Aznavour en el cine

No disparen sobre el pianista si es Aznavour

En 1959, cuando Truffaut le ofrece protagonizar su segundo largometraje, Disparen sobre el pianista, Aznavour ya era una estrella de la chanson francesa, un verdadero icono popular. Truffaut aprovechaba así su enorme tirón, pero no era ese el verdadero motivo de su elección. Ya lo había visto actuar ese mismo año en La cabeza contra la pared, de Franju, y había quedado maravillado con su trabajo. Le gustan “su fragilidad, su vulnerabilidad y su figura humilde y amable, su aire a San Francisco de Asís”.

Como apuntan Toubiana y Baecque en su biografía, el joven Truffaut vio en Aznavour una suerte de doble idealizado: corta estatura, cuerpo enjuto, rostro expresivo, una misma vivacidad, un mismo nerviosismo, una misma angustia, elegancia de gestos, de porte, y una tremenda voluntad. No es de extrañar así que, además, transfiriera a su personaje, un pianista de bar de mala muerte con un pasado como concertista clásico de éxito, algunos datos biográficos del cantante, más concretamente su origen armenio (el personaje se llama Eduoard Saroyan, recuperado años más tarde por Atom Egoyan en Ararat), coartada perfecta para un nuevo desdoblamiento en la ficción y para dotar al personaje creado por David Goodis de una dimensión de exiliado.

Historia de un tímido marcado por la fatalidad romántica, Disparen sobre el pianista ofreció a Aznavour el más ajustado, mejor y más recordado de sus trabajos para el cine, que se prolongarían durante décadas, casi siempre de una manera discreta a pesar de su popularidad, hasta cerca de los ochenta títulos en el cine francés, europeo e internacional: Les dragueurs (1959, Mocky), Un taxi para Tobruk (1961, Patière), Los libertinos (1970, Gilbert), La prueba del valor (1970, Winner), Diez negritos (1974, Collison), El tambor de hojalata (1979, Schlondorff) o Viva la vida (1984, Lelouch). Títulos que, junto a su monumental y longeva carrera musical, le valieron su propia Estrella de la Fama en Hollywood Boulevard en 2017.