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Crítica

Un espacio de intimidad compartida

carta blanca

Coreografía y baile: Andrés Marín. Invitados al cante: José Valencia, Segundo Falcón. Músicos: Salvador Gutiérrez (guitarra flamenca), Daniel Suárez (percusión), Javier Trigos (clarinete) y Raúl Cantizano (zanfoña y guitarra eléctrica). Luces: Iván Martín, Antonio Serrano. Lugar: Teatro Central. Fecha: Domingo 11 de septiembre. Aforo: Lleno.

En Carta blanca, Andrés Marín se ha construido a su medida un auténtico espacio de intimidad, con toda la libertad que conlleva dicha palabra. Pero la del sevillano es una intimidad compartida porque, como él mismo confesó en la presentación del espectáculo, "al salir a escena me olvido de mí mismo para acordarme de todos los grandes artistas que han pasado por ella antes que yo". Físicamente, Marín abraza el espacio con cerca de 25 platillos dispuestos en círculo y, con la complicidad de la luz -una iluminación absolutamente extraordinaria-, yendo de acá para allá, poniéndose o arrastrando objetos, sentándose un minuto a mirar a su alrededor, va sacando de las tinieblas, como en un viejo desván, los tesoros que conforman su arte.

En este universo de luces y de sombras, el bailaor se encuentra con grandes artistas del pasado y los reinterpreta desde su presente, con su baile nervioso, percutivo y extremadamente preciso. Así van apareciendo, entre otros, el Nijinsky que escandalizó París en 1912 con el Preludio a la siesta del fauno; Pastora Pavón con su Asturiana, que el sevillano enriquece atándose al cuerpo dos grandes cencerros de sonidos ancestrales; acuden Messiaen, Macandé pregonando sus caramelos, Escudero con su seguiriya y su amado Gades -y con él Faico o El Gato- con una extraordinaria farruca que desafía a las armonías de la guitarra de Gutiérrez; acude un maestro de butho y, sobre todo, acude Picasso. Preciosa la escena del Arlequín (concebida para su museo parisino) en la que, con gorro de papel y el rostro cubierto por una máscara, Marín se adentra sin complejos en los terrenos de la pantomima.

Intimidad compartida con los artistas del pasado, pero sobre todo, con los presentes. De la valía de Valencia y de Falcón hay poco que no se sepa, pero ¡qué cuatro musicazos! Junto a los pies imparables del bailaor, estos lograron crear un espacio sonoro, a veces inconexo como el de los sueños, pero de una riqueza y una variedad tal que hicieron de Carta blanca un recital inolvidable.

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