Frases con historia

"Vincere o morire" (Benito Mussolini, 1938)

Vittorio Pozzo. Vittorio Pozzo.

Vittorio Pozzo.

Pocas veces una frase ha podido generar tanto desconcierto. ¿Estaba amenazando Mussolini a su selección antes de la final o simplemente le recordaba al técnico Vittorio Pozzo el ideario fascista, la lucha sin excusas hasta el último aliento?. 

El telegrama, que habría redactado Il Duce y habría sido enviado a Pozzo desde Roma por Achille Starace, secretario general del Partido Fascista -antes de la final contra Hungría-, marcó el Mundial de Francia 1938 y su interpretación perdura a través del tiempo. 

No es que Mussolini fuese un fanático del fútbol, pero había comprendido pronto su enorme potencial; era un perfecto vehículo propagandístico del régimen y un instrumento muy útil para la construcción de la "identidad nacional". Por eso, era imperativo que la Azzurra volviese a salir victoriosa. Mussolini, que había pugnado sin éxito por el Mundial de 1930, convirtió el torneo de 1934 en una exaltación nacionalista y, ahora, en Francia, buscaba la confirmación de la superioridad italiana frente al resto del mundo. 

A la Azzurra le tocaba defender el título contra todos. Era el rival a batir, no sólo por ser el campeón del mundo, sino por la animadversión que generaba en Francia, que había acogido a muchos italianos que huían de Mussolini. 

Al frente, de nuevo estaba Vittorio Pozzo, miembro fundador del Torino, exjugador del Grasshoppers, exrelaciones públicas de Pirelli y periodista. Políglota (alemán e inglés) y admirador del fútbol británico. Autoritario y paternalista, Pozzo no era fascista, pero tampoco renegaba de las facilidades que le daba el régimen para someter a sus jugadores a una disciplina casi militar. 

"No había ningún secreto. Todo dependía de la seriedad con la que nos lo tomábamos. Yo explicaba cada orden que daba. Sabía todo de mis jugadores, todo. Les abría el correo, les impedía leer los periódicos...", explicaba años después Pozzo en una entrevista en televisión con Nando Martellini. 

Pozzo, que en 1934 había ganado el título mundial con un equipo corajudo, con la ayudas arbitrales y la aportación de los "oriundi" (4 argentinos y 1 brasileño) supo regenerar aquel conjunto para adjudicarse el oro en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, -donde sus jugadores fueron inscritos como "estudiantes"- y llegó a Francia con una nueva formación, en la que tan sólo Giovanni Ferrari y Giuseppe Meazza sobrevivían como titulares respecto a los campeones del anterior mundial. 

Había sustituido al argentino Luis Monti, su perro de presa en el centro del campo, por el uruguayo Michele Andreolo, y había encontrado una pareja atacante letal; Gino Colaussi y Silvio Piola. 

Visitante en todos sus partidos, porque siempre tenía al público en contra, Italia sufrió ante Noruega, a la que derrotó en la prórroga, se mostró desafiante en cuartos contra Francia, frente a la que jugó con una equipación negra que recordaba a los "camicie nere" (camisas negras), la facción paramilitar de Mussolini, y se vio beneficiada en semifinales por una insólita decisión del seleccionador brasileño, Ademar Pimenta. Pimenta reservó en ese partido a Leónidas, el "diamante negro", el máximo goleador del torneo, porque quería darle descanso para la final, tras dos extenuantes encuentros frente a los checos. 

Sin su principal amenaza, Italia resolvió el encuentro en cuatro minutos del segundo tiempo, con un gol de Colaussi y un penalti lanzado por Meazza mientras se agarraba el pantalón por la cintura, porque se le había roto la goma del mismo. Brasil no pudo descontar más que con un gol de Romeu a tres minutos del final. Los brasileños acabarían terceros, tras imponerse a Suecia, con Leónidas como estrella, preguntándose qué hubiese pasado si en la semifinal hubiese estado su mejor jugador. 

Italia se citó en la final con Hungría, un rival temible, que había marcado 13 goles en tres partidos (6 a las Indias Orientales, 2 a Suiza y 5 a Suecia en semifinales), pero en el estadio de Colombes -donde Uruguay inventó la "vuelta olímpica" en 1924- la Azzurra se impuso en un gran partido por 4-2 y, con su juego, terminó hasta aclamada por el público francés. 

Luego, unas declaraciones del guardameta húngaro Antal Szabó desvelaron la presión a la que estaban sometidos los hombres de Pozzo y alimentaron la leyenda. "Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos. Me contaron que antes de empezar el partido, los italianos habían recibido un telegrama de Mussolini que decía: 'Vencer o morir'", dijo. 

Pozzo, el único entrenador que ha sido capaz de ganar dos Mundiales consecutivos, permanecerá otros diez años en el cargo. Renunciará en 1948, tras una dura derrota en Turín frente Inglaterra (0-4), y su figura caerá en desgracia, asociado al fascismo. 

Volverá a su labor de periodista de La Stampa, participará en la creación del Centro Técnico de Coverciano -sede de la selección- y hasta se verá en la dura misión de reconocer los cuerpos de los jugadores y técnicos del Gran Torino muertos en el accidente aéreo de Superga, en 1949. 

Morirá solo, el 21 de diciembre de 1968, y no será hasta el siglo XXI cuando su figura se rehabilite, con la entrada en el Salón de la Fama del fútbol italiano y la creación de un museo dedicado a su obra en Ponderano. "Vive en el futuro. Donde el azul de la camiseta se convierte en el azul de los cielos", reza en su lápida. 

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