OPINIÓN

Post modernidad y violencia narcisista

  • El Jefe de Servicio de Clínica Forense de Sevilla reflexiona sobre la sociedad post-moderna

Fernando Heredia, forense Fernando Heredia, forense

Fernando Heredia, forense

La caída del Muro de Berlín supuso para muchos historiadores y analistas el inicio de una nueva etapa en la historia de la civilización, que algunos han denominado el fin de la historia y otros la post modernidad. En este breve articulo, no voy a entrar en la controversia conceptual del término, pero si relatar de forma breve algunas características que se aprecian en la nueva sociedad post moderna.

En primer lugar, tal vez por primera vez en la historia de la humanidad, los hijos no se ven obligados a seguir los pasos de los padres. Es cierto que en sociedades tradicionales un hijo será medico o abogado o juez si su padre lo es, pero en sociedades más evolucionadas el hijo tomara otros derroteros en funciones de sus aficiones y en la actividad donde se sienta más realizado, sin tener en cuenta en muchas ocasiones la demanda de trabajo para esa profesión. En la elección de estudios primara más la satisfacción narcisista, que la tradición o el análisis del mercado de trabajo.

De otra parte, si durante los primeros años del pasado siglo, las sociedades estaban absortas por la productividad: el taylorismo en Occidente, el stajanovismo en la Unión Soviética, a partir del presente siglo las sociedades se sienten fascinadas por la revolución cibernética y la introducción de la informática y los ordenadores. Pero al igual que en el ejercicio de la Medicina clínica, se produce un movimiento psicológico inconsciente entre médico y paciente, y que el Dr. Freud conceptuó como transferencia y contra transferencia, igual ha ocurrido entre la informática y el ser humano. De pronto parece que las personas, sean o no informáticos de profesión, establecen en su vida relacional con los otros, una especie de código binario, basado en el si o no, una conducta basada en el estimulo-respuesta, el paso al acto inmediato y sin capacidad al menos aparente para la reflexión y la introspección personal. Un vivir el momento, un vivir el acto.

Junto con lo anterior y dentro de este espíritu del todo aquí y ahora, se percibe una aceleración del modo de vida. No se trata de un incremento de la velocidad en el sentido estético que postulaba Marinetti, en lo años 30 del pasado siglo, la velocidad de los  medios de locomoción resultaría bella en si misma. Se trataría de una aceleración no solo de los aspectos concretos de la vida cotidiana que se reflejaría por ejemplo en la comida rápida; sino también en la vida afectiva, sentimental, en los modos de seducción, incluso de la vida erótica: el encuentro casual, pasajero de un día , de unas horas, sin un después.

Y de la misma manera que el  escribidor paladea las palabras mientras las escribe, y el  buen gourmet le gusta comer despacio, apreciando los olores y sabores de los alimentos que come, y por el contrario el comer rápido, casi sin masticar el alimento, el deglutir da dolores de estómago, la aceleración en las relaciones humanas genera un estado de insatisfacción, de vacío interior y ese vacío interior debe ser completado con algo: comida, alcohol, drogas, sexo, objetos: coches, electrodomésticos, objetos y más objetos, en un estado en ocasiones hipomaniaco de exaltación del Yo y de escasa o nula autocensura. Y resulta obligado preguntarse como en tiempos de crisis económica, que pasa cuando la persona no tiene recursos para comprar esos objetos que rellenan su  espacio interior.

Fruto de todo lo anterior: el acto por el acto, la premura, la insatisfacción, el vacío genera un estado de violencia cotidiana verdaderamente remarcable. La violencia narcisista donde el goce esta en hacer humillar al otro como única manera de obtener una satisfacción personal, a la vista que no se tiene satisfacción en lo intimo y personal. Es la violencia que se inicia en el ámbito familiar y continúa en el laboral y social.

Pero existe igualmente una violencia institucional, donde los poderes del Estado establecen unas reglas cuyo incumplimiento genera el castigo. Pero, utilizando el relato del materialismo dialéctico, todo ello genera una contradicción dentro de la sociedad y un estado de anomia: de una parte la educación en la individualidad, el narcisismo personal, y el aprendizaje a tener derecho a casi todo, a que todo deseo debe ser satisfecho, pero ello choca con otros valores, basados en el contrato social de Rousseau, que hasta ahora han hecho  posible la convivencia: el respeto al otro, el respeto al prójimo. Parece por tanto como si la frase de  Voltaire en su Tratado sobe La Tolerancia: No comparto sus ideas, pero daría mi vida para que las pudiera exponer libremente, haya quedado obsoleta. En resumen, del católico: amar al prójimo como uno mismo, se ha pasado al existencial el infierno es el prójimo.

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