Sentencia de los ERE

El día más triste para el socialismo andaluz

  • Los veteranos del partido no recuerdan una jornada más nefasta desde la reinstauración de la democracia. Susana Díaz queda comprometida para el futuro. 

Manuel Chaves, a su llegada al Palacio de Justicia Manuel Chaves, a su llegada al Palacio de Justicia

Manuel Chaves, a su llegada al Palacio de Justicia / Antonio Pizarro (Sevilla)

Los viejos socialistas andaluces andan sumidos en la melancolía por tiempo indefinido. Aquellos que vivieron la Transición con la fogosidad de la juventud y que hoy disfrutan de una gozosa jubilación han sufrido ahora el día más negro del PSOE andaluz, mucho peor que la noche del pasado 2 de diciembre, cuando contra todo pronóstico perdieron el poder ostentado durante 37 años en la región tradicionalmente considerada como el fortín del puño y la rosa, nada menos que la tierra de Felipe y Alfonso, la reserva espiritual de la socialdemocracia, el territorio donde supuestamente la derecha sería siempre cautiva de la imagen del cacique y víctima de su error garrafal, una suerte de pecado original, a cuenta del referéndum de la autonomía, el de la voz de Lauren Postigo: “Andaluz, este no es tu referéndum”.

El problema de la sentencia de la Audiencia Provincial de Sevilla no es que afecte al PSOE en general, o al partido socialista en Andalucía en particular. El gran problema es que pone en jaque una forma de gestionar la mayor comunidad autónoma de España durante cuatro décadas. El Poder Judicial hunde al PSOE no por una mala praxis concreta, sino por una forma de concebir la gestión, el poder, el enfoque de los problemas de la sociedad del momento. Se podrá cuestionar si la sentencia, con una extensión que triplica la del procés catalán, debía distinguir entre las ayudas a los despidos o futuras jubilaciones (EREs) y las ayudas para que una empresa simplemente recuperara impulso y no se hundiera.

Un lastre para el partido

Se podrán preferir las referencias a ayudas para justificar un proceso más discrecional, pero nunca arbitrario. Se podrá defender que la Junta debía tener reservado dinero en previsión de un período de vacas flacas y que en tal caso no se pudiera tratar de una cifra cerrada en un presupuesto. Se podrán discutir muchos aspectos por eminentes juristas o apasionados socialistas, pero el resultado es letal para el partido: esta sentencia marca un lastre, un antes y un después, una rémora tan pesada que alcanza a la sede de la calle Ferraz. Resulta cuando menos irrisorio que el ministro Ábalos se defienda con un argumento tan débil como el de que la resolución no afecta al PSOE al tratarse de un caso protagonizado por “gente que ya no está en el partido”. Hay que tenerla directamente de cemento para considerar a Manuel Chaves y José Antonio Griñán como intrusos en la casa socialista. Con declaraciones como las de Ábalos pierde directamente la política, triunfa la sinvergonzonería argumental y, una vez más, el cortoplacismo imperante.

Había muchas salidas para un día como el de ayer, doloroso para la familia socialista, pero Ábalos escogió la que le deja en peor lugar a él, al PSOE y a la clase política que está llamada a dirigir una nación. Los más viejos del socialismo aseguran que sólo ha habido una jornada peor para el partido en Andalucía en su historia contemporánea: la primavera de 2009 en la que el presidente Rodríguez Zapatero sacó a Chaves de Andalucía, lo que supuso el inicio de una lenta pero progresiva caída del partido por efecto de una operación precipitada y mal programada. Esta sentencia marca el día más triste para todos los socialistas. La dureza de la resolución es tan palmaria que su alcance no libra a nadie. No es un problema exclusivo para el PSOE andaluz, sino para todo el PSOE, desde ayer esclavo del desánimo y la desesperanza.

El PSOE podía ser hábilmente ligado hasta ahora a la cocaína y la prostitución. Desde ayer está directamente vinculado a un racimo de condenas que incluyen la cárcel o la inhabilitación que conlleva la pérdida del honor. Es notorio que Griñán está hundido, alejado de la vida pública porque siempre se temió lo peor. Ayer tenía cara de Urdangarín al salir del Palacio de Justicia.

Chaves, castigado por su propio partido desde hace tiempo, asume formalmente la inhabilitación que ya sufría de facto. La Justicia no ha hecho más que apuntalar la pena a la que ya lo tenían castigado los suyos. Susana Díaz, ay, luchará como siempre por su propia supervivencia. Pareciéramos verla como en los años de facultad cuando promovía las huelgas con el micrófono en la mano: “¿Los que habemos aquí vamos o no a venir a clase el lunes?”.

La reina del socialismo andaluz podrá preguntar a su comité ejecutivo, a su reducida guardia pretoriana, esa donde inexplicablemente se encuentran hasta catedráticos que aportan a la causa el trampantojo de un barniz intelectual: “¿Ahora qué hacemos los que habemos aquí?” En política no existen los cadáveres, pero sí los muertos. El sanchismo esperaba una sentencia condenatoria que ayudara a laminar a Díaz, pero el pronunciamiento de los jueces es de tal dureza que hasta a los chicos de Ferraz les ha tocado sacar los escudos, enrocarse y abrir el paraguas. Chaves seguirá acudiendo a la biblioteca del Parlamento, leyendo las tardes soleadas de otoño en la terraza del Avelino o haciendo el ejercicio físico matutino que lo tiene en forma. Cualquier actividad antes que dedicarle un segundo al necio que lo consideró como “gente de fuera del partido”. También es verdad que en muchas ocasiones el partido político es un diablo que paga con traición a quien le sirve con lealtad.

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