Aldo Mata & Patricia Arauzo | Crítica Voces genialmente robadas

Aldo Mata y Patricia Arauzo en Chicarreros. Aldo Mata y Patricia Arauzo en Chicarreros.

Aldo Mata y Patricia Arauzo en Chicarreros. / P.J.V.

Interesantísima convocatoria de Juventudes Musicales en matinal en la que el público volvió a cubrir casi la totalidad de asientos disponibles. El violonchelo se alzó en protagonista de un trío de obras de altísimo atractivo al que en origen no había sido invitado. Las sugerentes Tres piezas de fantasía de Schumann nacieron para el clarinete (aunque son habituales en todo tipo de instrumentos); la arrebatadora Sonata Arpeggione de Schubert fue escrita para un arpeggione, un híbrido entre el violonchelo y la guitarra de vida efímera en el primer cuarto del siglo XIX; en fin, la magnética Sonata en la mayor de César Franck fue compuesta para violín.

Acompañado por el piano limpio y claro de Patricia Arauzo, el violonchelo de Aldo Mata asumió estas voces ajenas en una sesión de melodías envolventes y emociones intensas, aunque con algunas irregularidades. Si bien el instrumento de tecla era un moderno Steinway, Mata empleó un violonchelo con cuerdas de tripa y tocó sin pica, a la manera dieciochesca. El sonido del violonchelista madrileño afincado en Sevilla no resulta especialmente poderoso ni rico en armónicos, aunque en los registros central y grave es cálido, redondo y sensual. Más problemas tuvo con el registro agudo, y sobre todo con los sobreagudos, allá donde se requiere mucha técnica de pulgar. Batalló y sufrió con ellos, especialmente en los movimientos rápidos de la Sonata Arpeggione, que es donde más exigentes resultan, lo que afectó a una versión algo entrecortada que sólo se estabilizó en el Adagio.

El recital había empezado con un Schumann magnífico, lleno de matices, intensidades muy contrastadas y una rica variedad en el fraseo. Pese al tono generalmente apolíneo y sereno de su línea, Arauzo aportó además un sentido especialmente pasional en la pieza de cierre. La mezcla de los dos instrumentos alcanzó en cualquier caso el máximo de su poder expresivo en la obra de Franck, desde un arranque lento y reflexivo, que rápidamente se hizo punzante e inquisitivo, hasta un final dominado por el bellísimo canto entrelazado de sus timbres. De especial interés la articulación del tercer movimiento, esa Fantasía que, llena de pequeñas inflexiones agógicas y dinámicas, pareció apuntar a una retórica discursiva antigua, casi un diálogo apasionado entre amantes.

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