La Caja Negra

El reto de ser hoy párroco en el centro

  • San Isidoro organiza un concierto benéfico porque tiene dificultades para pagar el recibo de la luz

La Parroquia de San Isidoro La Parroquia de San Isidoro

La Parroquia de San Isidoro / Juan Carlos Vázquez (Sevilla)

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HACE tiempo que las parroquias en el centro dejaron de ser peras en dulce, una especie de canonjías para premiar a los preferidos del arzobispo, destinos con derecho a tomar meriendas de chocolate en tazas de porcelana y picatostes o pastas servidos en bandejas de la Cartuja en casas de marquesonas.

La ciudad ha cambiado tanto que el centro se ha convertido en una caricatura, en una idealización, en una estampa de la Sevilla tópica que hace tiempo dejó de ser... hasta tópica. Ser cura en el centro hoy es estar condenado a un estado de melancolía, al reto de sacar adelante una nave mayor de esa flota conocida como el vasto patrimonio eclesiástico sin almirante acaudalado que la cuide. No hay dinero en las arcas de las parroquias del centro para mantener los muros, las torres, los órganos, la factura de la luz...

Porque cada vez hay menos vecinos, cada vez hay más propietarios que prefieren convertir sus casas en moradas de alquiler para turistas y, despersonalizado el barrio, se extingue la relación entre el feligrés y la parroquia. Malos tiempos para ser párroco en el centro, para soportar la segunda gran evasión del vecinos a los barrios o a los adosados del Aljarafe (la primera fue en los año 60, cuando los señores cambiaron las casas de verdad por los pisos de Los Remedios, los de las promociones de Gabriel Rojas o Luciano Rosch).

Que le pregunten a don Geraldino cuánto cuesta al mes sacar adelante su parroquia de San Isidoro, cuánto esfuerzo hay que dedicar a pagar la factura de la luz para mantener iluminado un Bien de Interés Cultural como es ese precioso templo restaurado en tiempos de la dupla del cardenal y José Luis Peinado, quienes firmaron aquel histórico convenio de colaboración con la Junta de Andalucía presidida por José Rodríguez de la Borbolla. ¿Cuántos días, don Geraldino, hay que tener la iglesia apagada como si estuviera entrando la Mortaja en vez de San Isidoro?

Que la Mortaja tiene la luz de los dieciocho ciriales y juega con ventaja, pero en San Isidoro sólo está Endesa. Y ahí hay que pagar... religiosamente. Entra uno en San Isidoro estas tardes de invierno y sólo están iluminadas las capillas de las dos hermandades: la de las Tres Caídas de mis dilectos Antonio Rodríguez Cordero y Guillermo Mira, y la de la Virgen de la Salud de Eduardo Ybarra, Carrera, Enríquez y tantos buenos cofrades de penitencia que viven las glorias de Sevilla. Hay que poner ya la hucha en la que se echa el euro (suena el golpe seco) y se iluminan retablos, bóvedas y capillas durante un minuto. O acudir todos al concierto benéfico para la parroquia que está convocado para el 26 de diciembre.

Ser párroco en el centro hoy es estar pendiente de una factura de la luz, de una grieta, de la caída de una teja como en el comienzo de Ben-Hur, que ya se sabe la que lío el maldito desprendimiento, de un problema en los cimientos... Si estás de párroco en un barrio tienes al vecindario de tu parte, ¿verdad cura Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp?, pero si estás en el centro ya no hay duquesas, ni marquesas, ni vecinos que te amparen, sino tíos con mochila que cambian cada fin de semana las prendas de ropa interior que ponen a secar en el balcón mientras se toman el cruasán y beben directamente del cartón de zumo.

Recuerdo cuando se decía que al cura Pedro Ybarra Hildalgo –con vocación de párroco obrero y monárquico de vocación en los sitios donde la Corona sólo eran cajetillas de tabaco negro– lo mandó el cardenal Amigo de párroco a Santa Cruz para chincharlo por su rechazo a la venta de San Telmo. Eran maldades de corrillos de la diócesis. El 90%del clero quería el destino en la calle Mateos Gago, a tiro de piedra de la Giralda, con derecho a visita pastoral en los casoplones de Santa Cruz...

Y sabemos que el cura Perico, llamado así cariñosamente por quienes sólo así pueden llamarlo, verdaderamente hubiese querido un destino de trinchera, de pastoral de casas anegadas, de pisar los terrenos de la frontera de la fe, de hermandades de flores pobres y palios lisos... Pero acabó tan arraigado en la feligresía que al cesar por razón de edad se le cayeron las lágrimas cuando la Hermandad de Santa Cruz pidió al prelado que siguiera siendo su director espiritual.

Y hoy está Santa Cruz en obras, con el padre Martín Clemens al frente, con una feligresía diezmada, con más turistas que vecinos, con un comercio consagrado a la venta de recuerdos, con una pequeña y mediana empresa que no entiende de la historia del barrio de ni siquiera de diez años atrás porque los propietarios han entregado sus locales a las franquicias. Nunca han tenido las parroquias del centro más visitas los fines de semanas ni menos vecinos dispuestos a aportar ingresos. O los párrocos se deciden a poner las huchas para costear la iluminación, o nos hartaremos de admirar la oscuridad de tanto barroco y tanto renacimiento como hay por esos templos del casco antiguo. La Iglesia de Sevilla es rica en patrimonio, pero pobre para su mantenimiento. Los recursos de la Catedral son finitos, sobre todo porque el Sagrario y la Colombina reclaman ahora 1,7 millones entre las dos.

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