el poder ese es el de las contradicciones. A Iglesias no le ha venido nada mal la casa.

Pedro Sánchez apoyó la aplicación del 155 de la Constitución al gobierno de Cataluña y dijo hace unos días que Torra es solamente un racista. ERC y PDeCAT le acaban de hacer presidente del Gobierno. En buena parte de la opinión pública española estos apoyos provocan indignación e incluso furia; en el independentismo no pueden provocar sino cierta melancolía. El viernes los partidos independentistas volvieron por un día a la senda del autonomismo, redescubrieron la institucionalidad y su propia fuerza dentro de ella. Puigdemont y sus leales y empecinados legitimistas pudieron confirmar lo que dista hoy entre la realidad y su deseo. La moción ha podido abrir una grieta imprevista en el soberanismo catalán.

El momento parlamentario es nuevo. Hay una cierta tendencia española a responder con dramatismo ante lo inédito. Se hablará mucho por parte de cierta opinión pública del Frente Popular y otros paralelismos. Lo que ha ocurrido es algo inédito pero normal en un sistema parlamentario. Hay que estar alerta contra el dramatismo, es un sustitutivo nocivo del análisis de la complejidad. Una mala escapatoria, como la de aquel escultor inútil del que hablara Umbral que cuando no le salía bien un Cristo le echaba sangre.

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