Alberto Martos & Myriam Sotelo | Crítica Un violonchelo enamorado del piano

Alberto Martos y Myriam Sotelo durante su recital en el Alcázar Alberto Martos y Myriam Sotelo durante su recital en el Alcázar

Alberto Martos y Myriam Sotelo durante su recital en el Alcázar / Actidea

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La voz baritonal del violonchelo empezó cantando un lied de Schumann en este recital que tenía como pretexto el amor. El granadino Alberto Martos y la nicaragüense Myriam Sotelo tejieron toda la noche una trama cómplice de cantos y contracantos, polifonías y unísonos que buscaron pasearse por esas dos caras de la música romántica de cámara que glosó acertadamente el violonchelista en su breve intervención como presentador: pasión e intimismo.

A Clara Schumann le favorece el ambiente social, no sólo el bicentenario de su nacimiento. No fue una compositora trascendente (tampoco lo pretendió nunca; pudo más su faceta de virtuosa del piano), pero sí estimable, como mostraron sus Romanzas, interpretadas con tersura y un dominio claro del violonchelo sobre el piano. En cualquier caso, estas tres piezas parecieron poca cosa al lado de las Fantasiestücke Op.73 de Robert, obras originales para el clarinete, pero que no hay solista que renuncie a tocar, por eso es normal oírlas a oboístas, violinistas o violonchelistas. Música de un lirismo intenso, de una hondura nostálgica arrasadora, enjundiosas canciones sin palabras que en el violonchelo de Martos sonaron limpias y pulcras, quizá en exceso, demasiado homogéneas y translúcidas, algo planas incluso, salvo en un final fogoso, vibrante y apasionado.

El violonchelista granadino es uno de esos jóvenes talentos que han despuntado en Andalucía en la última década. Tiene un sonido hermoso, sensual, grande, homogéneo en los extremos del registro: los agudos suenan impecablemente afinados y con cuerpo, no se desdibujan en ningún momento; los graves son poderosos, redondos y tienen auténtica vibración interior, pero suenan siempre claros, no se desmañan en los pasajes que exigen mayor arrebato pasional. Es esta pureza del sonido, esta limpieza la que encaja bien con el piano apolíneo de Sotelo, en el que dominan las líneas claras, la nitidez, la transparencia. La maravillosa Sonata de Franck, que se escucha casi tanto en este arreglo de Delsart para el violonchelo como en su versión original para el violín, sonó así con un equilibrio y una delicadeza de entraña clásica, con frases magníficamente articuladas y bien matizadas hasta ese rondeau final que sorprendió por la rapidez del tempo escogido y en el que el brío y el ímpetu románticos terminaron imponiéndose a la mesura y la contención.

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