La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

¿Y si los turistas no son bienvenidos?

Si queremos avanzar en la desescalada y confiar al turismo doméstico la recuperación, no nos engañemos mirando atrás

Una espectacular panorámica de Capileira Una espectacular panorámica de Capileira

Una espectacular panorámica de Capileira / Juanjo Romero / Archivo

El Plan de Estabilidad que España ha remitido a Bruselas es aterrador. No hacen falta conocimientos de macroeconomía para entender que una caída del PIB del 9,2%, el mayor desplome en un siglo, tendrá consecuencias irreversibles en el tejido laboral y trágicas en la estructura social de nuestro país. Dos millones de trabajadores se tendrán que apuntar este año a las listas del paro y, con suerte, sólo la mitad se podrá reenganchar el próximo. La factura de la pandemia, que supera ya los 138.000 millones, disparará el déficit al 10%. Hasta 2022, de nuevo con suerte, España no volverá a los niveles de crecimiento previos a la crisis del coronavirus. Otra "nueva normalidad" si nos guiamos por la profunda transformación que estamos percibiendo ya en el mercado laboral.

Buena parte de los ERTEs (más de 10.000 expedientes que afectan a cerca de 50.000 trabajadores sólo en Granada) se convertirán en EREs a la vuelta del verano y habrá miles de empleos que se habrán amortizado por el camino. El teletrabajo ha supuesto un desafío compartido para empresas y asalariados que nos ha hecho a todos mucho más eficientes pero que también ha revelado que no todo el empleo previo a la crisis era imprescindible. Paradojas del capitalismo: el sector público volverá a respirar sacudiéndose los efectos del Covid-19 mientras el sector privado se sumergirá, otra vez, en un nuevo tsunami de reajustes a la nueva realidad post-coronavirus.

Una recesión histórica. La economía española tardará dos años en recuperarse del virus y, vuelta a las paradojas, lo inquietante es que el Gobierno encomienda la previsión de repunte para 2021 (de un 6,8%) al turismo. Justo el sector que se ha desplomado con la pandemia con la misma virulencia que lo hacía la hostelería y el comercio; justo el sector menos controlable y más sujeto a la volatilidad de factores exógenos.

En Alemania, una de las prohibiciones taxativas del Gobierno en su desescalada es que no se podrá viajar a las playas españolas. La patronal de los hoteles en Andalucía advertía esta misma semana que era inviable abrir si no se permitía la movilidad entre provincias; los bares están en pie de guerra porque no les salen las cuentas con las restricciones del Ejecutivo de Sánchez; el comercio tendrá que reinventarse para mantener los ingresos con el tercio de aforo...

Los expertos recurren al retrovisor de McLuhan para vislumbrar unas vacaciones de verano parecidas a las de los años 70; las de las familias en los seiscientos. Pero ni España podrá salir sola de la crisis ni el turismo podrá resurgir en un escenario de restricciones y miedos. Y mucho menos mirando hacia atrás. La clave son las fronteras: por el riesgo de rebrote del virus y porque no podremos recuperar músculo económico de espaldas a la globalización.

El Covid-19 ya nos ha cambiado la vida en el plano más íntimo y cotidiano (de las relaciones sexuales a nuestros hábitos de comportamiento) pero parece que queremos seguir construyendo complejos cuadros estadísticos de crecimiento ajenos a la crisis.

Quedémonos en Granada con una simple pregunta: si el impacto del turismo será el mismo en la Alhambra o en la Sierra cuando se reabran en condiciones leoninas de control; si habrá temporada de playa este verano, si los grandes hoteles podrán llenar, si los apartamentos turísticos terminarán dando la puntilla al modelo tradicional, si los grandes centros comerciales seguirán tirando de las campañas extra de contratación...

El crecimiento del sector en Andalucía ha tenido en la última década un origen claro: el viajero internacional. Si ahora nos encomendamos al turismo doméstico para remontar, no cojamos los Excel de datos del año pasado y hagámoslo, además, con prudencia. Porque ya hay pueblos en la Alpujarra, con una población muy envejecida, que están preocupados por la desescalada. El mismo temor de los alcaldes de los municipios que se han librado del Covid-19 y ni siquiera tienen claro cuándo abrir las fronteras para las visitas de familiares…

¿Seguro que los turistas serán bienvenidos? Y turistas somos todos...

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