Feria de Abril

Otra vez la Feria del millón

  • Fiestas Mayores estima que este año han visitado el real 1,3 millones de personas, aunque todavía queda por analizar el gasto realizado · La normalidad volvió al recinto ferial, que se ambientó bastante tardeLa penúltima jornada se desarrolló con bastante tranquilidad, con mucha menos gente que días anteriores · El fuerte viento que sopló fue la única molestia de este espléndido fin de semana

Sábado de farolillos. Empieza a terminarse lo bueno. El principio del fin se paladea con el regusto que dan las últimas horas, o las penúltimas, que en esto también hay supersticiones. El buen tiempo -pese al solano que soplaba- acompañó a la jornada de ayer, en pleno puente festivo, que se desarrolló con calma tras el lleno del viernes. Con la llegada del fin de semana se reducen las recepciones. Se acaban las fotos oficiales y comienzan las de la trastienda. La naturalidad gana a la pose. El cuerpo se resiente y la chaqueta que el lunes se ponía recién acicalada es ahora un vergel de arrugas con algún que otro lamparón (es lo que tiene la fritura). Los pies no dan más de sí. Conseguir una silla es objetivo prioritario cuando se llega de nuevo al recinto. Y más en estos días, a los que al núcleo familiar (entiéndase por padres e hijos) se unen primos, sobrinos y demás parientes sanguíneos o políticos, venidos de lejos o de cerca. Los convidados, en suma, sin los que nos se entiende una Feria.

Pablo y Ana viven en Los Remedios y hoy les toca llevar a los niños "a los cacharritos". Han aguantado toda la semana, pero llegado este punto no hay más remedio que rascarse el bolsillo. A sus dos hijos les acompañan sus primos y algunos amigos, con lo que el matrimonio se dispone a adentrarse en la calle del infierno con cinco "criaturitas", toda una aventura difícil de narrar si no se vive en primera persona. Los deseos infantiles saltan desde que la vista adivina las primeras atracciones. "Niño, que no está la cosa para muchos gastos, nos montamos dos veces y nos vamos a comer", dice Ana. Pero los niños no entienden de crisis. Bendita infancia.

El fin de semana es cuando la calle del infierno hace más honor a su nombre. Gente de todas partes. De la capital y de pueblo. Niños y no tan niños. Mucho olor a gofre y a hamburguesa. La voz del vendedor de la tómbola golpea en la cabeza a un feriante que estrena sus primeras horas de resaca. Hay ruido más que música. Frente a las atracciones más tradicionales -de ingenua diversión- se sitúan las más modernas en las que se corre el riesgo de salir más mareado de lo que se entró. Hay familias que sólo pisan esta zona. De la noria al aparcamiento. Y si acaso un algodón dulce, que ahora también se puede llevar a casa envasado.

Una vez que se sale del infierno de esta calle se recupera la calma. El real estaba ayer bastante tranquilo, y no comenzó a llenarse hasta bien entrada la tarde, aunque hubo muchas casetas medio vacías. Hasta el paseo de caballos estuvo más despejado que días anteriores. Los sevillanos parecen haber hecho caso omiso de los consejos del alcalde para que permanecieran el fin de semana. Quien no se fue a la playa se quedó en su casa. Y con ellos el glamour hispalense. Las chaquetas y corbatas menguaron notablemente en favor de la camisa, la camiseta, varios pantalones cortos y alguna que otra bermuda. Es lo que tiene el puente festivo, que la elegancia también se marcha de vacaciones. Una pérdida estética que se nota, incluso, en los trajes de flamenca. Si durante la semana es complicado encontrar a una mujer convenientemente ataviada, en estas últimas jornadas es ya casi imposible. El zapato de esparto -más propio de una romería- le ha ganado el terreno al clásico de tacón. Cada vez se ven menos mantoncillos, y cuando se contemplan, en rara ocasión están bien colocados.

Cuestiones estéticas aparte, lo cierto es que ayer fue la jornada perfecta para quien quisiera disfrutar de una Feria sin aglomeraciones, con bastante tranquilidad. Hasta para los famosos, como ocurre en Chicuelo 62, donde Mercedes Morón ejerce de anfitriona de todo el que llega a su caseta. O como Manolo Gallardo, quien siempre tiene preparada una copa para los periodistas que se acercan a Juan Belmonte 215 (y con suerte te hace disfrutar de una actuación en directo). El anfitrión es, sin duda, uno de los personajes más importantes de esta fiesta. Una labor bastante ardua. Hay que saber agasajar, pero también atisbar al gorrón perenne de los seis días y las siete noches. El que no se va de puente y se multiplica con la crisis.

Cuando llegan las últimas horas es momento de hacer balance. La delegada de Fiestas Mayores, Rosamar Prieto, retoma la Feria del millón. A la espera de los últimos datos y, según los usuarios del transporte público, todo apunta a que este año se rocen los 1,3 millones de visitantes. Una cifra nada desdeñable con los tiempos que corren. Otra cosa será el gasto, que ahora habrá que analizar para saber si ha menguado respecto a ediciones anteriores. En la caseta municipal -donde ayer hubo una recepción para la tercera edad- los mayores ya hacían un vaticinio de los ingresos: "Este año se ha visto mucha albóndiga, mucha fritura y poco jamón. Probar una gamba ha sido como en mi juventud, una suerte extraña", afirmaba Juan, un octogenario que nunca falta a este convite.

Llegada la noche, los cuerpos se resienten. Hay que apurar la recta final. Hay gargantas roncas. El viento del día fue la puntilla. Los turistas que llegaron del AVE disfrutan de estos días como si fueran los primeros. Otros ven el fútbol. Todo empieza a acabarse. Termina la Feria de la crisis, de Griñán, de la marcha de Carrillo, del Metro y de la gripe porcina. Nos deja el trágico recuerdo del apuñalamiento del jueves. Y concluye con una cifra que no se recordaba desde finales del siglo pasado. La Feria del millón. Regresan los 90.

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