Festival de Malaga

Kike Maíllo firma en 'Toro' una mirada castiza a la tragedia

  • Málaga y la Costa del Sol sirven de escenario a una cinta de acción que rinde homenaje al género.

Con una respuesta más bien fría por parte de la prensa tuvo ayer su acogida en el Festival de Málaga Toro, el thriller de Kike Maíllo que inauguró la Sección Oficial fuera de concurso con la presencia del director junto a tres de sus protagonistas, Mario Casas, Luis Tosar e Ingrid García Jonsson, que conforman junto al veterano José Sacristán (metido en la piel de un villano sin fisuras, "el malo más malo de mi carrera", según confesó el mismo actor hace unos días) el material humano más visible de una cinta de acción que rinde homenaje al género en su registro más clásico. Toro es la historia de una redención imposible, la que persigue un antiguo matón a sueldo (Mario Casas) a punto de terminar con el tercer grado en prisión y sobre el que el pasado, encarnado en la presencia de su hermano (Luis Tosar), cae de manera inexorable. El rodaje de la película en Málaga y otros municipios de la Costa del Sol como Torremolinos (además de otras localizaciones en Almería y Galicia) convierte el territorio en un fértil escenario cinematográfico, con escenas como una persecución automovilística en el cauce seco del Guadalmedina que permanecerá en la retina de muchos malagueños. En todo caso, tanto Maíllo como Mario Casas mostraron ayer tras la proyección especial énfasis en subrayar que, además de ser una película de acción, Toro también es una película "de personajes", de manera que éstos tienen, en palabras del realizador, "suficiente espacio y profundidad: pese a las reglas del juego del género, hemos intentado contar por qué los personajes han llegado a un determinado punto del que no hay vuelta atrás, lo que no resulta precisamente sencillo porque, en una película donde acecha tanto el peligro, es complicado detenerse para que ellos se puedan explicar". En el caso del protagonista, Mario Casas afirmó que el espectador tiene ocasión de comprobar cómo "la violencia es su vía de escape, porque viene justo de ella".

En su aproximación al arquetipo del thriller clásico a través de un criminal metido en un mundo del que no sabe o no puede salir, Toro indaga también en las posibilidades de una tragedia contemporánea. Y para ello se llena de símbolos propios de cierta tradición andaluza (el Toro que protagoniza el filme en la piel de Mario Casas llega a hacerse trasunto de un toro lidiado en la plaza, con la tortura elevada a la categoría de liturgia), como los elementos propios de la imaginería de la Semana Santa, asunto sobre el que Kike Maíllo reflexionó ayer así: "Desde el principio teníamos claro que el sur iba a empaparlo todo en la película, así que hemos recurrido a los símbolos religiosos como podríamos haber escogido otros relativos al fútbol, por ejemplo. No hay nada anticlerical en Toro, los símbolos tienen una función distinta. En todo caso, también teníamos bien presente que queríamos evitar a toda costa cualquier aspecto que oliese a costumbrismo". Por eso, a pesar de que Maíllo citó ayer a Coppola, Scorsese y De Palma entre sus referentes, "que dieron un viso de trascendencia, pero sin dejar de hacer películas juguetonas", Toro abandona "el tono decolorado de las películas negras y busca algo de saturación del color", lo que se traduce en cierta invasión kitsch que termina rindiendo otro (inconsciente) tributo a aquella cultura del relax que prefiguró el internacionalismo fetén de la Costa del Sol. Algo queda, parece.

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