copenhague | crítica de teatro

Amistad, respeto y bomba atómica

Un momento de la representación de 'Copenhague' en el Teatro Central Un momento de la representación de 'Copenhague' en el Teatro Central

Un momento de la representación de 'Copenhague' en el Teatro Central / M. álvarez

El teatro en España no se caracteriza, precisamente, por tratar temas que tengan que ver con la ciencia. Somos más de literatura que de laboratorios. En este sentido Copenhague es una rara avis ya que, aunque trata el interesantísimo dilema ético que supone para los científicos la utilización de sus conocimientos para la creación de armas mortíferas, la pieza, dirigida por el siempre buen director Claudio Tolcachir e interpretado por el inconmensurable Emilio Gutiérrez Caba, el maravilloso Carlos Hipólito y la acertada Malena Gutiérrez llega a convertirse en una conferencia de divulgación científica sobre la física teórica que, por momentos, se hace densa y pone a prueba la paciencia del público.

Al parecer, la obra original, que obtuvo infinidad de premios y se ha representado en medio mundo, se extiende hasta las tres horas, lo que da que pensar en la diferencia entre el gusto anglosajón por los temas científicos y los gustos españoles.

Soberbia interpretación de tres actores fenomenales con trasfondo científico

La segunda guerra mundial, el nazismo, la fisión nuclear, los atormentados remordimientos de esos físicos que elaboraron la bomba atómica que destruyó Hiroshima y Nagasaki sobredimensionan esta relación entre un profesor y su prometedor alumno. Pero la obra se excede en el difícil terreno de la física teórica, con sus principios de incertidumbre y de complementariedad que el autor Michael Frayn utiliza una y otra vez para ilustrar las relaciones humanas.

Tolcachir ha creado una historia por entregas en las que nos explica el enigma de por qué estos dos genios (uno en el bando nazi y el otro en el aliado) se encontraron en Copenhague. De todas formas el magisterio de Gutiérrez Caba y de Carlos Hipólito hacen verdad esta sesuda historia y uno disfruta de esta relación sublime de respeto entre el padre y el hijo.

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