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Pierre Boulez, el dueño del martillo

  • El martes por la noche falleció en su casa de Baden-Baden a los 90 años de edad uno de los músicos más influyentes de las vanguardias del último medio siglo.

En 1949 el compositor americano Aaron Copland visitaba París en busca del espíritu de Stravinski y el grupo de Los Seis, pero se tropezó con el joven Pierre Boulez, quien tocó para él su Segunda Sonata para piano. Sobresaltado por el carácter violento de la partitura, Copland preguntó: "Pero, ¿de verdad tenemos que empezar una nueva revolución?". "Por supuesto. ¡Sin piedad!", fue la respuesta del autor.

Espíritu transgresor e irreverente en la Europa musical de la inmediata posguerra, para Boulez [fallecido este martes a los 90 años en Baden-Baden] no supuso una contradicción volcarse en la dirección orquestal desde principios de los 70. En 1972 escribe para la revista Preuves un artículo que puede entenderse como justificativo: "Busco nuevas vías para promover nuevas músicas", mientras matiza su fama de violento iconoclasta: "En verdad, me considero más como un jardinero que como un carnicero, y si manejo el hacha, es para desbrozar la madera muerta a fin de dar al árbol una oportunidad suplementaria de sobrevida".

Es también por entonces cuando por encargo de Georges Pompidou el compositor pone en marcha el IRCAM, que dirigiría hasta 1992 y con el tiempo se convertirá en la más famosa institución del mundo destinada a la investigación acústica y musical desde una perspectiva contemporánea. Es en esta triple faceta de compositor, director de orquesta y gestor como hay que valorar el extraordinario peso del músico en la Europa cultural de las últimas seis décadas, aunque en el futuro se lo juzgará principalmente por su música.

Nacido en una familia acomodada de Montbrison en 1925, Pierre Boulez estudió en 1944 con Messiaen, quien lo recordaría luego como un hombre terrible por la franqueza y dureza de sus opiniones. En 1945 participó con entusiasmo de los abucheos en un concierto con obras de Stravinski y rompió radicalmente con Messiaen. Se acercó entonces a René Leibowitz, de quien, al hacerle notar algunos errores de procedimiento, también se distanció con rudeza ("¡Es usted una mierda!"). A la muerte de Schoenberg en 1951 escribió un despiadado obituario en el que acusaba al gran maestro vienés de haber hecho gala del "romanticismo más ostentoso y trasnochado". Su colofón ("SCHOENBERG HA MUERTO", en mayúsculas, como un auténtico grito posmoderno) caía en terreno abonado. Los jóvenes músicos alineados con las teorías de Adorno y enrolados en los cursos de verano de Darmstadt desde 1946, habían adoptado como verdadero padre a Anton Webern, el más abstracto y críptico compositor de la Segunda Escuela de Viena.

Boulez visitó Darmstadt por primera vez en 1952 pero para entonces había adoptado ya en obras como Polyphonie X o Structures 1a los principios del serialismo integral, organizando en series no sólo los tonos (como hacía el método dodecafónico de Schoenberg), sino prácticamente todos los parámetros musicales de la composición (ataques, duraciones, dinámicas, ritmos…). El serialismo integral se convertiría en el lenguaje ortodoxo de las vanguardias, y su defensa dogmática llevó a Boulez a separarse también de otros grandes maestros con los que coincidió a principios de los 50, como Cage o Stockhausen.

Con El martillo sin dueño (1955), un homenaje en toda regla al Pierrot lunaire de Schoenberg, y Pli selon pli (1957-1962), Boulez extrajo las mejores esencias del nuevo sistema, dejando dos de las obras paradigmáticas de su tiempo. Objetivamente fría, austera, ascética la primera de ellas, animada por un lirismo luminoso, sutil y puntillista la segunda, siguen siendo las dos composiciones que mejor representan a un creador que con el tiempo se alejó del dogma serial para adoptar principios aleatorios, profundizar en el uso de la electrónica (Répons, de 1984) y terminar acercándose al color, la elegancia y la exquisitez de los grandes maestros de la música francesa de principios del siglo XX (Derives II, 1992; Sur incises, 1998). Reconocido intérprete de la música de Wagner, Berg, Debussy, Stravinski o Ravel, y aunque nunca abandonó del todo su discurso más radical y revolucionario, parece que el dueño del martillo acabó también domesticado por el tiempo.

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