Cultura

Ahora tengo un fusil

Teatro La Máscara (Cali). Dirección y dramaturgia: Antonio Cadavid, Susana Uribe. Producción: María Eugenia González. Escenografía: Antonio Cadavid. Iluminación: Robinsón Achinte. Intérprete: Susana Uribe. Fecha: Martes 8 de abril. Lugar: Cicus. Aforo: Media entrada.

Es ésta una historia de reapropiación de la violencia -basada en el caso real de la hindú Phoolan Devi-, y como tal convoca y concita el poder de la tabula rasa. Así, se trata, en su centro más íntimo, del inicio de un momento político y artístico que como tal nace con el marcado de un nuevo territorio en la escena. A eso se dedica Susana Uribe en su encarnación de la joven humillada y vejada que levanta la cabeza, a desperdigarse por el suelo, a comprobar la solidez del entarimado, la autarquía de los muros, a adueñarse de la cuarta pared a partir de una mirada que se fija con dureza en el espectador, más un testigo dudoso que un aliado. La actriz y directora se adueña de un espacio y lo enclava con su voz, fuerte, proyectada, firme, un tesoro inesperado en una intérprete tan joven.

La reina de los bandidos es Uribe, y en cierta medida todo lo que distrae la atención sobre sus idas-venidas-caídas-resurrecciones, es decir, todo el afeite musical y buena parte de la producción audiovisual -que en muchas ocasiones entró con torpeza y subrayando emocionalmente lo que la actriz ya había sabido transmitir en soledad-, obstaculiza la fuerza de la obra. Y esto es así, posiblemente, porque este derroche físico y este texto reclaman silencio para que se "vea mejor" y se "escuche mejor", ya que una de las virtudes más sorprendentes de la obra recae en el aura de su dimensión mítica, en el suplemento de sentido producido por la transformación que se opera entre una pobre niña campesina y una efigie guerrera e intemporal. De lo móvil y pegado al suelo a lo fijo, levantado e impertérrito, algo se gana y algo se pierde; el corazón de esta historia real devenida en historia inmortal se hace presente a partir de sencillos elementos corporales que se cargan de conceptos al abrirse a la duración, y todo el resto es teatro. Uribe ya había demostrado que lo único que hace falta es una escena con filo, para poder caminar sobre él dibujando equilibrios.

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