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Jazz

Verso libre

  • La guitarrista Mary Halvorson prosigue su exploración musical de la mano de un formidable doble álbum cuya novedad es la inclusión de una voz

El quinteto de la guitarrista Mary Halvorson (primera por la izquierda; a su lado, la cantante Amirtha Kidambi). El quinteto de la guitarrista Mary Halvorson (primera por la izquierda; a su lado, la cantante Amirtha Kidambi).

El quinteto de la guitarrista Mary Halvorson (primera por la izquierda; a su lado, la cantante Amirtha Kidambi). / James Wang

Aunque solo distan diez años de su álbum de debut -el brillante Dragon's Head (2008)- y su estilo no es precisamente del agrado de la predominante ortodoxia, sería un grave error negar que Mary Halvorson ha conquistado ya su espacio en la primera línea de la guitarra jazzística internacional. Más allá de que los recientes 66 Annual DownBeat International Critics Polls la ubiquen en el primer puesto de su instrumento, por delante de consagrados como Bill Frisell, John McLaughlin o John Scofield entre otros, o que el legendario club neoyorquino Village Vanguard la haya invitado a formar parte de su programación, la norteamericana se agarra a su vocación exploradora para poner de manifiesto los jugosos dividendos de una ineludible trayectoria.

Comisionado por The Jazz Gallery, el doble álbum Code Girl (Firehouse 12 Records / Distrijazz; 2018) supone la última constatación de un impulso creativo que no atiende a patrones y que prefiere expresarse sin pautas. Como un verso libre. La alternancia de formatos instrumentales es otra constante que argumenta el desapego de su zona de confort: del soliloquio de Meltframe (2015) al octeto del portentoso Away with You (2016), pasando por un rosario de alianzas con otros guitarristas francotiradores como Elliott Sharp, Nels Cline o Marc Ribot, el trompetista Peter Evans o el proyecto Thumbscrew, con sendos y flamantes álbumes ya en la calle, Halvorson no parece dispuesta a conceder ni un milímetro al mimetismo y la redundancia.

La siempre certera trompeta de Akinmusire se contagia en esta joya de la lucidez de la líder

Son precisamente dos compañeros de esta última aventura -el contrabajista Michael Formanek y la batería de Tomas Fujiwara- quienes cimentan la base rítmica de un Code Girl cuya nómina se redondea con la trompeta del cotizado Ambrose Akinmusire y -aquí llega la concluyente novedad- la voz de Amirtha Kidambi. Halvorson la conoció cuando la cantante de ascendencia india llegó a Nueva York en 2009 y quedó encantada con su poderoso timbre y capacidad improvisadora, plasmada posteriormente en su álbum Holy Science (2016) a la cabeza de Elder Ones. Las profundas melodías de Amirtha perfilan el factor diferencial de Code Girl -un título sugerido por su maestro y mentor Anthony Braxton como reflejo de la mentalidad astrológica de nuestra protagonista-, permanente asociadas a su guitarra, angulosa y emotiva a partes iguales, portadora de una chispa expositiva que abriga una inquebrantable ruta indagadora.

Otorgando su espacio tanto a intensidad como a intimidad, la música parece desplegarse con confianza, atendiendo a un ordenamiento fluido donde cada instrumento domina su rol en el contexto del quinteto. Sin fusiones ni confusiones. Desde una clarividente articulación alimentada por una fructífera coalición de ideas y espacios. Mención especial para la siempre certera trompeta de Akinmusire, que no da puntada sin hilo, contagiada de la lucidez de una líder que firma las composiciones de un trabajo de cuyos textos -más novedades- también se responsabiliza. Opacos y poéticos a la vez, son las melodías las que se moldean a sus contornos en lo que según la guitarrista norteamericana ha supuesto "un giro a la izquierda" de un itinerario tutelado en sus comienzos por el citado Braxton o por el guitarrista Joe Morris. Las enseñanzas de ambos siguen estando vivas en un alegato vivo y atrevido, ahora más templado y menos disonante que en ocasiones precedentes aunque en absoluto mermado en su progreso y compromiso. Una joya.

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